Explicación del mundo de los años 2000, para un niño de los años 3000


No sé qué palabras y qué lenguajes conocerán en tus días, así que trataré de ser lo más claro y paciente posible para explicar todo. De todas formas, espero que tengan una biblioteca abundante. Espero que puedas entender nuestros días, para que comprendas cómo llegaron ustedes a vivir como están viviendo. Sigue leyendo

Un granadero


Un granadero, Un cuento de Manuel Mujica Láinez

1850Mujica Lainez

El indio Tamay alquila en la Recova un cuarto pequeñito. En él vende, hace muchos años, estampas, escapularios, ropa hecha y, algunos días, empanadas y tortas. Desde la mañana, cuando la estación lo permite, se sienta bajo las arcadas aguardando a los compradores y aventándose con una hoja de palmera.

En invierno, el indio no se aparta del brasero sobre el cual se calienta la pava del mate. Al anochecer regresa sin apurarse a su rancho del barrio de la Concepción. Arrastra la pierna lisiada; a un costado de la chaqueta, la manga izquierda, vacía, hace ademanes absurdos. Perdió el brazo en la rendición del Callao, en 1821; Sigue leyendo

Anécdotas infantiles


Una caricia divina

Cuando uno es niño no se da cuenta que es malo. Incluso cuando nos acusan de serlo creemos que nos juzgan injustamente. Nos cuesta entender que no es gracioso romperle todos los lápices a un compañerito. Nos  parece raro que un adulto no se ría a carcajadas de un niño que se cayó porque le pusimos una zancadilla. Miramos sin culpa al nene que se refriega la rodilla lastimada y se palpa las manos raspadas riéndonos hasta que un adulto nos mira serio y nos da una lección a los gritos de que eso no se hace.

Recién cuando uno crece y ha entendido lo que es la rebeldía bien encaminada, y la puede separar de lo que es la estupidez adolescente, empieza a tener remordimientos. Hay cosas casi olvidadas y que van apareciendo en cierto momento de la vida sin que sepamos por qué, como cuando le pegábamos entre…

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El señor SPOK


Una caricia divina

El señor SPOK

Los comics y las películas yanquis nos mostraron superhéroes todopoderosos que nacían para vencer el mal del planeta y malos que generalmente quieren destruir la Tierra. Estos superhéroes suelen ser de países (o de planetas  en el caso del pelotudo de Superman) en donde está lleno de malos muy malos de puta y que quedan lejísimos.

Pero nosotros sabemos que la vida no es así. Generalmente el malo es un vecino que se pone a martillar un clavo un domingo a las 8 de la mañana o un taxista que te clava un billete de diez pesos falso en el vuelto, o una vieja que le pincha la pelota a los chicos del barrio.

Entonces, ya era hora que tuviéramos un nuevo superhéroes, una nueva generación de superhombres adaptados a esta realidad que vivimos y que sufrimos día a día, rodeados de tipos malvados y viejas desalmadas.

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Condenado por la rutina


Cada día me cuesta más encontrar sobre qué escribir, y eso se debe a que se cumplió la profecía del oráculo Hernán Jaeggi. La contaminación de la cotidianidad del licenciado en administración le ganó al impulso creativo y esporádico del escritor.

Cómo poder escribir un cuento decente, cuando día a día los hechos se repiten. Cómo tener una historia original, si solo veo hechos que se encadenan impulsados por huellas que avanzan más rápido que mi propia sombra. Sigue leyendo

Increíble (IIIII)


Increíble (IIIII)[1]

— Gómez.

— No me va a creer señor, pero…

— Exacto Gómez. No le voy a creer, así que ni intente explicar. Usted está…

— Pero señor, déjeme que le cuente –suplicó el empleado, con tono lastimero.

— No, basta Gómez. Le dije que leyera el cuento del lobo y el pastorcito. Me harté Gómez – explicó el jefe realmente irritado, hasta en las axilas.

— Pero justamente jefe, eso es lo que me pasó. Para meterme en la atmósfera del cuento me fui al bosque y…

— Ah bueno, no me diga que lo atacó un lobo.

— Sí, si. Exacto. Me atacó un lobo. Mejor dicho nos atacó un lobo. Estaba con mi mujer. Sigue leyendo

3×1 de Jacques Sternberg


El empleado de correo

En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.

Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo… A su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal. Sigue leyendo

De Alegría


Una caricia divina

– Che, ¿cómo fue lo de tu viejo?

– Lo de mi viejo fue en la final del provincial del ochenta y siete. Si ganábamos íbamos a ir a jugar el regional contra los de Formosa y los de Corrientes. Era de esperar que pasara algo así, hacía casi quince años que el club no clasificaba ni al provincial, salir campeón no era fácil- arrancó por enésima vez la historia Nacho.

Estábamos jugando allá. Ellos eran como mil y nosotros habíamos llevado como tres bondis, contando en el que íbamos los jugadores, técnicos y un par de colados que hay siempre. Así que en la tribuna,bueno… en realidad los nuestros no tenían tribuna, sino que lo veían desde el muro que da a uno de los arcos, pero la cosa es que había como cien hinchas y obviamente entre esos, estaba mi viejo.

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Increíble (IIII)


Increíble (IIII)1

— Ah, bueno. Por fin apareció. Gómez, venga para acá –ordenó el jefe, mientras bajaba las gafas hasta la punta de la nariz—.

— ¿Usted debe ser el jefe? ¿Qué tal?

— ¿Qué? ¿Ahora se va a hacer el desmemoriado, Gómez?

— No. Lo entiendo, deje que le explique.

— ¿Otra de sus fantásticas historias? ¿Qué le pasó este fin de semana? ¿Alguien lo embrujó? ¿Le lavaron el cerebro? ¿Lo convirtieron en el juguete sexual unos marcianos? ¿Le hicieron una lobotomía y quedó más estúpido, Gómez?

— No, señor. Yo en realidad soy el hermano de Gómez. O sea, yo también soy Gómez, pero no soy el Gómez que usted cree, si no, su hermano. O sea, otro Gómez. Sigue leyendo

Increíble (III)


— ¡Gómez! Venga para acá, Gómez –llamó el jefe mientras se levantaba las mangas de la camisa y se secaba la transpiración de la cara.

— Si jefe, ¿có có cómo le va? –saludó el empleado mientras movía nerviosamente los ojos y el cuello.

— Otro lunes, otra vez tarde, Gómez.

— Si jefe, tiene razón. Ya no sé co co como disculparme. Es una co co cosa de no creer, ya lo sé.

— ¿Qué  le  pasa  Gómez?  –preguntó  el  jefe,  inclinando  la  cabeza  hacia  un  costado  y entrecerrando los ojos, en una clásica expresión de “¿qué carajo le pasa a este tipo?”—. Encima de llegar tarde, ¿se hace el tartamudo?

— No, no me hago. Pero no sé si me va a creer lo que me pasó. Sigue leyendo