Comprender


Clara camina con la pancarta, las lágrimas vuelven a armarse y aunque pretende frenarlas, estas caen apuradas hasta chocar con sus labios temblorosos. No es la primera vez que viene a la marchar, pero cada año se emociona más, y no entiende por qué“¿Será porque estoy llegando a la crisis de los cuarenta?”, intenta adivinar. Se pregunta, como siempre, qué la une tan fuerte a toda la gente que la rodea. Levanta la cabeza y ve a su lado una mujer de su misma edad que camina con una nena de la mano, la niña le sonríe con la ausencia de dos dientes, y ella hace fuerza por devolver el gesto alegre. La multitud sigue repitiendo un mantra que ella canta sin darse cuenta y sin escucharse. Vuelve a agachar la cabeza y otra vez se enreda en pensamientos que retroceden a un pasado vacío de respuestas. De repente ante sus ojos aparecen un par de zapatos gastados, frena un poco sus pasos para no chocarlos, levanta la vista y se encuentra con una pareja de ancianos que marchan juntos, ella porta un pañuelo atado a su cuello, él la abraza y sonríe mirando a su alrededor. Clara vuelve a quebrarse.

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El declive


El Bocha se sentó en la silla de plástico y dejó la cabeza colgando entre las palmas de las manos, se quedó mirando cómo las gotas de transpiración que rodaban por su nariz, como si fuera un tobogán, iban dibujando un redondo cada vez más grande en el piso de cemento.
— Loco, damos asco. Así no se puede seguir —dijo Lucho resignado, mientras desenrollaba las vendas de su tobillo.
El Bocha levantó la cabeza y vio que además de ellos dos, solo estaba el Loro. Los demás habían dejado los billetes y se habían sentado en otra mesa. El Loro estaba sentado con las piernas estiradas, con una mano se frotaba la panza enorme apenas cubierta por su remera de San Lorenzo y con la otra sostenía una botella de Coca. La soltó y largó un eructo que hizo sonreír al Bocha, quien tomó la botella, pero no bebió, sino que empezó a hablar.
— ¿Sabés lo que pasa? Esto, el fútbol este, es como un baile, ¿entendés? Sigue leyendo

Dos naranjas y media


En Perú nos había ido bien en la ruta y cada kilómetro avanzado lo habíamos hecho gracias al autostop. En el tramo hacia Paracas teníamos un viaje muy largo, habíamos pensado que lo tendríamos que hacer en dos días y encima no teníamos alojamiento en nuestro destino. La cosa no pintaba bien. Solo habíamos conseguido algunos aventones cortos. Perú fue uno de los lugares donde fue más fácil hacer dedo, la gente se solidariza cuando ve las mochilas y frena aunque vayan hasta el pueblo que está a 5 kilómetros. A ese ritmo parecía que no llegaríamos nunca, pero además de paciencia para viajar a dedo hay que tener perseverancia. En una de las tantas transiciones en la ruta paramos en un lugar donde había muchísimos camiones, preguntamos a todos si sus destinos se cruzaban con el nuestro. Y tuvimos una victoria rotunda. Encontramos un camión con dos choferes, que se alternaban para manejar por lo que no paraban a dormir y había chances de llegar ese mismo día.

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Bajo observación


Todos conocemos la sensación de sentirse observados. A todos la hemos tenido alguna vez, pero nadie podría explicarla de manera sencilla. ¿Cómo la percibimos? ¿Por qué nace y en qué instante?
Yo tampoco puedo responder esas preguntas, creo que sé cuando nació, pero no cuando comencé a ser observado. Esta sensación es bastante común en los grandes edificios de torres, donde es normal que una ventana esté a escasos 5 o 10 metros de la ventana del vecino. Otra característica común en estos edificios es el cambio constante de inquilinos. Probablemente la sensación empezó a nacer por mi espina dorsal el día que él se mudó, y subió como un viejo ascensor lentamente por cada una de mis vértebras y se clavó en mi cerebro el día que lo vi tomando mate sentado frente a la ventana y mirando cómo yo trabajaba en mi comedor.

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Oktoberfest


Lo único bueno de aquella Oktoberfest fue el botellón de 2 litros que compramos el resto fue un desastre a los precios puestos para estúpidos se sumaba el constante sonar de esa musiquita de alguna región alemana que quemaba mi cabeza repitiéndose una y otra vez como si fuera un mantra teutón y supongo que los que se encargaron de organizar el evento no eran muy buenos en matemáticas o eran simplemente sádicos ya que había solo 2 baños químicos para 3 millones de personas que tomaban 5 litros de cerveza en promedio o sea que querían mear cada diez minutos y unos de esos éramos nosotros que cansados de hacer cola en los baños y hartos de todo dijimos vamos a la mierda y Sigue leyendo

Había Una Vez


─ Había una vez una niña pobre, buena como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en el bosque.

─ ¿Bosque? El bosque es atrasado,  quiero decir, he tenido suficiente de las cosas salvajes. No es una imagen acorde a nuestra sociedad de hoy. Para cambiar digamos que es algo urbano.

─ Había una vez una niña pobre, buena como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en los suburbios.

─ Eso está mejor. Pero tengo que poner en duda seriamente la palabra pobre.

─ ¡Pero ella era pobre!

─ Relativa pobreza. Ella vivía en una casa, ¿no?

─ Sí.

─ Así que socio-económicamente hablando, ella no era pobre.

─ ¡Pero nada del dinero era suyo! El punto del relato es que la malvada madrastra la hacía vestir ropa vieja y dormir en la chimenea.

─ ¡Ah! ¡Ellas tenían chimenea! ¡En la pobreza, déjeme decirle, no hay chimenea. Vaya al parque, vaya a la estación del metro en la noche, vaya a donde ellos duermen en cajas, y le mostraré la pobreza!

─ Había una vez un niña de clase media, buena como era de hermosa…

─ Pare ahí mismo. Pienso que podríamos quitar lo de hermosa, ¿no? Las mujeres en estos días tienen que lidiar con demasiados modelos físicos que las intimidan, que hay de esas chicas plásticas en los anuncios.  ¿No puedes hacerla, bueno, más normal?

─ Había una vez una niña que tenía un poco de sobrepeso y cuyos dientes delanteros salían, quien…

─ Pienso que no es bueno burlarse de la apariencia de las persona. Además, estás alentando la anorexia.

─ No me estaba burlando. Yo sólo estaba describiendo.

─ Omite la descripción. La descripción oprime. Pero puedes decir de qué color era ella.

─ ¿Qué color?

─ Ya sabes. Negro, blanco, rojo, marrón, amarillo. Esas son las opciones. Y te lo estoy diciendo ahora, ya he tenido bastante de blanco. La cultura dominante esto, la cultura dominante aquello.

─ No sé qué color.

─ Bueno, probablemente sería tu color, ¿no?

─ ¡Pero esto no es sobre mí! Se trata de esta chica.

─ Todo es sobre ti.

─ A mi me suena como que no quieres oír esta historia del todo.

─ Oh, bueno, sigue. Podrías hacerla étnica. Eso podría ayudar.

─Había una vez una muchacha de ascendencia indeterminada, era normal como su aspecto, que vivía con su malvada…

─ Otra cosa. Buena y malvada. ¿No crees que debas trascender esos epítetos moralistas de juicio puritano? Quiero decir, mucho de eso es condicionamiento, ¿no?

─ Había una vez una niña, de aspecto normal y bien adaptada, quien vivía con su madrastra, que no era una persona muy abierta y cariñosa porque ella misma había sido abusada en la infancia.

─ Mejor. ¡Pero estoy tan cansada de imágenes femeninas negativas! Y las madrastras, ¡siempre son criticadas con severidad! Cámbiala por un padrastro, ¿por qué no? Eso tendría más sentido de todos modos, teniendo en cuenta el mal comportamiento que estás a punto de describir. Y ponle algunos látigos y cadenas. Todos sabemos lo que son esos hombres torcidos, reprimidos y de la segunda edad.

─ ¡Oye, espera un segundo! Yo soy de la segunda edad.

─ Tranquila, señor Nosy Parker. Nadie le pidió su opinión, o como le quiera llamar a esa cosa. Esto es entre nosotras dos. Continúe.

─ Había una vez una niña…

─ ¿Qué edad tenía ella?

─ No lo sé, ella era joven.

─ Esto termina con un matrimonio, ¿verdad?

─ Bueno, no es para soplarte la trama, pero… sí.

─ Entonces puedes olvidar la condescendiente terminología paternalista: es mujer, amiga. Mujer.

─ Había una vez…

─ ¿Qué es esto, había una vez? Basta del pasado muerto, cuéntame sobre el ahora.

─ Había…

─ ¿Y qué?

─ ¿Qué de qué?

─ Y entonces, ¿por qué no hay?

 

Un cuento recomendado de la canadiense MARGARET ATWOOD

 

Santa Carmela


— Vas a ir, vas a agachar la cabeza y vas a pedir perdón, por pelotudo —dijo mi viejo trabando la mandíbula y mostrando los dientes.

El problema había empezado el viernes. Ya no me acuerdo bien si fue la semana que nos habíamos puesto de acuerdo para tocar el timbre antes de tiempo para poder tener unos minutos más de recreo, o si fue cuando alguien robo un vino de la sala de preceptoras, la cosa es que me habían visto salir corriendo de esa oficina y no tuve excusas para haber estado ahí solo. Cristi, la preceptora, no lo dudó.
— Bonder, te voy a tener que poner amonestaciones.
— ¿Por qué?
— Porque seguro algo hiciste.

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Cábalas


— Señor comisario, le digo que fue un accidente.
— Que ustedes provocaron —replicó el representante de la autoridad.
— No señor, le digo que fue Dios —insistió Coco.
— A ver, ¿iban veinticinco personas en una camioneta destartalada y la culpa es de Dios?
— Así es señor. Por favor, son buenos muchachos. Déjelos salir. Esto es una obra del Señor.
— De eso me ocupo yo, no se preocupe. Si son buenos muchachos ya vamos a ver si los dejamos ir. ¿Por qué mejor no arranca por contarme esta historia desde el comienzo? Cuénteme cómo fue, pero sin entrar en delirios místicos, por favor —rogó el comisario.

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Delincuencia juvenil


Alrededor de los 12 años estuve muy cerca de convertirme en un delincuente juvenil.
Teníamos un grupo de amigos del barrio con los que solíamos hacer algunas jodas a gente desconocida, como tirarse en el medio de la calle y ponerse kétchup en la cara para preocupar a los automovilistas que pasaban, y cuando ellos frenaban, nos parábamos y salíamos corriendo para ver sus caras de espanto. Eran bromas inútiles, como todas bromas, pero inofensivas, en las que nadie salía lastimado.

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Guerra Civil


PUM. PUM. PUM. 3 bombas, 4, 5. Los uniformes comienzan a marchar, las banderas rivales atacan al grito sagrado ¡Vamos carajo! Algunas balas de goma pasan silbando sobre las cabezas, otras golpean el pecho descamisado, dejando marcas y huellas que tardarán en borrarse.
Sólo una herida será indeleble, una que es mortal.
Nadie se hará cargo y todo será un simple error. La goma y el plomo se parecen adentro de un cartucho, pero son distintos adentro de un cuerpo.