Dos cuentos de la cubana Mercedes Melo

El niño

Me imagino una casa más bien antigua, sobre todo anticuada, deslucida, con iluminación artificial, escasa. Los muebles, pocos, viejos y desgastados, pero que alguna vez fueron de calidad, tal vez los restos de un juego de sala o de comedor renacimiento español. Ambiente general no muy aseado. Se mezclan algún adorno (jarrón, portarretratos) de cierto valor estético (¿antiguos?), con piezas de yeso, excesivamente coloridas y ridículas. Si alguna vez se pone la mesa es preciso mostrar un cuidado excepcional para montar un mantel desgastado, con manchas viejas y una vajilla mezclada, pero puesta como si se tratara de una mesa de lujo.

Intemporal: puede darse la impresión de una casa habanera, pero de un barrio periférico; no insistir en los tópicos manidos de la arquitectura colonial, medios puntos, vitrales, rejas.

Los personajes son mujeres, al menos tres, acaso cuatro, de diferentes generaciones pero seguramente por encima de 30 años la más joven. Yo preferiría que no quedaran claros los vínculos de parentesco. Hay familiaridad y tensiones, seguramente por asuntos del pasado que ni siquiera están claros para la más joven: una mujer que pudiera no tener más de 26 o 27 años, pero maltrecha, el pelo largo por debajo de los hombros, lacio pero escaso y mal peinado. Debería haber una mujer de unos 40 años, dominante pero temerosa de algo, con bruscas alternativas de solicitud y tiranía hacia la joven, una vieja de unos cincuenta y tantos o 60, más bien huraña, fosca, desconfiada, como si disimulara algo y a la vez temiera estarse perdiendo lo más importante, luego una octogenaria o nonagenaria, un poco ida, que se muestra vagamente cariñosa con todas, especialmente con la más joven, pero como si se moviera en otra realidad. Se la pasa haciendo alusiones que son incomprensibles para la joven, ponen nerviosa a la tirana, mientras la huraña se queda farfullando o ríe entre dientes, como satisfecha de algo que ella se sabe.

Una sola cosa las asemeja: todas se refieren al “niño” que jamás aparece en escena, ni como voz en off, ni de ningún modo que no sea el de personaje referido. Puede aparecer una pieza de ropa de él, o su puesto en la mesa con alguna excusa de por qué no baja a comer. Alguien le puede pedir a la joven que le suba la comida, o ella brindarse. Se puede hablar del médico para el niño o de alguien que se interesó por su salud. Cualquiera puede preguntarle a la joven si ya el niño se bañó o algo así. Sería deseable que el espectador no pueda estar nunca seguro de la existencia del niño, pero tampoco de su inexistencia. En la misma incertidumbre deberían sumirse su edad, su estado real de salud, y otros particulares, lo seguro es el sexo: es el único varón de la casa.

Poco a poco se incrementan las tensiones: el primer punto de giro tiene que ser la primera referencia al niño (máximo a 3 o 5 minutos del comienzo). Debe terminarse con una referencia al niño característicamente cotidiana, después de un clímax muy tenso, al bajar la tensión al final, alguien preguntará: “¿Y el niño, ahora?” El ahora debe referirse a una desgracia recién ocurrida que evidentemente trastorna definitivamente el orden familiar. La respuesta: “Está dormidito” debería darla la joven, si no es ella la muerta, porque yo supongo que una o dos de la viejas deberían morir o al menos desaparecer de una manera que no sea muy explícita pero que dé claramente la impresión de tragedia, suicidio u homicidio. Yo dejaría vivas a la nonagenaria que siempre está en las nubes y a la joven que parecía un poco tonta o temerosa y avergonzada de algo que ni ella misma sabría bien qué era. Como las que habían mantenido el tema del niño era las otras dos, sobre todo la tirana, y la nonagenaria pasaba el asunto por alto, no se daba por enterada, mientras que la joven siempre se limitaba a obedecer o seguirle la corriente a quienes la mandaban, parecería que, muertas o ausentes las otras dos, quedarán la más vieja y la más joven libres de la obligación de vivir en torno del niño ahora ya a todas luces imaginario.

Es entonces cuando debe llegar ese parlamento final que entra más o menos así:

La nonagenaria está sentada en el sillón de siempre, canturrea algo, sonríe. La joven, en un banquito, recostada en la pared, descansada, tranquila, las manos sobre el regazo

Joven: ¿Y el niño, ahora?

Vieja: Deberías ir a ver

Joven: Estará dormidito

Vieja: Es verdad

O bien:

Joven: ¿Y el niño, ahora?

Vieja: Deberías ir a ver

Joven: Estará dormidito

Vieja: De todos modos deberías ir a ver

Joven: Es verdad

Se levanta lentamente, camina despacio hacia la escalera, como si de pronto estuviera muy cansada, con los brazos descolgados a los lados del cuerpo. La luz desciende de manera que cuando comienza a subir la escalera, la oscuridad es casi total. Entonces, el niño llora.

–La segunda versión de final es más efectista, más dramática, un poco como homenaje a “La puerta condenada”, la primera es más ambigua, deja más la incertidumbre sobre la existencia real del niño pero se inclina hacia la inexistencia. Yo prefiero la segunda.

–A ver cómo organizas el conflicto en el medio hasta la muerte de las dos viejas– dice el hombre que escuchaba en silencio. –Creo que es lo más importante.

–No. Lo importante es la decisión entre la ambigüedad final o el efectismo. No sé que les gustará más a ellos.

– ¿Qué te gusta más a ti?

–Ni sé.

Se quedan un rato callados. Ella mira su propia sombra proyectada en la pared como un animal fantástico. Él hace un gesto como si dudara. Al fin, como disculpándose:

–Sentí lo de tu hermana.

Ella permanece concentrada en la pared, como si no lo hubiera escuchado, pero él sabe que sí. Por eso se anima a preguntar:

–¿Y el niño, ahora?

–Estará dormidito.

–De todos modos deberías ir a ver.

–Es verdad.

Se levanta lentamente, camina despacio hacia la escalera, como si de pronto estuviera muy cansada, con los brazos descolgados a los lados del cuerpo. La luz desciende de manera que cuando comienza a subir la escalera, la oscuridad es casi total. Mira hacia arriba, a la franja de luz que asoma por debajo de la puerta de la habitación. Levanta un poco más los ojos y me ve, inclinada sobre el teclado. Una tabla cruje bajo su zapato. El ruido, en medio de la noche, nos sobresalta. Entonces, el niño llora.

 

Borametz

Quién sueña un corto animado donde un hombre u otra criatura más o menos humana atraviesa el desierto, solo y hambriento, cree ver un cordero dorado, se acerca sigiloso, pero el cordero no se mueve, el peregrino lo toca (a esta hora ya el peregrino tiene la imagen del arcano 22 del Tarot de Marsella, pero con tu rostro, por eso ve el cordero, que no estaba en su camino, sino a un lado), mueve con su mano la pelusa dorada y constata, un poco decepcionado, que se trata de un arbusto y no de un animal, a pesar de eso, saca un cuchillo y corta un trozo, por debajo, donde estaría el vientre de la bestia, el arbusto sangra por la herida, de entre la pelusa dorada surge una cabeza de mujer que grita de dolor, unos ojos de mujer lo miran, la boca vuelve a gritar, al grito acuden lobos, criaturas rojizas, con uñas y dientes azules, que babean una saliva morada, con vetas amarillentas, el hombre lucha con los lobos, los lobos lo evaden para devorar al borametz, que los muerde, fijo en su sitio, con sus dientes afilados como uñas de mujer, el hombre hiere o mata o ahuyenta a los lobos, uno ha caído junto al arbusto, cerca de la boca de la mujer que comienza a devorarlo despacio, ya más tranquila. El peregrino termina de comer su tajada de borametz, mira al arbusto que ya se ha terminado al lobo, la arena absorbe la sangre de las bestias, el peregrino guarda su cuchillo, camina hasta el borametz, hunde sus dedos en la pelusa dorada, el arbusto se estremece, el peregrino sigue su camino. A lo lejos, se escucha el aullido de los lobos mientras un sol verdoso desciende en un horizonte esmeralda que divide el cielo casi blanco de la arena color amarillo bertolucci del desierto sin fin.

El borametz queda solo en medio del anochecer. Una bandada de pájaros surge del horizonte, donde se ha perdido el peregrino. Los pájaros de plumaje rosa surcan el cielo todavía lechoso hasta que descienden sobre el borametz. Cubierto de pájaros, el borametz toma ahora el color de los flamencos que se quedan dormidos con el pico bajo el ala. El sol, antes de tocar el horizonte se enciende con el color esmeralda brillante de su corona naranja, rosa, roja, violeta, índigo, azul, cian y de nuevo verde esmeralda sobre el borametz dormido bajo los pájaros. A lo lejos, se escucha el aullido de los lobos, un momento después un graznido y una algarabía de pájaros que sangran y tiñen de rojo oscuro la arena bajo el borametz mientras el sol se hunde detrás de un horizonte verde hoja.

Amanece, del otro lado del cielo se asoma un sol verde claro, pálido sobre la arena amarillenta. Mientras el sol se levanta, el borametz se estremece bajo sus plumas. Entre el plumaje rosa brilla un vestigio de la antigua pelusa dorada. El peregrino regresa, su figura es todavía diminuta, acercándose desde el horizonte aún en sombras. Llega junto al borametz, hunde sus dedos en el plumaje rosa, se aleja unos pasos y se sienta sobre la arena todavía casi fresca. Del atado que cuelga de su vara el peregrino saca una botella, un trozo de pan, algo de queso; come y bebe; se levanta, vierte las últimas gotas de agua junto a las raíces del arbusto, mira al cielo, ve el sol ya alto, echa su atado junto a las raíces y se tiende a la sombra dorada del borametz. Una cabeza de mujer asoma entre las plumas de flamenco, sus ojos verdes miran al hombre que duerme su siesta a deshora, el hocico hurga entre el cabello sucio y la camisa raída y hunde sus dientes afilados como uñas de mujer en el cuello del peregrino que murmura algo y apenas se estremece como si soñara con pájaros de plumaje rosa o como si escuchara un aullido de lobos mientras un sol de esmeralda ocupa el cenit de un cielo casi blanco sobre la arena color amarillo bertolucci de un desierto sin fin.

Fuente y análisis de los cuentos: http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=18580&idseccion=72
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