Increíble (II)

— Venga Gómez, venga —llamó el jefe con tono cansado, casi resignado.

— Si, jefe, ¿qué necesita?

— A ver Gómez, explíqueme cómo puede ser que otro lunes llegue tarde.

—Yo sé que es difícil de creer, usted dirá que a mí me pasan todas, pero es verdad lo que le cuento.

—  A ver, la semana pasada fueron los accidentes contra los canteros y el secuestro de los ovnis, ¿esta vez que le pasó?

—  Bueno, le cuento. ¿Vio que el viernes nos quedamos hasta tarde acá? Bueno, salí y cuando llegué a mi casa ya estaba oscuro. Me bajé del auto…

—  Ah, ¿ya se lo arreglaron?

—  Sí, sí.

—  Siga Gómez.

—  Bueno, me bajé del auto y cuando estaba abriendo el portón de mi casa, salieron de los arbustos tres tipos encapuchados, me tiraron al piso, me taparon la cabeza –contaba Gómez, gesticulando exageradamente. Como mostrando todo lo que le hicieron—, y me metieron en una camioneta que no sé en que momento apareció.

—  Ajá.

—  De alguna forma me durmieron, porque no me acuerdo nada del viaje. Cuando me desperté estaba en una pieza de tres por tres, tirado en una cama y se ve que me tenían vigilado, porque apenas me levanté entró a la pieza un tipo con un turbante de esos que se ponen en la cabeza, ¿vio?

—  Ajá.

—  Bueno, el tipo este me saluda, me dice que me quede tranquilo que no me va a pasar nada. Pero yo estaba bastante cagado, el tipo era igual…—Gómez miró para todos lados, se acercó a la puerta de la oficina para ver si alguien los oía y luego bajando el tono terminó la frase—, era igual a Osama.

—  ¿A quién?

—  A Bin Laden.

—  ¡¿A Bin Laden?!

—  Si, yo sé que cuesta creer, para mí sería más fácil y más lindo decirle que se murió mi suegra, pero no le quiero mentir.

—  Seguro Gómez. Siga su historia –pidió el jefe con una mezcla de aburrimiento e interesado en la capacidad de creación de su empleado.

— El tipo era igual igual, se ve que todo el mundo le pregunta si es Osama, porque lo primero que me dice es que no es, pero que trabaja para él. Además era obvio que no era, porque hablaba en cordobés el vago, y era un cordobés bastante básico, le voy a decir. Es más, me parece que era de Villa Dolores por la tonada.

— Ajá.

— Y me contó que Osama tiene dobles en todo el mundo y que en su red están todos obligados a usar la misma ropa y la barba para confundir a la CIA y que no sepan a quien hacerle los atentados.

— Ajá, claro. ¿Y a usted para qué lo querían?

— El barba ést,e empezó a decirme que me habían estado siguiendo, que sabían que los ovnis me habían secuestrado la semana pasada y que querían saber para qué me habían llevado.

— ¿Y cómo sabían eso?

— También le pregunté eso, pero no quisieron revelar sus fuentes.

— Ajá, claro, es obvio.

— Le conté todo, pero empezó con que eso era sólo una pantalla. Que los extraterrestres esos eran aliados del imperio yanqui y que seguro me habían secuestrado para lavarme la cabeza.

— Gómez, ¿usted se da cuenta que lo que dice cada vez tiene menos sentido, no?

— Si jefe, pero es así.

— OK, termine la historia, por favor.

— Bueno el tipo empezó a decir que este país es aliado del imperio y que la Argentina es una aldea yanqui.

— ¿Nosotros?

— Eso le pregunté yo. Entonces ahí entró otro barbudo que parecía ser un superior, porque era  extranjero.  Este  hablaba  español, pero  medio  atravesado.  Tenía  algún problema con las erres y pronunciaba muy fuerte las jotas. El tipo entró a los gritos: “Si señorr, todos los jjombrrres de esta patrrria son unos merrrcenarrrios, jjjuegan a serrr de ijquierrrda pero viven como jjombres de derrrecha. Ustedes son una maldita colonia impejrrrialista”. Yo me asusté un poco y quise decir que no, que no era así, pero se calentó peor, y siguió a los gritos: “Cállese imbécil, no me intejrrrrumpa. Ustedes son pajrrrte del impejrrrio occidental, son sejjidorrres de los yanquis. Por ejjjemplo: ustedes ya no tienen almacenes, ajjjora tienen drrrujjjstores y fíjjjese cómo se llaman sus clubes favoritos: Boca JJJuniors, JJRrriverrr Plate, Rrracinjjj…”, y yo le quise decir que soy hincha de Belgrano, pero no me dejaba hablar. “Le dijjje que no me intejrrrrumpa. También fíjjjese a uno de los próceres le dicen Mister Bartolomé…” Es Bartolomé Mitre le dije y ahí se calentó mal el guaso y me metió un guascaso de derecha que me dio vuelta la jeta y me gritó: “Ujsted es un idiota, no sabe sejjjir órrrdenes”. Agarró y se fue de la pieza.

— ¿Y  usted  qué  hizo?  —preguntó  el  jefe,  secándose  la  cara  que  le  había  quedado empapada después del monólogo de Gómez.

— ¿Cómo que hice? Me agarré la cara porque me había dolido el cachetadón que me pegó el tipo.

— ¿Y después?

— Después estaba re asustado, no podía ni hablar. Encima me dolía la mandíbula.

— No Gómez, le pregunto qué pasó después.

— Ah. El cordobés con el que había hablado de entrada, me dijo que no saber seguir órdenes me restaba condiciones para el puesto.

— ¿Qué puesto?

— Eso le pregunté y el vago me dijo que estaban reclutando gente para trabajar en el escuadrón de soldados suicidas. Yo me reí, pero me metió una cachetada peor que el otro y me dijo que esto era serio. Me explicó los pasos del proceso de selección, eran como cinco entrevistas, y como yo me seguía riendo, el tipo me preguntó de que me reía.

— ¿Y de qué se reía tanto Gómez?

— Le pregunté si antes de inmolarme podía practicar un poco, como para asegurarme que saliera bien. Y también le dije que me había tirado una noticia bomba.

— Muy bueno su humor, Gómez —dijo el jefe, con una mueca que simulaba ser una sonrisa.

— Gracias.

— Siga, por favor.

— Al tipo no le gustó tanto mi sentido del humor como a usted. Me pegó un trompadón y me dejó solo en la pieza. Anoche entró y me dijo: “Lo vamos a llevar a su casa. Usted es un inútil, no sirve para esto”. De fondo alcancé a escuchar: “Rrrájjjenlo al carajjjo al jran estúpido ejse”. Luego, me encapucharon de nuevo y me llevaron hasta casa y ahí me tiraron en el jardín.

— Ajá, ahora yo me pregunto, Gómez, si anoche ya estaba en su casa, ¿por qué hoy llegó dos horas tarde?

— Pasa que con tantos trompadones se me aflojaron los dientes y acabo de volver del dentista. Por eso jefe.

— Gómez, la próxima cuénteme una de cowboys mejor. Ahora vaya y termine los papeles que me tiene que entregar hoy. Vaya Gómez, vaya por favor.

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3 comentarios en “Increíble (II)

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