Ir por una cerveza, de Robert Coover


Se encuentra sentado en el bar del barrio tomándose una cerveza más o menos al mismo tiempo que comenzó a pensar en ir allí por una. De hecho, la ha terminado. Quizás se tomará una segunda, piensa, mientras se la baja y pide una tercera. Hay una mujer joven sentada no muy lejos de él quien no es exactamente atractiva pero suficientemente atractiva, y probablemente buena en la cama, como efectivamente lo es. ¿Se terminó su cerveza? No puede recordar. Lo que realmente importa es: ¿disfrutó el orgasmo? o incluso, ¿tuvo uno? Sigue leyendo

Anuncios

LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL


Este cuento fue escrito por Svetlana Alexiévick, nacida en Bielorrusia en 1948. La periodista, y ganadora del Nobel en 2015, publicó un libro recogiendo algunos testimonios de las victimas del accidente nuclear de central atómica de Chernóbil en Ucrania. Este es uno de los textos del libro  Voces de Chernóbil. Crónica del futuro

LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL

Pienso tan a menudo sobre la muerte que no quiero verla.

¿Nunca ha escuchado usted las conversaciones de los niños sobre la muerte? Por ejemplo, los míos. En la séptima clase discuten y me preguntan: «¿Da miedo o no la muerte?». Si hasta hace poco a los pequeños les interesaba de dónde venían: «¿De dónde vienen los niños?». Ahora lo que les preocupa es qué pasará después de una bomba atómica. Sigue leyendo

Frío


Un cuento de Eduardo Sacheri que vale la pena escuchar hoy.

Primera parte:

 

Segunda parte:

 

Te digo más


Extraordinario cuento del Negro Fontanarrosa

Usted no me lo va a creer


Creo que pocos merecen que se les dedique este cuento.

En su cumpleaños, va dedicado al Diego.

Homenaje a Sarmiento


Un cuento de Fontanarrosa que viene bien escuchar hoy.

Un granadero


Un granadero, Un cuento de Manuel Mujica Láinez

1850Mujica Lainez

El indio Tamay alquila en la Recova un cuarto pequeñito. En él vende, hace muchos años, estampas, escapularios, ropa hecha y, algunos días, empanadas y tortas. Desde la mañana, cuando la estación lo permite, se sienta bajo las arcadas aguardando a los compradores y aventándose con una hoja de palmera.

En invierno, el indio no se aparta del brasero sobre el cual se calienta la pava del mate. Al anochecer regresa sin apurarse a su rancho del barrio de la Concepción. Arrastra la pierna lisiada; a un costado de la chaqueta, la manga izquierda, vacía, hace ademanes absurdos. Perdió el brazo en la rendición del Callao, en 1821; Sigue leyendo

3×1 de Jacques Sternberg


El empleado de correo

En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.

Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo… A su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal. Sigue leyendo

Dos cuentos de la cubana Mercedes Melo


El niño

Me imagino una casa más bien antigua, sobre todo anticuada, deslucida, con iluminación artificial, escasa. Los muebles, pocos, viejos y desgastados, pero que alguna vez fueron de calidad, tal vez los restos de un juego de sala o de comedor renacimiento español. Ambiente general no muy aseado. Se mezclan algún adorno (jarrón, portarretratos) de cierto valor estético (¿antiguos?), con piezas de yeso, excesivamente coloridas y ridículas. Si alguna vez se pone la mesa es preciso mostrar un cuidado excepcional para montar un mantel desgastado, con manchas viejas y una vajilla mezclada, pero puesta como si se tratara de una mesa de lujo.

Intemporal: puede darse la impresión de una casa habanera, pero de un barrio periférico; no insistir en los tópicos manidos de la arquitectura colonial, medios puntos, vitrales, rejas. Sigue leyendo

Una casa de verano


Cuento de Doris Lessing

http://es.wikipedia.org/wiki/Doris_Lessing

Durante mucho tiempo después de la guerra había por todas partes en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura, se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado. Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía “Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.” Sigue leyendo