María de los vientos


Maria de los vientos

Caminamos con nuestras mochilas los cuarenta y cinco minutos que separaban la iglesia de Copacabana con la zona agrícola donde vivía María. El paisaje cada vez se hacía más rural y el aire más liviano. Cambiamos vendedores de tours por ovejas,  cerdos e historias de perros salvajes.

La casa de María lucía abandonada y no era solo una imagen. Acababa de mudarse al hogar de una campesina, que le prestaba el lugar a cambio de que lo pusiera en orden después de estar deshabitado por cinco años. María abrió una puerta de madera hinchada que comenzaba a podrirse, señaló y sonriendo nos avisó:

— Esa es su habitación, van a tener que arreglarla. Yo los ayudo a limpiar.

Primero tuvimos que sacar todas las cosas que había adentro, la colección incluía una decena de frazadas viejas, una caja con adornos religiosos de cerámica, libros, ropa que comenzaba a oler a humedad y entre el centenar de cosas había un sapo disecado y vestido de jean. Quisimos tirarlo o archivarlo en alguna de las cajas, pero María estaba decidida a que Lu desafiara sus miedos, insistía en que el sapo debía quedar a la vista, reposando desde una de las ventanas rotas.

Luego tuvimos que cubrir el agujero que quedaba en una de las puntas del piso. La madera había desaparecido hacía mucho y se veía la planta baja de la casa, donde había más tierra añeja y muchísimas más cosas guardadas. Pusimos varias tablas que estaban sueltas y encima un gran cofre, que guardaba vaya a saber qué secretos escritos en quechua.

El tibio sol que aun quedaba no era suficiente para iluminar la habitación cuando terminamos de limpiar y acomodar todo. La única posibilidad de iluminarnos era con los cabos de vela que nos convidó María.

— Todavía no pude hacer los trámites para la conexión, pero creo que no lo voy a hacer. Prefiero vivir así, más natural. Más viva. Me llena sentir que estoy en contacto con los elementos y con nuestra Pacha —dijo María, con el rostro iluminado por el reflejo de una vela que salía por la puerta de su habitación.

Esa noche el cansancio nos impidió ir y volver hasta el pueblo para buscar comida, así que los 3 nos sentamos en silencio en la terraza y compartimos un magro banquete: nosotros aportamos galletas y picadillo y María un par de manzanas. Desde allí se veían los cientos de focos del pueblo, sus cerros esperando como guardianes y a sus pies, el interminable lago, donde se reflejaban y parecían titilar las luces inquietas de la ciudad.

Recién entonces pudimos relajarnos y tratar de conectar con nuestra anfitriona. Era difícil saber cuántos años tenía, llevaba el cabello rapado en un costado y un corte tribal, un pequeño tatuaje decoraba su fino cuello y siempre llevaba una sonrisa que transmitía cierta calma.

— ¿A qué te dedicás? —fue mi pregunta simple.

— A nada —respondió María y soltó una carcajada—. Solo vivo.

— ¿Pero de qué vivís? —volví a cuestionar con mi estructura de licenciado en administración, sonriendo pero confundido.

— Vivo de lo que el lago me dé.

María sabía la reacción que generaba una respuesta así y se reía de mi cara de ceño fruncido.

— ¿Cómo es eso?

— Yo le pido solo lo que necesito y el lago me lo da.

Durante un rato largo nos ganó el silencio.

— Por ejemplo, hoy le pedí comida y me mandó esto —explicó levantando una de las galletas que nosotros habíamos llevado.

Ahora comenzaba a entender, o eso creía. Ella se encargó de sacarme de mi prejuicio y volvió a llevar la conversación hacia las vetas espirituales y esotéricas.

— Hay que tener mucho cuidado con el lago. Hay que respetarlo, y si le van a pedir algo, tiene que ser algo muy puntual, porque si no el lago les puede jugar alguna broma.

Los tres nos quedamos con la mirada perdida en el agua. Me costaba asimilar su filosofía. No parecía alguien que vivía de los demás, pero ¿cómo sobrevive si no una persona que no trabaja? Otra vez pareció leer mi mente, cazaba mis gestos.

— Si necesito más, ayudo a la mamita que me presta la casa. Le llevo la carretilla o la ayudo con los yuyos y ella me regala comida. Y así me las voy arreglando, acá la vida es más fácil. No se precisa demasiado, y si hace falta, siempre está el lago. ¡Gracias lago! —gritó y volvió a regalarnos una risa abierta y feliz.

Cuando se terminó la vela que nos permitía ver nuestras caras, solo nos quedaba cerrar los ojos y tratar de dejarnos ir hasta el día siguiente.

Al día siguiente a la noche llegaron más huéspedes, una española y una colombiana. alumbrados por movedizas llamitas escuchábamos a María contar el mito del nacimiento de los hermanos Manco Capac y Mama Ocllo. Afuera el clima comenzaba a empeorar, las primeras gotas no tardaron en iniciar su canto y los relámpagos iluminaban el lago. La colombiana bajó al patio para ir al baño y María aprovechó a salir de la habitación para hacer algo que nos sorprendería a todos.

— ¡Gracias vieeentooo! ¡Graaaciaaas vientooo!— gritaba María y sonreía mientras el agua resbalaba por su rostro.

Y entonces sucedió el milagro, el viento comenzó a girar en torno a ella con una velocidad que no había tenido hasta el momento, las ventanas rotas se mostraban inútiles ante el poder de ese torbellino. Las hojas de los árboles sonaban como un cascabel y el crujido de las ramas aturdía.

—¡Gracias lago!— exclamó y entró a la habitación, justo antes que una cortina de agua llegara hasta la puerta.

La colombiana entró detrás de María con la cara pálida de terror, la miraba sin poder hablar. Después de unos minutos preguntó en un susurro:

— ¿Fue casualidad o…o qué pasó?

María no respondió nada, solo se rió en la cara de la muchacha caribeña, y comenzó a cantar en quechua.

La Independencia


 

La independencia definitiva de los padres se vive cuando uno siente que es autosuficiente económicamente. Por ejemplo, cuando podés gastar todo lo que querés en alcohol sin pensar que tus padres te retarían por malgastarlo de esa forma, porque ya es tu plata y no te pueden decir nada. Seguís siendo un irresponsable, pero sos autosuficiente.

 

Antes que esa independencia, hay otras. Por ejemplo, la segunda independencia llega cuando te vas de la casa de tus padres. Para los que somos de ciudades chicas este hecho llega en la mayoría de los casos cuando nos vamos a estudiar a otro lado.

Muchos estudiantes de 17 o 18 años llegan a grandes ciudades, con los padres que los van a ayudar a acomodar muebles recién comprados o heredados. Tienen la mirada asustada, la cara todavía con acné juvenil y se preguntan cómo se hace un huevo frito. Llegan un par de días antes de arrancar el cursillo de ingreso, para adaptarse y los padres se van 2 o 3 días después, cuando el nene o la nena ya saben cómo ir solos a la facu.

El segundo fin de semana tienen la fiesta de bienvenida que organiza el centro de estudiante para todos los ingresantes y cumplen con su primera borrachera de grado universitario. Y recién ahí, mucho antes de haber aprendido a planchar o cocinar, entienden que son independientes. Comprenden que avanzarán o no en su carrera por su propia decisión, que ser independientes les dará la posibilidad de festejar todos los días que quieran sin que nadie se entere, pero también entienden que se acaban de recibir de adultos.

Para los que viven en la misma ciudad toda su vida y no necesitan irse a otro lado para estudiar esa segunda independencia es mucho más tardía. Llega con un matrimonio de la mano. Hay gente que jamás vive sola. Desde que nacen hasta que se casan viven con sus padres. Desde que se casan hasta que se separan viven con su pareja. Desde que se divorcian hasta que se vuelven a juntar, vuelven a vivir con los pobres padres.

Esta gente nunca vivió cosas hermosas que los que hemos vivido solos conocemos muy bien. Por ejemplo, jamás se han sentado a usar un inodoro con la puerta abierta, no saben que se puede dejar todo tirado sin que nadie se moleste, no disfrutaron de llevar un/a chico/a a la casa sin importar el nombre, algo que difícilmente se puede hacer cuando vivís con tus padres y mucho menos cuando vivís con tu pareja.

 

Pero la independencia que más disfruté fue la primera. Para mí se empezó a gestar en el verano del 89 en el club Democrático Español de Sáenz Peña. Ese temporada íbamos casi todos los días a tratar de no sufrir tanto el calor y mi familia aprovechaba las largas tardes para enseñarme a andar en bicicleta. Como con todos los niños, primero sacaron una ruedita, hasta que vieron que hacía equilibrio. Practicaba dando vueltas alrededor de un gran cantero que había cerca de la pileta hecho con piedras. Luego sacaron la segunda ruedita y me acompañaban sosteniéndome de atrás. Cuando parecía que estaba todo listo me soltaron y pude dar vueltas alrededor del cantero sin ayuda ni problemas. Así como Argentina tardó 6 años en conquistar su independencia, la mía comenzó en ese verano del 89 y terminaría de afianzarla recién 4 años más tarde.

Otra ventaja que tenemos quienes nacimos en pequeñas ciudades es que podíamos andar en bici a cualquier hora del día por nuestra vereda. Las primeras hazañas independientes son en la propia cuadra, donde se nos pueda ver. Así tuve mi primera carrera contra un viejo que pasaba todos los días frente a casa. En la esquina había una casa abandonada y la vereda era más alta que el resto de la cuadra, cuando levanté la rueda delantera para poder subir y tratar de ganar la carrera se me cortó la horquilla y casi me mato.

La segunda instancia libertadora con la bici se da cuando te dejan dar la vuelta manzana. Ahí es cuando se empieza a jugar al ring raje y se descubre que el mundo es más grande y que del otro lado de la manzana hay más amigos para jugar.

Y la primera independencia definitiva llegó a los 8 años. En tercer grado empecé a ir solo a la escuela. Iba y volvía todos los días montando mi bici, excepto los días que me olvidaba que había hecho la ida en dos ruedas y me volvía caminando. Después de un período de prueba en el que demostré que podían confiar en mí, a pesar de mis olvidos, pude comenzar a ir solo al club y a lo de mis amigos.

Nada permite crecer ni madurar tanto como la libertad y la independencia. Por eso deseo que dentro de unos años pueda vivir en un lugar donde mis hijos paseen solos, que vayan a buscar a sus amigos en bici y vayan a hacer travesuras sin que me entere. Y que puedan contar orgullosos:

— Este yeso me lo tuvieron que poner porque hice Willy con la bici, me caí y me rompí el codo.

Y yo me sentiré un hermoso padre cuando le esté lavando los raspones de la pierna y le pregunte qué te pasó y me diga:

— Me estaba haciendo ver con una nena, coletié muy fuerte y me caí.

Un viejo


De repente somos un viejo. Con sus ojos miramos unas manos arrugadas.

Vemos nuestras huellas, las huellas del tiempo, los surcos que la vida nos dejó. Contamos pecas y acariciamos cayos.

Vemos un par de zapatos gastados pero limpios. Levantamos la cabeza y allá vemos dos niños jugando en una calesita. Su madre los observa, cada tanto nos mira y nos sonríe.

Volvemos a observar la mano, detectamos el anillo, lo hacemos girar en el dedo y recordamos. Sabemos que a pesar de todo tuvimos una buena vida. Y sonreímos.

Breve eternidad


Le dijeron que del otro lado del bosque estaba el secreto de la eternidad. Ya tenía algunos elementos para alcanzar la felicidad, pero lo único que le importaba era la trascendencia.

Emprendió la travesía. En el espeso follaje cruzó monstruos dispuestos a devorárselo y hombres que se habían perdido buscando vivir por siempre.

Durante el camino se despojó de la dignidad, y los atisbos de cordura que le quedaban lo hicieron creer que había logrado convertirse en inmortal. La suya fue una eternidad que duró apenas días, hasta que la espesura se lo trago para siempre.

Apuesta perdida


A sus treinta años Ferrer trabajaba de cheff y en el ring tenía un récord de catorce ganadas y ocho perdidas. Y tuvo su gran oferta. Si perdía en el cuarto round, un gran apostador le daría diez mil dólares.

En la segunda vuelta tiró un cross liviano y lento para disimular su falta de interés en la victoria, pero su rival dio un paso al frente en lugar de retroceder y el impacto en la mandíbula fue fatal.

Recordó la amenaza que habían acompañado cuando aceptó la propuesta. Sin los dedos tampoco podría trabajar como cheff.

 

El arquero del 1-10


Cuando pensamos en el mundial de España 82, los argentinos recordamos que el país estaba viviendo la guerra de Las Malvinas y que el equipo decepcionó quedando eliminado más rápido que lo que cualquier especialista hubiera vaticinado para el último campeón, que llegaba reforzado con el mejor jugador del mundo.Guevara mora

Pero hubo otra selección que se cruzó en el destino de la Argentina y que también vivía una guerra, mucha más sangrienta y que también defraudó a sus hinchas. La guerra civil en El Salvador empezó en 1980, y venía cultivándose desde hacía muchos años de la mano de la guerra fría. En un país que tenía cuatro millones y medio de habitantes murieron en 12 años setenta y cinco mil personas. Miles de familias emigraron y otras tantas quedaron mutiladas para siempre. Sigue leyendo

Explicación del mundo de los años 2000, para un niño de los años 3000


No sé qué palabras y qué lenguajes conocerán en tus días, así que trataré de ser lo más claro y paciente posible para explicar todo. De todas formas, espero que tengan una biblioteca abundante. Espero que puedas entender nuestros días, para que comprendas cómo llegaron ustedes a vivir como están viviendo. Sigue leyendo

Anécdotas infantiles


Una caricia divina

Cuando uno es niño no se da cuenta que es malo. Incluso cuando nos acusan de serlo creemos que nos juzgan injustamente. Nos cuesta entender que no es gracioso romperle todos los lápices a un compañerito. Nos  parece raro que un adulto no se ría a carcajadas de un niño que se cayó porque le pusimos una zancadilla. Miramos sin culpa al nene que se refriega la rodilla lastimada y se palpa las manos raspadas riéndonos hasta que un adulto nos mira serio y nos da una lección a los gritos de que eso no se hace.

Recién cuando uno crece y ha entendido lo que es la rebeldía bien encaminada, y la puede separar de lo que es la estupidez adolescente, empieza a tener remordimientos. Hay cosas casi olvidadas y que van apareciendo en cierto momento de la vida sin que sepamos por qué, como cuando le pegábamos entre…

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El señor SPOK


Una caricia divina

El señor SPOK

Los comics y las películas yanquis nos mostraron superhéroes todopoderosos que nacían para vencer el mal del planeta y malos que generalmente quieren destruir la Tierra. Estos superhéroes suelen ser de países (o de planetas  en el caso del pelotudo de Superman) en donde está lleno de malos muy malos de puta y que quedan lejísimos.

Pero nosotros sabemos que la vida no es así. Generalmente el malo es un vecino que se pone a martillar un clavo un domingo a las 8 de la mañana o un taxista que te clava un billete de diez pesos falso en el vuelto, o una vieja que le pincha la pelota a los chicos del barrio.

Entonces, ya era hora que tuviéramos un nuevo superhéroes, una nueva generación de superhombres adaptados a esta realidad que vivimos y que sufrimos día a día, rodeados de tipos malvados y viejas desalmadas.

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Condenado por la rutina


Cada día me cuesta más encontrar sobre qué escribir, y eso se debe a que se cumplió la profecía del oráculo Hernán Jaeggi. La contaminación de la cotidianidad del licenciado en administración le ganó al impulso creativo y esporádico del escritor.

Cómo poder escribir un cuento decente, cuando día a día los hechos se repiten. Cómo tener una historia original, si solo veo hechos que se encadenan impulsados por huellas que avanzan más rápido que mi propia sombra. Sigue leyendo