Condenado por la rutina

Cada día me cuesta más encontrar sobre qué escribir, y eso se debe a que se cumplió la profecía del oráculo Hernán Jaeggi. La contaminación de la cotidianidad del licenciado en administración le ganó al impulso creativo y esporádico del escritor.

Cómo poder escribir un cuento decente, cuando día a día los hechos se repiten. Cómo tener una historia original, si solo veo hechos que se encadenan impulsados por huellas que avanzan más rápido que mi propia sombra.
Cada día despierto y la ropa que dejé preparada la noche anterior sobre una silla, está tirada en el suelo, con huecos hechos por insectos que nunca hubo en mi hogar. Al recoger las prendas la humedad las deja pegadas a mis dedos.
Luego, con cara de dormido me acerco al espejo y me veo cepillar dientes que a cada mirada parecen más grandes y se ven más negros. Al enjuagarme vuelvo a mirarme y ya no tengo ningún diente.

Cuando es la hora de salir de la casa tengo que buscar las llaves, que jamás, jamás, están en el llavero como las deje la noche anterior. Hay días que la rutina se interrumpe y la llave  amanece quebrada o se derrite al introducirla en la cerradura. Ese día la tortura es diferente, las paredes comienzan a acercarse las unas a las otras, cuando ya casi no queda espacio, los muebles cobran vida y se burlan de mi cara de terror; todo termina cuando una silla golpea mi cabeza.

Siguiendo con la vida de  un día normal, el ascensor suele trabarse. Algunos días entre el 7 y el 8 y otros entre el 2 y el 3. Para salir de la caja metálica tengo que reptar por el piso, rogando siempre que los viejos cables no se suelten y la maquina me corte a la mitad. Mientras estoy concentrado en esa peligrosa tarea, los  viejos mecanismos chillan y crujen aunque el aparato no se mueva. A veces me imagino que algunas poleas, engranajes y pistones se ríen de mí en algún lado de ese profundo túnel.

Al llegar a la calle tengo que comenzar a buscar mi auto. Todas las noches suelo estacionarlo lo más cerca que puedo del edificio, pero a la mañana siguiente puede aparecer en cualquier parte de la cuadra. Tampoco es raro que lo encuentre pintado de otro color, con los vidrios rotos o sin nafta. Podría haber alguna explicación simple a estos fenómenos, pero el cuenta kilómetro jamás se altera de noche.

El camino al trabajo es siempre el mismo, pero no es siempre igual. Muchas veces cuando llego a una calle donde tenía que doblar a la derecha, de repente se ve una flecha que indica hacia la izquierda. He tenido que frenar repentinamente porque la ruta terminaba en un precipicio. Incluso un día me crucé en el camino con migo mismo volviendo por el carril del frente. Algunas veces el auto se quedó empantanado en el cemento que se derretía y al bajarme a ver cuál rueda era la estancada, comenzaba a percibir que todo lo que me rodeaba se estaba derritiendo como si estuviera en un adentro de un reloj de Dalí.

Cuando logro llegar, en el trabajo el teléfono comienza a sonar cuando pongo la llave en la puerta. Me apuro para entrar pero al tomar el tubo, escucho las últimas palabras de un salmo y luego cortan.

Apártense de mí todos los malvados,
porque el Señor ha oído mis sollozos.

El Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi plegaria. 

¡Que caiga sobre mis enemigos
la confusión y el terror,
y en un instante retrocedan avergonzados!

Dos o tres veces por día sufro cortes de luz que me hacen perder horas de trabajo dedicadas a algún archivo. Como Sísifo comienzo una y otra vez, y se me ocurre guardar la información, algo ocurre que lo impide, incluso sufrí un temblor y que hizo caer cuadros y rajó las paredes de la oficina.

Hace meses sufro dolores terribles en los dedos y en las muñecas. Cada tecla que presiono parece martillas sobre articulaciones haciéndome sufrir como un viejo artrítico. Mis dedos comienzan a deformarse y el dolor se hace crónico.

Mi jefe, que vive en el mismo departamento donde funciona la oficina, algunos días amanece sin un brazo, otros sin la cara y a veces directamente sin cabeza. Y en su desesperación me grita pidiendo ayuda y ante mi pasividad, producto del espanto, se arroja por el balcón. Cuando me asomo a la baranda del mismo, vuelve a aparecer detrás mío con todos sus rasgos y miembros. Mi pesadilla es que algún día no aparezca detrás mío y esa escena se convierta en la única realidad.

El día transcurre monótono, calmo al extremo. El tiempo no parece caminar, si no que baila como un murguero, dando dos pasos hacia al frente y uno para atrás. El día se estira como un resorte vencido. Entro antes que salga el sol, me voy cuando este está terminando de esconderse.
Durante el camino de regreso debo esforzarme por no quedarme dormido mientras manejo. Más de una vez desperté en la mitad de una curva. Otras veces a pesar que ya había avanzado varios quilómetros, despierto de nuevo en el garaje del trabajo.

El peaje está tapado por un muro de concreto y debo esperar horas a que lo derriben. Al atravezarlo, del otro lado encuentro una ruta desconocida, de pidra y barro, con autos gigantes estacionados a ambos lados y choferes que se gritan palabras que no logro comprender.

Al llegar a mi casa, la luz suele fallar, y en la inmensa oscuridad mi perro no me reconoce. Interpreta mis olores como amenazas, y al haber quedado encerrado solo durante todo el día y haber pasado hambre, se siente furioso y me ataca. Solo suelta mi brazo cuando mi mujer se lo ordena. Ella me salva cada noche, pero sé que al siguiente amanecer no estará a mi lado. Su ropero estará vacío y encontraré su carta sobre la mesa.
Esta realidad cotidiana es la que me destruye hace meses y que ocupa mi mente cada vez que trato de imaginar una nueva historia para contar. Dicen que Sísifo cumplió su condena aun cuando estaba viejo y ciego.

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