Miedos


A los 6 años fui por primera vez solo desde la escuela hasta mi casa. No fue porque me habían dado permiso, sino porque se olvidaron de mí.
Hacía unos meses que se había instalado a 2 casas de la nuestra una familia de Buenos Aires. Leo tenía la misma edad que yo y nos hicimos amigos rápido. La madre era maestra y había conseguido trabajo en la escuela a dónde íbamos con Leo. Yo iba a primero A y él al B.
Después de unos meses la madre de Leo habló con mi mamá y le ofreció llevarme todas las mañanas a la escuela. A mis viejos les convenía, porque como tenían que llevar a mis hermanos a otro colegio más temprano y después irse a trabajar al hospital, mi escuela y su horario les quedaban a trasmano. Así que mi vieja aceptó la oferta.
Leo era más de jugar con muñecos, de gritar los golpes al estilo de las viejas series de Batman y yo era más de jugar todo el día con la pelota. A él lo cargaban por ser porteño y yo era bastante malo, así que no nos llevábamos perfecto, pero éramos buenos amigos y nos gustó la idea de viajar todos los días juntos. A mí me entusiasmaba ir en el auto de ellos. Era un Chevrolet viejo y gigante. Yo podría haberme acostado en el asiento trasero y me hubiera sobrado un montón de espacio. Además el padre era gracioso y puteaba como porteño, eso me hacía reír.

Yo nunca había estado solo a más de 3 o 4 cuadras de mi casa. Cuando mucho iba a comprar pan o leche al kiosco de los Holzer que quedaba a la vuelta. Sabía que la escuela quedaba mucho más lejos, no tenía idea de cuánto iba a demorar en llegar, no tenía referencias porque siempre había ido en auto. En realidad eran apenas 10 cuadras de distancia.
Yo sabía que con el auto siempre agarrábamos la calle del costado de la escuela y le dábamos derecho hasta la calle a donde están las vías. Así que después de buscar el auto de Leo y no verlo por ningún lado, me di cuenta que se habían ido sin mí y empecé a caminar.

Llegué a la esquina de la calle 10 y empecé a caminar, no tenía que parar hasta ver las verjas blancas que siempre bordearon las vías. Avanzaba con mis pasos cortos pero rápidos, la mano agarrando fuerte la mochila que caía pesada sobre la espalda. Pasé por enfrente de la catedral y recordé la extraña sensación de paz y miedo que había tenido cuando nos llevaron en excursión en el jardín. La estatua de Jesús tenía algo de bondad, pero estaba rodeada de luces salidas de películas de terror y el silencio que reinaba en un edificio tan grande me daban la impresión de que algo siniestro podía aparecer desde cualquier rincón.
Hipnotizado por el tamaño del edificio doble bordeándolo, miraba sus paredes rugosas y exageradamente altas y seguí caminando. Cuando me despabilé entendí que había perdido la línea recta en la que me debía mover. Incrementó el miedo de perderme, pero pensé que seguramente si en la siguiente esquina volvía a doblar y me encaminaba hacia las vías, sería lo mismo. Así lo hice y sentí alivio al reconocer un cartel, era señal de que me estaba acercando. Cada vez que cruzaba un adulto, agachaba la cabeza y aceleraba. La típica frase no hables con extraños iba clavada en mi frente, pero del lado de adentro.
En el camino encontré el lugar donde había funcionado la guardería a la que me llevaban cuando era chico. Cada vez que atravesaba ese lugar tenía un solo recuerdo. Dos chicos más grandes me amenazaban con matarme y tirarme a una parrilla. No recuerdo el orden de la amenaza, pero la parrilla y la muerte estaban incluidas. La sensación de miedo dentro del pecho al cruzar por esa vereda la tuve hasta bastante grande.

Por fin apareció la calle de la vía. Antes de alcanzarla tenía que pasar por unos negocios que tenían las veredas repletas de motos y se veía mucha gente entrando y saliendo. ¿Qué pasa si uno me agarra y me lleva? ¿Cómo se van a poner mis papás? ¿Qué me van a hacer? A pesar del miedo no corrí, pero solo porque pensé que eso llamaría demasiado la atención y podía ponerme en más peligro.
Llegué a la esquina de las vías y doblé. Ya estaba en terreno conocido. Podía recordar todos los carteles, ya sabía leer algunos. Cuando llegué a la clínica que estaba por esa calle vi a dos hombres hablando demasiado cerca uno del otro. El que me daba la espalda tenía la mano en el bolsillo del saco del que estaba al frente. Me resultó tan extraña la escena que me frené a mirar qué hacían. Algunos segundos después se separaron y al que no le podía ver la cara soltó lo que tenía en la mano dentro de una bolsa. Con el otro nos miramos a los ojos y después de unos segundos me increpó ¿Qué mirás pendejo? Yo corrí y pasé por al lado de ellos y él trotó mientras me insultaba. Después de varios metros miré para atrás y vi que había frenado pero me miraba y se reía, amagó con empezar a correr y yo volví a acelerar y no paré de correr hasta llegar a la esquina de mi casa. Nadie me perseguía, así que seguí caminando, no quería llegar tan agitado, no quería tener que dar muchas explicaciones.

Después de doblar en la esquina de casa, caminé lento para recuperar el aliento. Cuando llegué golpee el portón y me abrió mi hermano. Cuando me vio mi mamá, me preguntó ¿En qué viniste vos? Caminando, le respondí y me largué a llorar.
¿Por qué llorás? Me preguntaron, y dije que de contento porque había sabido cómo llegar solo. Todos, incuso yo, sabíamos que no era verdad, pero nadie me dijo nada. Mi mamá me dio un abrazo y me dijo que me lavara las manos que me estaban esperando para comer.

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Cambios


El matrimonio venía dando tumbos desde el nacimiento de la primera hija, las cosas tampoco mejoraron con la llegada de la segunda. No eran infelices, pero las peleas eran constantes, y el hilo que los unía estaba cada vez más tirante. Así que supusieron que aquella casa arbolada en la parte alta de un pueblo perdido en las sierras cordobesas podía ayudarlos a empezar de nuevo. De hecho, pensaron que la suerte cambiaba cuando escucharon el precio por el cual la vendían. Quisieron saber por qué estaban rematando tan barata, pero los de la inmobiliaria solo sabían que los anteriores dueños se la querían sacar de encima rápido, y que de hecho la habían deshabitado hacía meses. Cargaron el perro que habían adoptado hacía una año, los muebles, los recuerdos y las esperanzas en un camión de mudanzas y ellos viajaron en su camioneta.

El perro salió disparado de adentro del camión, recorrió la casa corriendo y se acostó debajo de un gran árbol. Las niñas se bajaron de la camioneta un poco adormecidas, pero comenzaron a gritar felices cuando vieron el tamaño del patio y la pileta.

La química entre ellos comenzó a fluir después de varios años. Ordenaron el patio, sacaron yuyos y árboles secos, quitaron escombros, y a pesar de lo pesado del trabajo se sentían felices trabajando en embellecer aquella casa que se notaba abandonada hacía mucho. El perro los miraba trabajar desde el árbol que había hecho propio. Las niñas recolectaban maderitas, o buscaban esos pequeños frutos rojos que caen de los arbustos para dárselos a sus muñecas como si fueran manzanas.

Y sin embargo el panorama idílico se cortaba cuando reinaba el silencio. Había algo en la casa que los hacía sentir asechados, percibían que había alguien más en la casa. Margarita, la menor de las hijas, le contó a la madre que a la noche escuchaba susurros, que alguien quería decirle algo pero ella no lo entendía. Los padres buscaron alguna explicación que pudiera tranquilizar a las nenas, pero ellos mismos habían escuchado los susurros. Por eso trataban de tapar los silencios escuchando música fuerte durante todo el día, pero debían apagarla a la hora de dormir y comenzaban a temerle a la noche, y aunque no quisieran, en algún momento debían escuchar el silencio y lo que viniera con él.

Y un día ya no pudieron seguir simulando que allí no pasaba nada. Margarita, no estaba en su cama cuando la fueron a buscar para desayunar, ni en ninguna otra parte de la casa. El perro los miraba acostado en el lugar de siempre, y veía la desesperación con que buscaban detrás de los demás árboles, en los pastos que todavía no habían cortado y entre los arbustos que rodeaban la casa. Ninguno de los vecinos la había visto ni nadie en el pueblo sabía nada. Hicieron la denuncia en la policía, los pocos funcionarios que había en el destacamento no se mostraron demasiados activos, pero se comprometieron a recorrer la zona en la patrulla y que avisarían en la secretaría de Personas Extraviadas de la Provincia, para que se formara un grupo de búsqueda. Tal vez, podían mandar personal para que rastrillaran el río que estaba a unos 700 metros de la casa. Ellos no le dijeron nada a los policías de los susurros, porque no les creerían, o tal vez los acusarían a ellos de estar en alguna secta, o algo así.

La pareja volvió a la casa tan desesperanzada como cuando salió. Trataban de mantener calmada a la niña más grande, que entendía la situación y aunque estaba triste, no hacía gran escándalo. La madre no quería perderla de vista ni un segundo, así que fue el padre quien salió al patio para llevarle agua y comida al perro, y fue allí cuando el horror se apoderó de él y lo hizo caer al suelo en un llanto espantoso. El animal tenía las patas y los dientes manchados con sangre, y al lado de su árbol la tierra removida delataba un nuevo pozo.

El hombre comprendió todo, el perro también podía escuchar los susurros, y sus instintos no podían ocultarse con la música que ellos usaban para tapar los demonios que allí vivían.

La renuncia


Caminó hasta el bar sabiendo que no podía esperar nada bueno. Las calles olían a agua podrida, las hojas otoñales flotaban en pequeños charcos estancados en las esquinas. Abrió la puerta y la buscó con la vista, la reconoció en una mesa del fondo, sus miradas se encontraron pero ninguno sonrió. No era normal este encuentro, lo acordado era  una rutina necesaria y discreta: todos los miércoles, a la misma hora y en la misma esquina ella debía esperar que él pasara con el auto. Por eso se sorprendió cuando le llegó un mensaje de un número desconocido que le decía que tenía que hablar urgente; además incluía el nombre de un bar y una hora. Sigue leyendo

Un caso más curioso y real que el de Benjamin Button


Dicen que él tenía una rara condición de oficinitis aguda, hasta que conoció el amor. Primero se enamoraron como dos jóvenes distraídos. Luego largaron todo como veinteañeros rebeldes. Comenzaron a hacer el amor como adolescentes a los que no les importas nada más en la vida. En un punto descubrieron que el niño interior había salido hasta la superficie y aprovechaba cada charco para saltar y embarrarse. Finalmente, la curiosidad del infante los hizo caminar sin sentido hasta algún lugar donde ya no los pudieron encontrar.

El funeral


A nadie sorprendió la muerte de Tortazo, no era el más viejo de los payasos pero era el que tomaba más riesgo en los trucos que hacía.

Por expreso pedido de él, su funeral fue un funeral de payaso. Lo guardaron en el cajón con su cara blanca, su nariz roja y la sonrisa pintada de negro de oreja a oreja. Rodeando el féretro había unos veinte globos inflados con helio que dificultaban a las personas acercarse a darle el último adiós.

Sus compañeros entraban a la sala con una pequeña torta de merengue rosado en la mano, en honor al sketch más recordado del muerto,  y la depositaban en una mesa que estaba en la cabecera del cajón. La bienvenida se las daba Corchito estrujando su potente claxon. Luego se saludaban entre ellos con apretones de manos electrificadas, flores que disparaban agua, cachetadas ruidosas, carcajadas abundantes.

La gente de la funeraria tuvo que hacer algunas excepciones a sus estrictos protocolos. Los empleados tuvieron que cambiar los sobrios trajes negros, por improvisados vestuarios rojos que fueron prestados por domadores de circo y otros artistas. Por otro lado, aceptaron cambiar el clásico auto fúnebre, por una pequeña limusina hecha con un Fiat 600, en el que irían el homenajeado con todos sus colegas y algunos familiares. A pesar de las prohibiciones, en un rincón de la sala estaban Cachiporra y Manolete fumando, con la sonrisa mirando dibujada hacia abajo.

 

El extraño evento transcurría con cierta normalidad, para lo que se podía esperar con semejantes personajes presentes. Hasta que llegó Pepino, un payaso en decadencia que los últimos años había tenido que trabajar inflando globos para los niños de la peatonal. El muchacho notificado a último momento de la trágica noticia, entró a la sala con un lemon pie en la mano y lo dejó, con vergüenza, en la mesa junto a todas las tortas finamente decoradas de rosa. Algunos payasos lo miraron con cara de pocos amigos, el los miró levantando los hombros, como disculpándose. Pero en eso se escuchó un llanto sentido, la madre de Tortazo no aguantó la afrenta y entró en estado de shock. Plim Plim, el decano de todos los payasos se puso en pie, se colocó frente a Pepino, se acomodó el guante blanco y con la fuerza desarrollada a lo largo de tantos años de dar tortazos, surtió al desubicado con una cachetada que lo hizo dar una vuelta. Con el maquillaje corrido y los ojos tristes, Pepino se volvió hacia la peatonal a seguir inflando globos para niños que lo miran con miedo.

Plim Plim se acercó a la madre de Tortazo, se disculpó por la escena y conmovido le dijo:

  • Siempre hay uno que arruina los festejos.

Lo que mata es la calor


Cada paso que daba se maldecía un poco más. Sin duda había sido una mala decisión emprender aquella caminata, no era raro ser el único ser vivo en movimiento por allí. El calor se intensificaba con las ráfagas de viento caliente que hacían viajar millones de partículas de tierra que aparentemente habían decidido chocar contra su rostro.

Las gotas de transpiración se dejaban caer y descendían desfallecidas hasta sus ojos, provocándole un ardor que creía merecido por estúpido. Todo el mundo le dijo que no era el mejor momento para ir, pero él fue obstinado como siempre y no quiso escuchar. Ahora ya no podía volver atrás, no quería regresar con las manos vacías y que además de haber sufrido aquel tormento climático lo tildaran de fracasado.

De todas formas, no faltaba demasiado. Ya creía ver el punto de destino. Tal vez podía usar un truco mental para que la distancia no pareciera tan larga, iría contando los pasos y a lo mejor en menos de 150 ya estuviera allí. Y para olvidarse del calor que ya había provocado que todo su cuerpo estuviera empapado, se secó la frente y se puso a soñar con lo rico y fresco que sería el tereré que prepararía con el jugo que pensaba comprarle al único kiosquero que abría en la agobiante siesta chaqueña y que lo esperaba aburrido a solo 134 pasos, 133, 132…

Ir por una cerveza, de Robert Coover


Se encuentra sentado en el bar del barrio tomándose una cerveza más o menos al mismo tiempo que comenzó a pensar en ir allí por una. De hecho, la ha terminado. Quizás se tomará una segunda, piensa, mientras se la baja y pide una tercera. Hay una mujer joven sentada no muy lejos de él quien no es exactamente atractiva pero suficientemente atractiva, y probablemente buena en la cama, como efectivamente lo es. ¿Se terminó su cerveza? No puede recordar. Lo que realmente importa es: ¿disfrutó el orgasmo? o incluso, ¿tuvo uno? Sigue leyendo

Podofilia


Creo que el asunto fue gradual. Empezó a empeorar de a poco. Por lo que me contaron, descubrió que una nueva pasión despertaba en sus entrañas cuando estando desnudo con unas de sus primeras novias sintió olor a pata y sintió que se le ponía dura, como nunca antes. Ella estaba feliz, pero él no pudo explicarle porque la estaba amando con tanta pasión. Para el encuentro siguiente, antes de ir a la cama la invitó a caminar y anduvieron como una hora, cuando consideró que ya debía haber acumulado suficiente olor, volvieron a su casa. La desnudó empezando por arriba y terminando con las medias, se llevó una a la nariz, la tiró al suelo y se quedó olfateando y lengüeteando los pies flacos y húmedos de ella.
Desde que se le pegó aquel vicio no paraba de mirarle los pies a las mujeres. Le encantaban, especialmente aquellos que iban como desnuditos, mostrando los dedos, pero ojo, no con ojotas, disfrutaba de ver dedos saliendo de zapatos elegantes. Especialmente si tenían las uñas pintadas, el rojo era su color preferido. Más de una vez temió que alguien se diera cuenta que se le había parado en plena calle, y solo por mirar un par de pies.

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LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL


Este cuento fue escrito por Svetlana Alexiévick, nacida en Bielorrusia en 1948. La periodista, y ganadora del Nobel en 2015, publicó un libro recogiendo algunos testimonios de las victimas del accidente nuclear de central atómica de Chernóbil en Ucrania. Este es uno de los textos del libro  Voces de Chernóbil. Crónica del futuro

LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL

Pienso tan a menudo sobre la muerte que no quiero verla.

¿Nunca ha escuchado usted las conversaciones de los niños sobre la muerte? Por ejemplo, los míos. En la séptima clase discuten y me preguntan: «¿Da miedo o no la muerte?». Si hasta hace poco a los pequeños les interesaba de dónde venían: «¿De dónde vienen los niños?». Ahora lo que les preocupa es qué pasará después de una bomba atómica. Sigue leyendo

Los jóvenes de hoy en día


Queridos reyes magos:

Viendo la baja correlación que existe entre regalos pedidos en años anteriores por quien suscribe esta misiva y aquellos que me fueron entregados por sus majestades, quiero contarles que este año he estado leyendo sobre sistemas de gobierno modernos y antiguos, y a su vez, me he documentado con biografías de grandes magos.

Primero que nada quiero comentarles que en Internet no encontré ni cuáles eran vuestros reinos, ni los nombres de vuestras reinas ni de vuestros príncipes, por lo tanto tengo la insipiente sospecha, y he comenzado a desarrollar la hipótesis, que ustedes nos son más que unos usurpadores de títulos, un delito penado por la ley, por el que podrían ir hasta un año a la cárcel, algo bastante poco recomendable por estas latitudes. Sigue leyendo