Increíble (IIII)

Increíble (IIII)1

— Ah, bueno. Por fin apareció. Gómez, venga para acá –ordenó el jefe, mientras bajaba las gafas hasta la punta de la nariz—.

— ¿Usted debe ser el jefe? ¿Qué tal?

— ¿Qué? ¿Ahora se va a hacer el desmemoriado, Gómez?

— No. Lo entiendo, deje que le explique.

— ¿Otra de sus fantásticas historias? ¿Qué le pasó este fin de semana? ¿Alguien lo embrujó? ¿Le lavaron el cerebro? ¿Lo convirtieron en el juguete sexual unos marcianos? ¿Le hicieron una lobotomía y quedó más estúpido, Gómez?

— No, señor. Yo en realidad soy el hermano de Gómez. O sea, yo también soy Gómez, pero no soy el Gómez que usted cree, si no, su hermano. O sea, otro Gómez.

— ¿Ah sí?

— Si, si.

— ¿Y dónde se supone que está su supuesto hermano?

— Lo tuvieron que internar y lo operaron de urgencia ayer.

— Ah bueno, esa es una nueva. ¿Y de qué lo operaron?

— Preferiría no decirle señor, es una cuestión delicada.

— Qué conveniente. ¿Y usted qué vino a hacer?

— Vine a comunicarle el problema de él. Sé que ha tenido algunas situaciones complicadas las semanas anteriores y no quería que pensara que no quería venir a trabajar.

— Me parece bien. Pero dígame, Gómez, cómo puede ser que sea tan parecido a su hermano.

— Somos gemelos.

— ¿Gemelos? Que raro, Gómez no nos dijo nunca que tenía un hermano. De hecho, en las declaraciones que hizo al entrar a la empresa no figura ninguno.

— Se habrá olvidado de decirlo, es tan distraído mi hermano.

— Gómez, sabe que dar un dato falso como ese, es un causal de despido.

— Eh, pero jefe, o sea jefe de mi hermano –se corrigió en seguida el hombre, poniendo cara de perro mojado—, no es para tanto. Seguro que se olvidó. Es muy distraído él. Usted vio como es.

— Si, lamentablemente lo vi. Me parece que ya lo vi demasiado. Mejor dígame de qué lo operaron y trate de que sea creíble lo que le pasó, porque no creo ni que usted no es usted –sentenció el jefe, que entrecruzó los dedos de sus manos y se recostó sobre el alto respaldar de su asiento.

— Está bien, le voy a contar. Antes que nada, ¿esta oficina es segura? –preguntó Gómez, el hermano de Gómez, mientras miraba en todas direcciones y palpaba algunos muebles.

— ¿A qué se refiere con segura? –interrogó el jefe, transformando su frente en cumulo de arrugas y entrecerrando los ojos, como diciendo “¿de qué carajo me habla?”—. Nunca hubo un robo acá.

— No, no. Me refiero a si no hay posibilidades de que nos espíen, de que haya micrófonos y ese tipo de cosas.

— Creería que sí, Gómez. Es segura la oficina.

— ¿Estás seguro? ¿Y el teléfono? ¿No está intervenido?

— Creería que no, Gómez.

— ¿Cree o está seguro?

— Mire Gómez, a seguro lo metieron en cana hace mucho tiempo. Hable de una vez.

— Bueno. Pero mire que si alguien nos escucha, corremos grandes riesgos.

— Me abstengo a las consecuencias. Hable, Gómez.

— Está bien. Ayer mi hermano empezó con fuertes dolores de pecho y en un momento no aguantó más y tuvieron que llevarlo al hospital. Al llegar, lo revisaron, lo palparon, lo auscultaron, le hicieron tacto rectal, le tomaron la tensión y la temperatura…y nada. Todo normal.

— ¿Y?

— Entonces le hicieron estudios más profundos. En una radiografía se encontró la causa del problema. Era…—miró una vez más para todos lados y levantó el auricular del teléfono esperando escuchar algún clanc, luego lo volvió a colgar y retomó la charla pero siguió hablando en un tono casi inaudible, en un susurro parecido al que se usa al entrar a una sala de cine—…era una microchip con una pequeña antena.

— ¿Qué?

— Sí, así como lo escucha. El tamaño del chip era la mitad de esta uña –dijo el hombre señalando su dedo meñique de la mano derecha con el índice de la restante— y la antena era de unos dos centímetros. Ese era el problema.

— ¿Cuál?

— ¿Cómo cuál? El tamaño de la antena Aparentemente se lo habían soldado todo a la pared abdominal, pero el tamaño de la antena hizo que el sistema rozara el estómago el domingo, después que mi hermano comiera sandía con vino tinto, caliente.

— Gómez, lo que está diciendo es médicamente un disparate.

— Se lo juro por el amor que le tengo a la madre de mi mujer.

— Me imagino. ¿Y qué hacía ese chip en el cuerpo de su hermano?

— Están  estudiándolo  entre  médicos,  ingenieros,  científicos,  electricistas  y  personal  de inteligencia. Buscan el origen y el propósito. No saben si es de los árabes, de la CIA o si es de los marcianos.

— Vamos, Gómez. Es un mamarracho lo que dice. Y viniendo de usted, o de su hermano o de quien sea, le diría que es increíble.

— Ya lo sé jefe, pero es lo que pasó.

— Hagamos de cuenta que le creo…

— ¿Y cómo no iba a hacerlo, si es verdad?

— Si, si. Le decía, hagamos de cuenta que le creo. Ahora  vaya a trabajar Gómez, por favor. Trabaje aunque sea un rato.

— Pero señor, yo soy el hermano, no sé que tareas hace el otro Gómez.

— No se preocupe, el otro Gómez tampoco sabe cuales son sus tareas.

— Pero voy a hacer un desastre.

— Cada vez estoy más convencido de que es el mismísimo Gómez. Siempre fue un desastre. Si, es el mismísimo.

— Jefe, yo tengo otro trabajo donde tengo que cumplir, no me puedo quedar.

— Cumpla con al menos uno, Gómez.

— Si quiere para cubrirlo a mi hermano, trabajo unas horitas y después me voy a mi otro trabajo.

— Si quiere salir temprano Gómez, si todo este circo era por eso nomás, me lo hubiera dicho Gómez. Otra cosa Gómez, dígame algo, ¿usted leyó el cuento del lobo y el pastorcito?

— No, señor.

— Hágame el favor, vaya y léalo.

— ¿Está bueno?

— Sí, Gómez. Lea el cuento y esta es la última que le perdono. Vaya Gómez, vaya.

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1 N. del E.: el autor se disculpa por no conocer los números romanos superiores al 3 y asegura que eso que hizo es  una suma de I más III.
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3 comentarios en “Increíble (IIII)

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