Increíble (IIIII)

Increíble (IIIII)[1]

— Gómez.

— No me va a creer señor, pero…

— Exacto Gómez. No le voy a creer, así que ni intente explicar. Usted está…

— Pero señor, déjeme que le cuente –suplicó el empleado, con tono lastimero.

— No, basta Gómez. Le dije que leyera el cuento del lobo y el pastorcito. Me harté Gómez – explicó el jefe realmente irritado, hasta en las axilas.

— Pero justamente jefe, eso es lo que me pasó. Para meterme en la atmósfera del cuento me fui al bosque y…

— Ah bueno, no me diga que lo atacó un lobo.

— Sí, si. Exacto. Me atacó un lobo. Mejor dicho nos atacó un lobo. Estaba con mi mujer.

— Pero a usted no le da la cara. ¿Acá? ¿En esta provincia lo atacó un lobo?

— Si señor, se lo juro. Usted sabe que a mí no me gusta mentir, pe…

— Por favor, Gómez, paremos de hacer el ridículo.

— Pero es verdad, no sabe lo que tuvimos que pelear y luchar y correr para poder zafar de esa bestia. Mire, mire como estoy todo arañado.

— Veo los arañazos. ¿Podría llamar a su mujer para corroborar esto y preguntarle por los arañazos?

— Eh…mejor no.

— ¿Por qué?

— Porque…mejor no.

— ¿Gómez?

— Pasa que ella…ella llevó la peor parte. Mire en este bolsito que traigo…

— ¿No tendrá los restos de su mujer en ese bolso?

— Pero señor, como se le ocurre semejante cosa. ¿Quién se piensa que soy? Es la ropa de mi mujer. Totalmente destrozada por los arañazos de esa bestia.

— Veo ropa de mujer rota Gómez, pero no sé si será de su mujer. Me parece que la voy a llamar para corroborar la historia, ¿no le parece lo mejor?

— La verdad que no, jefe.

— ¿A ella la arañó la misma bestia que a usted?

— Por supuesto jefe. Con un lobo alcanza, ¿no? Le cuento rápido, para que no se enoje. Nos fuimos a un montecito que hay a las afueras de la ciudad. Nos recostamos contra un árbol grande y empecé a leer el cuento. Le confieso que no llegamos a terminar de leerlo.

— ¿Qué pasó Gómez?

— A la mitad del cuento nos pusimos mimosos con mi mujer y empezamos a darnos unos besitos y una cosa lleva a la otra y terminamos revolcándonos en el  pasto. Y en eso estábamos cuando escuchamos el aullido de la bestia. El rugido de ese animal salvaje que buscaba carne humana para balancear su dieta. Que quería alimentarse de este cuerpo joven y atlético, de esta carne firme pero tiernita. Que quería…

— Córtela, Gómez.

— Entonces, nos despegamos con mi señora y empezamos a mirar para todos lados y como a doscientos metros vimos líneas horizontales amarillas en el medio de un bulto negro…

— ¿El lobo?

— No, el asfalto de la ruta con las liniecitas del medio.

— Por favor, Gómez, termine con esta tortura.

— Cien metros más acá, o sea más cerca, vimos otro bulto negro y peludo con unos ojos entrecerrados que salpicaban miedo para todos lados y que estaban ahogados en sangre e ira. Ese si era el lobo.

— Me imaginé, Gómez. Siga.

— Los dos estábamos con los pantalones por los tobillos así que fue medio difícil llegar hasta el auto. La bestia alcanzó a darnos unos zarpazos. Me destrozó el pantalón a mí y a mi mujer le terminó de romper el vestido.

— ¿Le terminó?

— Si, no entremos en detalles por favor.

— Está bien. Siga, Gómez.

— Después de eso arrancamos el auto y con gran velocidad emprendimos el regreso a casa. Ya en la autopista, como trescientos metros después de lo que había pasado, miro por el espejo retrovisor y veo que el lobo nos seguía. Venía pegado al guardabarros trasero. Y eso que yo iba como a doscientos kilómetros por hora.

— Pero, ¿cómo explica después de todo que usted haya llegado tarde de nuevo, Gómez?

— Y qué quiere jefe, con el susto que tenía no me animaba a salir de la casa.

— Basta, Gómez. Basta. Vaya y hable con el “Lobo” Acuña.

— ¿El “Buitre” Acuña querrá decir?

— Exacto.

— Pero…

— Sí, Gómez. Vaya y hable con el abogado de la empresa, él le va a decir cuando puede venir a buscar su liquidación final.

— Pero, jefe…pero…

— Gracias, Gómez. Gracias. Vaya tranquilo. Saludos a su esposa y espero que se recupere.

— Pero…pero…

[1]  N. del E.: con la coherencia que lo caracteriza, el autor asegura que eso sería la suma de II más III.

Capítulo anterior: Increíble (IIII)

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6 comentarios en “Increíble (IIIII)

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