El diario de Peter


22 de junio de 1986

Querido diario,
Hoy lo vi, y todo fue una catástrofe. A primera vista nadie creería que vale ni dos libras. Y a mí me pasó lo mismo. Con esos rulos negros, esa cara tan poco europea, es petiso. Pelé por lo menos era negro y más alto, uno podía sospechar que era rápido, pero este hasta es un poco gordito. Cuando le di la mano antes del sorteo me miró a los ojos y noté una chispa extraña, como si a la vez fuera un tipo feliz pero muy enojado.

La cancha estaba hermosa, repleta de gente, no recuerdo haber jugado con tanto público, menos con uno tan enfervorizado, el pasto se veía muy parejo y el sol hacía creer que era un día ideal para jugar. Nosotros sabíamos que para ellos el partido era de vida o muerte, durante la semana se habló demasiado de lo extra futbolístico, nosotros queríamos concentrarnos solo en lo deportivo, aunque los reporteros mencionaban la guerra y hablaban de revancha, nosotros preferíamos esquivar esos temas. Pero la verdad que después de lo que pasó en el primer gol, desee que le invadiéramos todo el país, Terry quería comérselo, y quería matar al árbitro. No solo cometió un acto poco ético, si no que lo festejó como si no supiera lo que había hecho. Se nos rió a todos en la cara, me humilló, a mí que durante años fui considerado el mejor arquero de mi país, me estaba deshonrando. Sentí mucho odio, por eso salí gritando como un loco, no podía creer loque estaba pasando. ¡Oh my God! ¿Acaso el árbitro estaba ciego?
¿Querido diario vos pondrías en un partido tan importante un réferi de un país donde nadie juega fútbol? Claro que no, nadie lo haría. Mientras le gritaba a ese fulano que me habían burlado, que ese gordito petiso había hecho trampa, me imaginaba con qué cara me bajaría del avión cuando regresáramos a Inglaterra. Mientras protestaba revivía el segundo fatal, no sé quien fue el fucking idiot que pateo hacia atrás el balón, pero lo peor es que yo salté poco, creo que me confié que por su baja estatura con mi pequeño salto era suficiente. También me preguntaba, mientras insultaba al árbitro tunecino, qué estaría pensando Margaret, ¿estaría mirando el partido? No creo que sea muy futbolera, pero tal vez haya hecho una excepción por tratarse de ellos.

Tal vez ese odio y ese malestar que se nos instaló a todos, fue lo que nos dejó los pies atados en el segundo gol. Porque parecía eso, que teníamos nuestros pies embalsamados, que no los podíamos mover, y él zigzagueaba como un relámpago y corría como un ángel, desde lejos vi que recibió la pelota, y cuando me di cuenta ya estaba adentro del área, no recuerdo lo que pasó en el medio. Cuando reaccioné ya estaba dejando fuera de combate al último de los inútiles que debían proteger nuestros colores, enceguecido y convencido de que era el único que podía detenerlo caí en su trampa y le creí a su cintura, no fui obstáculo para él, Terry que le estaba respirándola nuca tampoco pudo hacer nada.
Si en el primer gol me sentí humillado, con el segundo sentí que toda la nación debía dejar de jugar a este deporte que inventamos. El tipo acababa de reinventarlo, acababa de decretar que él jugaba a otra cosa más elevada y que nosotros éramos unos niños mirando cómo él se divertía. ¿Qué hacer después de semejante baile? Era un baile, esos movimientos no se aprenden en una cancha, ¿eso será el famoso tango? Desde el suelo supe que soñaría con ese gol hasta el día que me muera. ¿Cómo mirar a la cara a mi mujer y a mis hijos después de haber sido vapuleado de esa forma? ¿Los demás se sentirán iguales? En el vestuario nadie se animó a hablar, ni siquiera el gol del descuento nos dio un poco de ánimo, jamás nadie se acordará de ese gol, para la historia solo habrá dos goles en el partido que jugamos hoy. Y habrá un solo héroe, él. Y yo solo seré el espectador que necesita todo mago para demostrar sus mejores trucos, o tal vez solo sea un bufón más en la corte de este nuevo rey.

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F.F.A.W.


En los últimos años de la década del 30 en un barrio de Londres hubo un equipo cuya larga racha de partidos invictos se convirtió en leyenda. Algunos decían que el equipo estaba formado por ex jugadores de grandes equipos, que ya eran un poco veteranos para jugar en las primeras planas nacionales, y hubieran tenido que contentarse con jugar en equipos modestos y creyeron que podían ganar más dinero con apuestas en partidos amañados, cuyos resultados eran definidos de antemano con los rivales de ocasión. Una versión alternativa de la historia dice que solo eran amigos que jugaban juntos desde muy chicos y que se conocían de memoria, que a pesar de haberse separado algunos años por culpa de la guerra, cuando se volvieron a reunir se entendían como si no hubieran pasado ni un solo día sin jugar juntos. Ninguna de las versiones puede ser corroborada, ya que los protagonistas han sido esquivos con los historiadores.

La leyenda nos trae otra versión, que dice que en un comienzo aceptaban desafíos contra equipos de distintos barrios, hasta que cansados de tener que correr bajo amenazas de muerte tras sus aplastantes victorias, decidieron que debían buscar una cancha propia y jugar de locales. Así fue como se instalaron en un terreno baldío al costado de una antigua capilla. El pastor, fanático futbolero, los ayudó con el armado de la cancha y los arco, bendijo el flamante estadio, su pequeña tribuna de tablones y a los propios jugadores.
Con los años llegaron a tener tal dominio del balón que los rivales terminaban mareados y chocándose entre sí, momento que nuestros protagonistas aprovechaban para entrar al arco con pelota y todo. Hoy los compararíamos con los muchachos de los Harlem Globertrotters, eran capaces de llegar hasta la puerta del área rival y solo por diversión retroceder una vez más hasta su propio arquero. Dicen que un día, en un partido particularmente fácil, ganaron 2 a 0. En el primer tiempo sacaron y estuvieron tocando la pelota entre ellos sin que el rival pudiera robarla hasta que el cura les aviso que faltaba un minuto y recién en ese momento decidieron marcar el primer tanto. En el segundo tiempo a los 10 segundos ya le habían extraído el balón al rival y repitieron el toqueteo hasta que, una vez más el cura les marcó con el índice el tiempo que faltaba y allí avanzaron con destreza hasta meterse al arco con el balón bajo la suela del delantero central.
El equipo se vio desmembrado y tuvo que dejar de jugar cuando inició la guerra. El baldío fue ocupado por niños que en sus partidos usaban los nombres de los ídolos que veían jugar siempre allí, mientras el cura los miraba correr con nostalgia, extrañando los viejos cracks.

A fines del año 1945 fueron volviendo. Se los veía más sombríos pero con la calidad intacta en los pies. El religioso seguía siendo su hincha número uno. Miraba todos los desafíos desde los tablones de la tribuna, dicen que todo el partido movía los labios como masticando una letanía, de forma constante y nerviosa, con el rictus concentrado en los avatares del juego, como temiendo que si sus palabras fueran interrumpidas algún hechizo se partiría. También tomaba el rol de técnico, o por lo menos de motivador de los muchachos, y antes de iniciar cada encuentro todos se reunían en el centro de la cancha en un estrecho abrazo que encerraba en el interior al cura, quien primero les daba una pequeña arenga, en un tono grave susurrante, por lo que jamás nadie pudo descifrar ninguna de sus palabras, luego rezaba una pequeña oración y los hombres salían volando a ocupar sus posiciones en la cancha.
Una situación que se dio poco, pero quienes fueron testigos cuentan que era asombroso, era el hecho de que iniciaran un partido perdiendo. Cuando eso ocurría, Sherwin Williams quien era el capitán informal de aquel equipo fantástico, le gritaba a todos sus compañeros para llamarles la atención y luego señalaba la pared que separaba la cancha de la capilla. En aquel muro, escrita con cal, se leía la leyenda: “Friends Forever, Always Win”. Como si fuera un juramento los demás jugadores asentían y a partir de allí el encuentro cambiaba. Según algunas estadísticas jamás fueron perdiendo un partido por más de un gol.
Los vecinos que iban a ver aquellas exhibiciones comenzaron a rumorear que algo extraño había, no tanto en los partidos, si no en los jugadores. A pesar que jugaban en aquel estadio hacía más de 10 años y que habían superado la durísima guerra, los rostros de aquellos hombres parecían no envejecer y sus piernas respondían igual o mejor que cuando comenzaron los desafíos. Un defensor rival que alcanzó a tocar a uno de los delanteros (algo que no era fácil) sintió que se le congelaba la mano y nunca más quiso pisar la cancha. Quienes se animaban a desafiarlos tenían la sensación que todos hemos tenido alguna vez en una cancha, que el rival nos supera numéricamente, que parece jugar con más jugadores que nosotros, pero esa sensación se incrementaba cuando creían ver a un protagonista hacer una pared con sí mismo.
Cada vez se les hizo más difícil conseguir equipos que quisieran ir a jugar a su cancha, y ellos jamás aceptaron salir de su barrio. Solo cada tanto se veía un partido, sin embargo, los muchachos siempre estaban en la cancha. Si no tenían rivales, jugaban entre ellos para divertirse y entrenar o estaban sentados sobre los tablones de la tribuna conversando y esperando que alguien fuera a desafiarlos esperanzado de ser el primero en quebrar el invicto que mantenían desde aquellos lejanos días previos a la guerra, siempre acompañados del cura, quien también parecía haber encontrado la fuente de la juventud.

La leyenda concluye a mediados de la década del 70, cuando el baldío fue vendido y se levantó en aquel legendario terreno una torre de departamentos. Hasta el día de hoy los vecinos de los primeros pisos cuentan, con el miedo viviendo en el rostro, que durante las noches se escuchan pelotazos contra la pared que los separa de la antigua capilla. También se escuchan los gritos de Sherwin Williams y las letanías del cura que parecen eternas e inmortales.

Miedos


A los 6 años fui por primera vez solo desde la escuela hasta mi casa. No fue porque me habían dado permiso, sino porque se olvidaron de mí.
Hacía unos meses que se había instalado a 2 casas de la nuestra una familia de Buenos Aires. Leo tenía la misma edad que yo y nos hicimos amigos rápido. La madre era maestra y había conseguido trabajo en la escuela a dónde íbamos con Leo. Yo iba a primero A y él al B.
Después de unos meses la madre de Leo habló con mi mamá y le ofreció llevarme todas las mañanas a la escuela. A mis viejos les convenía, porque como tenían que llevar a mis hermanos a otro colegio más temprano y después irse a trabajar al hospital, mi escuela y su horario les quedaban a trasmano. Así que mi vieja aceptó la oferta.
Leo era más de jugar con muñecos, de gritar los golpes al estilo de las viejas series de Batman y yo era más de jugar todo el día con la pelota. A él lo cargaban por ser porteño y yo era bastante malo, así que no nos llevábamos perfecto, pero éramos buenos amigos y nos gustó la idea de viajar todos los días juntos. A mí me entusiasmaba ir en el auto de ellos. Era un Chevrolet viejo y gigante. Yo podría haberme acostado en el asiento trasero y me hubiera sobrado un montón de espacio. Además el padre era gracioso y puteaba como porteño, eso me hacía reír.

Yo nunca había estado solo a más de 3 o 4 cuadras de mi casa. Cuando mucho iba a comprar pan o leche al kiosco de los Holzer que quedaba a la vuelta. Sabía que la escuela quedaba mucho más lejos, no tenía idea de cuánto iba a demorar en llegar, no tenía referencias porque siempre había ido en auto. En realidad eran apenas 10 cuadras de distancia.
Yo sabía que con el auto siempre agarrábamos la calle del costado de la escuela y le dábamos derecho hasta la calle a donde están las vías. Así que después de buscar el auto de Leo y no verlo por ningún lado, me di cuenta que se habían ido sin mí y empecé a caminar.

Llegué a la esquina de la calle 10 y empecé a caminar, no tenía que parar hasta ver las verjas blancas que siempre bordearon las vías. Avanzaba con mis pasos cortos pero rápidos, la mano agarrando fuerte la mochila que caía pesada sobre la espalda. Pasé por enfrente de la catedral y recordé la extraña sensación de paz y miedo que había tenido cuando nos llevaron en excursión en el jardín. La estatua de Jesús tenía algo de bondad, pero estaba rodeada de luces salidas de películas de terror y el silencio que reinaba en un edificio tan grande me daban la impresión de que algo siniestro podía aparecer desde cualquier rincón.
Hipnotizado por el tamaño del edificio doble bordeándolo, miraba sus paredes rugosas y exageradamente altas y seguí caminando. Cuando me despabilé entendí que había perdido la línea recta en la que me debía mover. Incrementó el miedo de perderme, pero pensé que seguramente si en la siguiente esquina volvía a doblar y me encaminaba hacia las vías, sería lo mismo. Así lo hice y sentí alivio al reconocer un cartel, era señal de que me estaba acercando. Cada vez que cruzaba un adulto, agachaba la cabeza y aceleraba. La típica frase no hables con extraños iba clavada en mi frente, pero del lado de adentro.
En el camino encontré el lugar donde había funcionado la guardería a la que me llevaban cuando era chico. Cada vez que atravesaba ese lugar tenía un solo recuerdo. Dos chicos más grandes me amenazaban con matarme y tirarme a una parrilla. No recuerdo el orden de la amenaza, pero la parrilla y la muerte estaban incluidas. La sensación de miedo dentro del pecho al cruzar por esa vereda la tuve hasta bastante grande.

Por fin apareció la calle de la vía. Antes de alcanzarla tenía que pasar por unos negocios que tenían las veredas repletas de motos y se veía mucha gente entrando y saliendo. ¿Qué pasa si uno me agarra y me lleva? ¿Cómo se van a poner mis papás? ¿Qué me van a hacer? A pesar del miedo no corrí, pero solo porque pensé que eso llamaría demasiado la atención y podía ponerme en más peligro.
Llegué a la esquina de las vías y doblé. Ya estaba en terreno conocido. Podía recordar todos los carteles, ya sabía leer algunos. Cuando llegué a la clínica que estaba por esa calle vi a dos hombres hablando demasiado cerca uno del otro. El que me daba la espalda tenía la mano en el bolsillo del saco del que estaba al frente. Me resultó tan extraña la escena que me frené a mirar qué hacían. Algunos segundos después se separaron y al que no le podía ver la cara soltó lo que tenía en la mano dentro de una bolsa. Con el otro nos miramos a los ojos y después de unos segundos me increpó ¿Qué mirás pendejo? Yo corrí y pasé por al lado de ellos y él trotó mientras me insultaba. Después de varios metros miré para atrás y vi que había frenado pero me miraba y se reía, amagó con empezar a correr y yo volví a acelerar y no paré de correr hasta llegar a la esquina de mi casa. Nadie me perseguía, así que seguí caminando, no quería llegar tan agitado, no quería tener que dar muchas explicaciones.

Después de doblar en la esquina de casa, caminé lento para recuperar el aliento. Cuando llegué golpee el portón y me abrió mi hermano. Cuando me vio mi mamá, me preguntó ¿En qué viniste vos? Caminando, le respondí y me largué a llorar.
¿Por qué llorás? Me preguntaron, y dije que de contento porque había sabido cómo llegar solo. Todos, incuso yo, sabíamos que no era verdad, pero nadie me dijo nada. Mi mamá me dio un abrazo y me dijo que me lavara las manos que me estaban esperando para comer.

Cambios


El matrimonio venía dando tumbos desde el nacimiento de la primera hija, las cosas tampoco mejoraron con la llegada de la segunda. No eran infelices, pero las peleas eran constantes, y el hilo que los unía estaba cada vez más tirante. Así que supusieron que aquella casa arbolada en la parte alta de un pueblo perdido en las sierras cordobesas podía ayudarlos a empezar de nuevo. De hecho, pensaron que la suerte cambiaba cuando escucharon el precio por el cual la vendían. Quisieron saber por qué estaban rematando tan barata, pero los de la inmobiliaria solo sabían que los anteriores dueños se la querían sacar de encima rápido, y que de hecho la habían deshabitado hacía meses. Cargaron el perro que habían adoptado hacía una año, los muebles, los recuerdos y las esperanzas en un camión de mudanzas y ellos viajaron en su camioneta.

El perro salió disparado de adentro del camión, recorrió la casa corriendo y se acostó debajo de un gran árbol. Las niñas se bajaron de la camioneta un poco adormecidas, pero comenzaron a gritar felices cuando vieron el tamaño del patio y la pileta.

La química entre ellos comenzó a fluir después de varios años. Ordenaron el patio, sacaron yuyos y árboles secos, quitaron escombros, y a pesar de lo pesado del trabajo se sentían felices trabajando en embellecer aquella casa que se notaba abandonada hacía mucho. El perro los miraba trabajar desde el árbol que había hecho propio. Las niñas recolectaban maderitas, o buscaban esos pequeños frutos rojos que caen de los arbustos para dárselos a sus muñecas como si fueran manzanas.

Y sin embargo el panorama idílico se cortaba cuando reinaba el silencio. Había algo en la casa que los hacía sentir asechados, percibían que había alguien más en la casa. Margarita, la menor de las hijas, le contó a la madre que a la noche escuchaba susurros, que alguien quería decirle algo pero ella no lo entendía. Los padres buscaron alguna explicación que pudiera tranquilizar a las nenas, pero ellos mismos habían escuchado los susurros. Por eso trataban de tapar los silencios escuchando música fuerte durante todo el día, pero debían apagarla a la hora de dormir y comenzaban a temerle a la noche, y aunque no quisieran, en algún momento debían escuchar el silencio y lo que viniera con él.

Y un día ya no pudieron seguir simulando que allí no pasaba nada. Margarita, no estaba en su cama cuando la fueron a buscar para desayunar, ni en ninguna otra parte de la casa. El perro los miraba acostado en el lugar de siempre, y veía la desesperación con que buscaban detrás de los demás árboles, en los pastos que todavía no habían cortado y entre los arbustos que rodeaban la casa. Ninguno de los vecinos la había visto ni nadie en el pueblo sabía nada. Hicieron la denuncia en la policía, los pocos funcionarios que había en el destacamento no se mostraron demasiados activos, pero se comprometieron a recorrer la zona en la patrulla y que avisarían en la secretaría de Personas Extraviadas de la Provincia, para que se formara un grupo de búsqueda. Tal vez, podían mandar personal para que rastrillaran el río que estaba a unos 700 metros de la casa. Ellos no le dijeron nada a los policías de los susurros, porque no les creerían, o tal vez los acusarían a ellos de estar en alguna secta, o algo así.

La pareja volvió a la casa tan desesperanzada como cuando salió. Trataban de mantener calmada a la niña más grande, que entendía la situación y aunque estaba triste, no hacía gran escándalo. La madre no quería perderla de vista ni un segundo, así que fue el padre quien salió al patio para llevarle agua y comida al perro, y fue allí cuando el horror se apoderó de él y lo hizo caer al suelo en un llanto espantoso. El animal tenía las patas y los dientes manchados con sangre, y al lado de su árbol la tierra removida delataba un nuevo pozo.

El hombre comprendió todo, el perro también podía escuchar los susurros, y sus instintos no podían ocultarse con la música que ellos usaban para tapar los demonios que allí vivían.

La renuncia


Caminó hasta el bar sabiendo que no podía esperar nada bueno. Las calles olían a agua podrida, las hojas otoñales flotaban en pequeños charcos estancados en las esquinas. Abrió la puerta y la buscó con la vista, la reconoció en una mesa del fondo, sus miradas se encontraron pero ninguno sonrió. No era normal este encuentro, lo acordado era  una rutina necesaria y discreta: todos los miércoles, a la misma hora y en la misma esquina ella debía esperar que él pasara con el auto. Por eso se sorprendió cuando le llegó un mensaje de un número desconocido que le decía que tenía que hablar urgente; además incluía el nombre de un bar y una hora. Sigue leyendo

Un caso más curioso y real que el de Benjamin Button


Dicen que él tenía una rara condición de oficinitis aguda, hasta que conoció el amor. Primero se enamoraron como dos jóvenes distraídos. Luego largaron todo como veinteañeros rebeldes. Comenzaron a hacer el amor como adolescentes a los que no les importas nada más en la vida. En un punto descubrieron que el niño interior había salido hasta la superficie y aprovechaba cada charco para saltar y embarrarse. Finalmente, la curiosidad del infante los hizo caminar sin sentido hasta algún lugar donde ya no los pudieron encontrar.

El funeral


A nadie sorprendió la muerte de Tortazo, no era el más viejo de los payasos pero era el que tomaba más riesgo en los trucos que hacía.

Por expreso pedido de él, su funeral fue un funeral de payaso. Lo guardaron en el cajón con su cara blanca, su nariz roja y la sonrisa pintada de negro de oreja a oreja. Rodeando el féretro había unos veinte globos inflados con helio que dificultaban a las personas acercarse a darle el último adiós.

Sus compañeros entraban a la sala con una pequeña torta de merengue rosado en la mano, en honor al sketch más recordado del muerto,  y la depositaban en una mesa que estaba en la cabecera del cajón. La bienvenida se las daba Corchito estrujando su potente claxon. Luego se saludaban entre ellos con apretones de manos electrificadas, flores que disparaban agua, cachetadas ruidosas, carcajadas abundantes.

La gente de la funeraria tuvo que hacer algunas excepciones a sus estrictos protocolos. Los empleados tuvieron que cambiar los sobrios trajes negros, por improvisados vestuarios rojos que fueron prestados por domadores de circo y otros artistas. Por otro lado, aceptaron cambiar el clásico auto fúnebre, por una pequeña limusina hecha con un Fiat 600, en el que irían el homenajeado con todos sus colegas y algunos familiares. A pesar de las prohibiciones, en un rincón de la sala estaban Cachiporra y Manolete fumando, con la sonrisa mirando dibujada hacia abajo.

 

El extraño evento transcurría con cierta normalidad, para lo que se podía esperar con semejantes personajes presentes. Hasta que llegó Pepino, un payaso en decadencia que los últimos años había tenido que trabajar inflando globos para los niños de la peatonal. El muchacho notificado a último momento de la trágica noticia, entró a la sala con un lemon pie en la mano y lo dejó, con vergüenza, en la mesa junto a todas las tortas finamente decoradas de rosa. Algunos payasos lo miraron con cara de pocos amigos, el los miró levantando los hombros, como disculpándose. Pero en eso se escuchó un llanto sentido, la madre de Tortazo no aguantó la afrenta y entró en estado de shock. Plim Plim, el decano de todos los payasos se puso en pie, se colocó frente a Pepino, se acomodó el guante blanco y con la fuerza desarrollada a lo largo de tantos años de dar tortazos, surtió al desubicado con una cachetada que lo hizo dar una vuelta. Con el maquillaje corrido y los ojos tristes, Pepino se volvió hacia la peatonal a seguir inflando globos para niños que lo miran con miedo.

Plim Plim se acercó a la madre de Tortazo, se disculpó por la escena y conmovido le dijo:

  • Siempre hay uno que arruina los festejos.

Lo que mata es la calor


Cada paso que daba se maldecía un poco más. Sin duda había sido una mala decisión emprender aquella caminata, no era raro ser el único ser vivo en movimiento por allí. El calor se intensificaba con las ráfagas de viento caliente que hacían viajar millones de partículas de tierra que aparentemente habían decidido chocar contra su rostro.

Las gotas de transpiración se dejaban caer y descendían desfallecidas hasta sus ojos, provocándole un ardor que creía merecido por estúpido. Todo el mundo le dijo que no era el mejor momento para ir, pero él fue obstinado como siempre y no quiso escuchar. Ahora ya no podía volver atrás, no quería regresar con las manos vacías y que además de haber sufrido aquel tormento climático lo tildaran de fracasado.

De todas formas, no faltaba demasiado. Ya creía ver el punto de destino. Tal vez podía usar un truco mental para que la distancia no pareciera tan larga, iría contando los pasos y a lo mejor en menos de 150 ya estuviera allí. Y para olvidarse del calor que ya había provocado que todo su cuerpo estuviera empapado, se secó la frente y se puso a soñar con lo rico y fresco que sería el tereré que prepararía con el jugo que pensaba comprarle al único kiosquero que abría en la agobiante siesta chaqueña y que lo esperaba aburrido a solo 134 pasos, 133, 132…

Podofilia


Creo que el asunto fue gradual. Empezó a empeorar de a poco. Por lo que me contaron, descubrió que una nueva pasión despertaba en sus entrañas cuando estando desnudo con unas de sus primeras novias sintió olor a pata y sintió que se le ponía dura, como nunca antes. Ella estaba feliz, pero él no pudo explicarle porque la estaba amando con tanta pasión. Para el encuentro siguiente, antes de ir a la cama la invitó a caminar y anduvieron como una hora, cuando consideró que ya debía haber acumulado suficiente olor, volvieron a su casa. La desnudó empezando por arriba y terminando con las medias, se llevó una a la nariz, la tiró al suelo y se quedó olfateando y lengüeteando los pies flacos y húmedos de ella.
Desde que se le pegó aquel vicio no paraba de mirarle los pies a las mujeres. Le encantaban, especialmente aquellos que iban como desnuditos, mostrando los dedos, pero ojo, no con ojotas, disfrutaba de ver dedos saliendo de zapatos elegantes. Especialmente si tenían las uñas pintadas, el rojo era su color preferido. Más de una vez temió que alguien se diera cuenta que se le había parado en plena calle, y solo por mirar un par de pies.

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Los jóvenes de hoy en día


Queridos reyes magos:

Viendo la baja correlación que existe entre regalos pedidos en años anteriores por quien suscribe esta misiva y aquellos que me fueron entregados por sus majestades, quiero contarles que este año he estado leyendo sobre sistemas de gobierno modernos y antiguos, y a su vez, me he documentado con biografías de grandes magos.

Primero que nada quiero comentarles que en Internet no encontré ni cuáles eran vuestros reinos, ni los nombres de vuestras reinas ni de vuestros príncipes, por lo tanto tengo la insipiente sospecha, y he comenzado a desarrollar la hipótesis, que ustedes nos son más que unos usurpadores de títulos, un delito penado por la ley, por el que podrían ir hasta un año a la cárcel, algo bastante poco recomendable por estas latitudes. Sigue leyendo