La voz del estadio

Artemio Roldán tenía tantos trabajos que merecía ser rico pero era tan pobre como todos los que colaboraban con el club. Vivía de lo que dejará su ferretería, además trabajaba de canchero en el club, era la voz del estadio y ocupaba el cargo de presidente, investidura que alternaba invariablemente cada dos años con José Luis Quijano. También era bombero voluntario (uno de los cuatro del pueblo).Si alguna vez hubiese tenido la posibilidad de viajar, en los formularios de migraciones, en el espacio para profesión hubiera completado “Voz del estadio”. A eso le hubiera gustado dedicarse. Algunas veces soñaba que lo convocaban para hacer la voz del Monumental y practicaba. Se acordaba de memoria formaciones enteras de River. Podría haber anunciado con los ojos cerrados el River del 76 y el del 86.También le había sucedido en ocasiones que por error encendía los altos parlantes y sus prácticas se hacían públicas.—   Gol del número 9, Enzo “El Príncipe” Fran ces co liii —se escuchaba en todo el estadio y en las cuadras que lo rodeaban.

— Ahí está de nuevo el gangoso —bromeaba alguno de los muchachos que estaba entrenando.

— No te rías del viejo choto —respondía algún otro, mientras se recuperaba de un pique.

Claro que Artemio no era gangoso, pero la fritura de los viejos altoparlantes, más la dispersión del audio en el viento, hacía que muchas veces no se entendiera con claridad su mensaje. La mayoría de las veces eso no importaba, pero sí era un problema cuando anunciaba la patente de algún auto mal estacionado. Artemio odiaba a algunos jugadores, no por poca habilidad o por problemas personales si no por tener apellidos complicados para pronunciar, que casi no se entendían por los altos parlantes. El ranking lo encabezaban los mellizos Krljicovich y el colorado  Schweinsteiger. Él prefería los apellidos españoles. Por suerte ninguno de los tres era goleador y al colorado sólo lo debía nombrar cuando lo expulsaban, así que en esos momentos lo odiaba el doble. Alguna vez olvido apagar el micrófono luego de informar la expulsión y la puteada contra el muchacho y su madre se escucharon en dos cuadras a la redonda del estadio.

Artemio era un personaje muy querido por todos en el pueblo por su voluntad y tenacidad para mantener el club en pie, pero siempre fue un personaje secundario, no tenía mucho dinero, no se metió en política ni se le conocían escándalos que lo pusieron en boca de sus vecinos. Pero el día de la historia Artemio fue el protagonista.A las cuatro y media de la tarde el cielo comenzó a transformarse en una cortina gris con tonalidades negras. Él estaba en la torre de transmisión acomodando algunos cables. En realidad era la torre donde estaba el tanque de agua del barrio que estaba en una de las esquinas del estadio y habían aprovechado la altura para construir una pequeña salita vidriada desde donde Artemio veía los partidos y anunciaba las formaciones, los cambios, los expulsados y los goles.

Ese día estaba contento, estaba acomodando el desorden que había quedado después de cambiar los altoparlantes. En la salita tenía el equipo viejo y un montón de cables que tenía que tirar. Disfrutaba estar ahí, la torre tenía poco menos de 15 metros y desde allí se podía ver casi todo el pueblo. Lo único casi tan alto era el campanario de la iglesia.

—Tenemos tanta mala suerte que seguro la tormenta pasa de largo y nosotros seguimos enterrados en esta sequía —dijo Artemio, pensando en la calles de tierra que tenía que recorrer hasta su casa en su Zanellita 50.

5 y 10 cayeron las primeras gotas contra los vidrios.

— Por fin —festejó Artemio interrumpiendo su trabajo.Se puso a mirar la lluvia, siempre le había gustado hacer eso, le hacía sentir que estaba en otro lugar. La lluvia parecía no rimar con su pueblo. Como a las 5 y 30 pensó que su mujer lo iba a retar por no ir a ayudarla en la ferretería, pero estaba lloviendo fuerte y no parecía conveniente salir ahora. Esperamos un rato y después vamos. La bruja va a entender, se dijo para darse ánimo. Incluso desde la torre era difícil ver el resto del pueblo. Había pasado una hora de lluvia y el cielo estaba totalmente negro. Las luces de la calle habían comenzado a encenderse debido a la oscuridad y el agua cubría las calles de vereda a vereda.

— Acá cuando llueve, llueve —filósofo Artemio. 18 y 20 cayó el primer trueno y 18 y 23 el segundo. El estruendo del rayo sobresaltó a Artemio e hizo estallar las alarmas de algunos autos.

Las gotas eran gruesas y, paradójicamente, hacían un ruido seco al golpear el vidrio. El viento hacía que ráfagas de agua golpearan los vidrios de la torre de transmisión de forma regular. Era un ritmo frenético que estaba enloqueciendo a Artemio. Un relámpago trajo recuerdos del día, y antes que llegara el rayo se cortó la luz. El presidente del club, aislado en su torre se hacía visera con la mano intentando ver algo, pero la ciudad entera acababa de ser devorada por la oscuridad. Sólo brillaban de forma intermitente las luces de las pocas antenas que había en el pueblo.

Puso la única silla frente a la puerta de la cabina y se sentó a mirar la tormenta. De a poco fue viendo cómo algunas ventanas se iban iluminando con el brillo irregular de las velas. En otras casas las linternas se movían nerviosas.

La posición en la que estaba, la quietud del pueblo y el ruido de la lluvia comenzaron a adormecerlo. Primero se resistió, haciendo fuerza para mantener los ojos abiertos, pero finalmente se resignó y se dejó ganar por el cansancio.

Cuando despertó sintió un fuerte temor. La imagen que recibió fue dantesca. Ahí comprendió que había vuelto la luz. Todavía había barrios dominados por la oscuridad pero donde él estaba la energía había sido restablecida en varias cuadras a la redonda. El agua había superado los niveles de las veredas y comenzaba a traspasar las puertas de las casas. El viento azotaba cada vez más fuerte y los árboles se bamboleaban como epilépticos. Luego de ver todo eso, Artemio vio lo que más lo asustó: las ráfagas de viento habían cortado cables a solo 2 cuadras del estadio. Había chispas saltando por el aire. A tan solo 30 metros de donde estaba él, un gran sauce se movía en dos direcciones, si caía hacia el sur caería sobre la casa de los Morales y si lo hacía hacia el lado de la calle cortaría más cables eléctricos que aterrizarían en el agua.

De repente vio un bulto que se movía en el techo de los Simón, tardó en reconocerlo y después de unos segundos lo hizo.

— Cómo lo voy a reconocer, si tiene 15 kilos más y está canoso el hijo de puta? — Dijo Artemio.

Chifló varias veces, pero el otro no lo escuchó, entonces se le ocurrió una idea. Lamentó que ese fuera el estreno de sus nuevos altoparlantes, pero la ocasión exigía medidas extremas. Levantó la perilla y escuchó un clic mecánico. Funcionan, pensó. Entonces se acercó al micrófono.

— Hola, hola. Sí, sí. 1, 2, 3. Probando, probando— dijo tímido y luego gritó. — ¡Cholo, Cholo!
El hombre que estaba sobre el techo de los Simón se dio vuelta y observó el estadio.

— Soy yo, Artemio. Estoy acá, en la torre.

El Cholo levantó los brazos saludando, en una mano tenía un lampazo. Artemio supuso que era para sacar el agua y que no se acumulara en el techo. Pero con lo gordo que está el cholo es más probable que se hunda el techo si él se mueve ahí arriba, pensó Artemio.
— Cholo hay muchos cables sueltos —gritó de nuevo Artemio y escuchó el eco de los altoparlantes. Pensó que andaban muy bien, no tenían la fritura de los otros, ahora sí lo iban a entender.

El Cholo levantó los hombros en señal de “¿Qué querés que haga?”

— Llamá al intendente, decile que corten la luz, si no nos morimos todos.

El Cholo le levantó los pulgares.

— Ah, decile que corte toda la ciudad, pero que deje la del estadio, así desde acá arriba puedo ayudar con los altoparlantes. Él ya sabe cómo hacerlo.

Otra vez recibió respuesta aprobatoria y luego el Cholo desapareció. Artemio esperaba que hubiese bajado por la escalera y que no se hubiese caído del techo.

Una vez más estaba solo, se sentía melancólico pensando en su esposa y en su hogar. Sin darse cuenta comenzó a cantar.

Hoy corté una flor,
(Y llovía y llovía)
Esperando a mi amor
(Y llovía y llovía)
Presurosa la gente pasaba corría
y desierta quedó la ciudad pues llovía
yo me puse a pensar tantas cosas bonita
como el día en la playa cuando te conocía
cómo jugaba el viento con tu pelo de niña
ay qué suerte qué suerte, tu mirada, y la mía
Cuando llegues mi amor te diré tantas cosas
o quizá simplemente te regale una rosa
Porque yo corté una flor
(Y llovía y llovía)
Esperando a mi amor
(Y llovía y llovía)

Artemio se detuvo, avergonzado se percató que no había apagado los altoparlantes. Había comenzado a cantar ensimismado con los ojos cerrados y en el fervor del canto había puesto el micrófono cerca de su boca imitando los movimientos ampulosos de Leonardo Fabio.

Luego de la vergüenza, pensó que no lo había hecho tan mal. Recordó las últimas navidades. Su familia siempre le pedía que cantara. Cuando la fiesta empieza a decaer un poco abren un par de sidras y él empieza a cantar. Tiene un repertorio preparado con temas de los años setenta, cuando él era un adolescente.

— ¿Si anima a toda mi familia, por qué no a todo el pueblo? —se preguntó Artemio.

Entonces arrancó con el segundo tema de su repertorio.

Sin tu fuego se apagó mi vida
desde que tu amor no está.
Soy madera que ya no se enciende,
si me falta tu mirar…

Soy ceniza que nadie recoge,
soy un llanto más…
Y en la noche larga
mi grito de ayuda quizá escucharás…

Dame el fuego, ¡dame dame el fuego!
Dame el fuego, ¡dame dame el fuego!
¡Dame el fuego de tu amor!

Soy un viento que no tiene rumbo…

Artemio se interrumpió al finalizar el estribillo cuando en el techo de los Suarez el Gordo le hizo la seña del montoncito con las dos manos y los dedos hacia arriba.

Tiene razón, pensó la voz del estadio. Lo único que falta es que se incendie algo. Entonces decidió adelantar al siguiente tema y como si apretara fast forward en el discman, arrancó a cantar una de Nino Bravo.

Emocionado por el tema, Artemio cantaba con los ojos cerrados y al levantar los párpados y abrir la boca, en búsqueda de aire se asustó. No vio nada, luego de un par de segundos hizo foco y entendió, el intendente Gorostiaga (que también es el presidente de la cooperativa de luz y agua) había cortado la electricidad.

— Por fin —dijo Artemio.

Eran pasadas las ocho y media, Artemio  se dio cuenta que el foquito que brillaba en la sala de transmisión era la única luz eléctrica del pueblo. Tenía que informar a la gente lo que estaba pasando. Si fuera un canal de televisión estaría cambiando un programa de entretenimiento musical por el noticiero.

— Buenas noches estimados vecinos— gritó Artemio y los parlantes acoplaron un poco, entonces alejó el micrófono de su boca—. Soy Artemio, desde la torre puedo ver lo que sucede en la ciudad y puedo mantenerlos al tanto para que entre todos nos podamos ayudar.

La lluvia había disminuido, era sólo una llovizna intensa. Artemio carraspeó, aclaró la voz y se preparó para hablar de nuevo:

— Le pedí al intendente que corte la luz porque hay muchos cables cortados. Por favor, por el momento no salgan de sus casas. Debemos esperar que la gente de la cooperativa arregle este tema así no se electrocuta nadie.

Por favor, quienes estén en una situación crítica y necesiten ser evacuados avísenme desde los techos o háganme señas de luces con las linternas.

En silencio Artemio pensaba qué podía hacer para ayudar un poco más.
En pocos minutos recibió señales de seis casas diferentes, las fue registrando mentalmente. Sabía exactamente dónde estaba cada casa y quiénes eran los dueños.

— Riiin…riiiin —Artemio intentaba imitar la alarma para llamar a los bomberos voluntarios pero se dio cuenta que era mejor imitador de Leonardo Fabio que de sonidos—. Por favor, compañeros bomberos, intenten llegar a la estación. Tenemos vecinos que necesitan ser rescatados. Al llegar a la estación prendan la sirena en señal de aviso y les informaré las coordenadas.

En los siguientes cinco minutos detectó 18 nuevos pedidos de rescate.

— Por favor vecinos, no abusemos de los amigos bomberos.

Pero los pedidos seguían sumándose. La voz del estadio tuvo que sacar la libreta de fiados que usaba en la ferretería para anotar las direcciones sin olvidarse.

— Los Ruiz en las seis y 23…Reyes en 21 entre 4 y 6…Jonás al lado de Reyes. Murmuraba a medida que anotaba y de golpe: Uhhh…Uhhh… La sirena estalló en el cielo lluvioso.

— Gracias por acudir tan rápido muchachos —los compañeros de Artemio en la tarea de bomberos vivían a menos de dos cuadras de la estación, pero seguramente no había sido fácil llegar con la altura del agua sobre las calles—. Esperen unos minutos y les voy a ir diciendo a donde ir.

Seguía viendo las linternas titilar.

— Morales ya están anotados. Ya que estamos, cuando pueda pase por la ferretería así vemos el saldito de la carretilla. Familia Romano también ya los anoté. ¿Cómo le quedó la hamaca paraguaya? Don López ya puede apagar la linterna. Si se queda sin pilas dese una vueltita por la ferretería que le vendo las mejores.

Así fue avisando a todos que ya los tenía registrado y que pronto irían por ellos. Finalmente eran cuarenta y un familias las que habían pedido auxilio. Seguramente que en los barrios alejados había más gente, pero tanto no podía hacer.

Revisó la lista, ancianos y niños primero, pensó. Luego puso un número de prioridad a las familias con gente vieja o con muchos niños.

— ¿Muchachos me escuchan? — obtuvo un golpe de sirena como respuesta—. Bien, les canto las primeras familias. Enganchen el acopladito y pónganle unas lonas.

Otro sirenazo le dio a entender que estaban de acuerdo.

— Primero vayan a lo de los Echeverría en la 8 y 17. Pongan a los dos viejos en la cabina, que no tomen frío porque el viejo anduvo con pulmonía hace poco. Ahí nomás están los Colucci, tráiganlos. Después sigan por la 17 y entre las 10 y la 12 levanten a los Caprari. Métanle en contramano nomás, total no anda nadie. Con todos los changos de los Caprari ya van a tener el remolque lleno. Después les digo cómo seguimos. ¿Estamos?

— Uuuuuhhh…

— Bien, vayan nomás, y si alguien necesita avísenle que tengo impermeabilizante y pintura contra la humedad en la ferretería.

Desde la torre Artemio vio el camión con acoplado salir del galpón y siguió su lento andar, en la penumbra se distinguían fácilmente sus faros. Media hora después el camión se acercaba al club, lo precedían las olas que se levantaban en la calle. Eso va a hacer que suba al nivel del agua, pero es un mal menor, pensó Artemio.

— Che Artemio —gritó Osvaldo, que se veía orgulloso porque estaba de chofer —, ¿a dónde llevamos a la gente?

Artemio no había pensado en eso.

— ¿Señor intendente, me escucha?

Gorostiaga estoico hacía guardia desde el techo de la cooperativa y miraba su ciudad a tres cuadras del estadio. Desde allí saludó a Artemio enfundado en un pilotín amarillento.

El intendente entendió que tenía que tomar el protagonismo o Artemio se llevaría todos los laureles. Bajó del techo y se fue a su oficina de la cooperativa. Discó los cinco números y esperó que lo atendieran rápido. El teléfono repiqueteó cuatro veces, Gorostiaga sentía que le transpiraba la mano.

— Hola, ¿Quién habla? –dijo una voz cansada.

— El intendente –respondió serio Gorostiaga—, ¿Marylín es usted?

— Sí, Carlos— contestó la enfermera del dispensario.

— Marylín necesitamos evacuar gente. ¿La sala tres sigue desocupada?

— No la inauguraron todavía, así que está sin gente, pero…

— Excelente.

— Pero está llena de agua.

— Puta madre –dijo el intendente y no tuvo tiempo de arrepentirse del exabrupto—. Y los colchones, ¿se salvaron?

— Sí, no llegó tan alto el agua.

— Bien, cualquier cosa le aviso. ¿Los pacientes cómo están?

— Preocupados, pero mientras no se bajen de las camas van a seguir secos.

— Bien, chau Marylín –dijo y cortó sin esperar el saludo.

El pueblo nunca había tenido que evacuar gente. Las lluvias eran escasas y las inundaciones no eran algo conocido. ¿A dónde meter tanta gente? Él también había visto que eran muchas las familias que habían pedido auxilio.

— ¡Ya está! –gritó contento.

Su mujer era la presidenta del Club Español, seguramente entendería que usaran el salón del bingo para esta emergencia. Era grande, tenía mesas y baños. Y en el depósito estaban las colchonetas y las frazadas de los Boy Scouts del club. Era perfecto, todo el edificio estaba levantado como medio metro de la vereda y si hacía falta usaban el salón de baile también.

Si se enoja, le explico que esto nos deja bien parados, y cerquita de las próximas elecciones nos viene bárbaro, elucubraba el intendente.  Por fortuna él siempre tenía una copia de las llaves encima, así que no necesitó pedir permiso. Ya se va a enterar después, pensó Gorostiaga y levantó los hombros despectivo.

Gorostiaga volvió a subir al techo y con un movimiento de su brazo intentó decirle a Artemio que fueran para allá así él explicaba lo que debían hacer.

— Señor intendente, ¿qué le pasa? ¿Necesita ayuda? —preguntó solícito Artemio por los altoparlantes.

¿Cómo le explico? Se preguntó Gorostiaga. Como buen Boy Scout le hizo código Morse con la linterna.

— Perdone Carlos. No entiendo Morse— se disculpa Artemio, que sabía que lo que hacía el intendente era Morse pero jamás lo había aprendido.

— Eso pasa con los que no van a los Boy Scouts, no saben Morse ni aprenden a hacer nudos –renegaba solo el intendente— ¿Y ahora qué hago?

— Intendente, llame a lo del Cholo y él me pasa el mensaje —le propuso Artemio por los altoparlantes, adivinando los miedos de Gorostiaga.

Artemio vio cómo el intendente y el Cholo desaparecían de sus techos. Cuatro minutos después el Cholo reapareció. La voz del estadio lo vio hacer bocina con las manos y gritar, pero el sonido no llegaba hasta él. Los bomberos que estaban en la calle, casi equidistantes entre los dos, completaron la cadena.

— Ok muchachos, vayan y vuelvan.

El camión salió a buscar las llaves, de allí irían al club a dejar al primer grupo de rescatados. Todo el trayecto eran unas catorce cuadras.

Con el estado  de las calles van a tardar casi una hora en ir y volver calculó Artemio.

— ¡Esperen, Osvaldo!

El camión frenó de golpe y el agua a su alrededor se movió como impulsado por una onda expansiva.

— No vuelvan, es al pedo. Vayan a buscar más gente.

Artemio les dio cuatro apellidos y cuatro coordenadas.

— Después acérquense lo suficiente como para escucharme y les doy más familias para buscar.

Artemio calculó de nuevo y a ese ritmo los bomberos necesitarían toda la noche para rescatar a todos. Con hambre y sueño no van a aguantar. Entonces hizo un nuevo anuncio:

— Por favor, los que puedan llegar caminando al Club Español avísenme con señas, así los tacho de la lista y diríjanse hasta allí.

Ninguna seña llegó hasta él. Hay dos alternativas, pensó Artemio, o la gente se hace la viva o los que están cerca del club no me pueden escuchar. Revisó la lista y vio que ninguna de las familias anotadas estaba cerca del Club Español.

Igual hay que descartar gente.

— Vecinos apelo a su solidaridad. Las familias sin hijos y con menos de cuarenta años camine hasta el club, así podemos buscar a los viejos y a los niños.

Después de diez minutos, en los que repitió el mensaje un par de veces, vio que algunos se animaron, o se resignaron. Tachó ocho familias, algo es algo pensó aliviado Artemio.

Después de ver a los bomberos hacer dos viajes completos, Artemio aprovechó que andaban cerca para pedir un favor personal, por primera vez desde que había arrancado la tragedia.

— Compañeros, por favor, acérquense a casa y pídanle a mi señora que me mande algo de comer. Cualquier cosita, algo simple. Un guiso o una milanesa estaría bien.

Uuuhhh. Fue la respuesta proveniente del camión.

— Tráiganmela cuando puedan.

Una y diez llegaron los bomberos. Acercaron el camión lo más que pudieron a la torre, desplegaron una escalera de pintor que tenía menos de cuatro metros y en lo más alto se paró el Pilín con una bolsa blanca. Los demás bomberos hacían un gran esfuerzo para sostener la escalera ante el fuerte viento. La escalera tenía sus primeros peldaños ocultos en el agua. El Pilín había sido designado para la misión por ser el que chiflaba más fuerte. No había aceptado de buena gana, le tenía miedo a las alturas, pero lo hizo por el compañero que estaba encerrado en la torre ayudando a todo el pueblo. El Pilín hizo su gracia, no solo chiflaba fuerte sino que además lo hacía muy bien afinado. Artemio al escuchar el llamado característico del Pilín se asomó a la puerta de la torre y saludó a los muchachos. Al ver la bolsa en la mano de Pilín entendió a qué se debía la visita. Volvió a entrar a la cabina.

— Tirala tranquilo que yo la agarro —dijo por el altoparlante y volvió a salir.

En la escalera de la torre se frotaba las manos, como esperando un remate importante con los ojos entrecerrados por la lluvia. Pilín comenzó a hacer un molinete con el brazo derecho y después del tercer giro soltó la bolsa que empujada por el viento, voló más de lo que había calculado. Artemio tuvo que saltar para agarrarla, al caer las tablas crujieron, pero a Artemio no le importaba nada, ya podía sentir el olorcito de las milanesas salir del tupperware que venía en la bolsa.

Su mujer le puso dos milanesas, unas papitas al horno, una botella de agua y cubiertos. Artemio probó un mordiscón de carne y se quejó:

— ¿Podés creer? Otra vez me las hizo sin sal.

La bronca de Artemio fue escuchada por los altoparlantes, pero no sorprendió a los bomberos, que también aprovecharon para descansar y comer las milanesas que la mujer de Artemio les había preparado a ellos. Las suyas estaban buenísimas, pero no los sorprendió la queja del hombre de la torre porque la mujer se la había anticipado.

— Las de él las preparo aparte. Las hago con poquita sal, porque anda con problemas de tensión, y hoy peor por los nervios que debe estar pasando. Es lo que nos dijo el doctor Arnedo.

La lluvia había cesado, las nubes se movían por el viento y una luna menguante reflejaba un brillo débil sobre el agua.

Después de comer los bomberos se fueron a seguir con el operativo de rescate y la voz del estadio se acomodó en su silla y comenzó a cabecear, hasta dormirse.

Como a las 2:30 de la mañana se despertó sobresaltado por culpa de unos gritos. Se asomó a la puerta y miró hacia la calle, los ojos recién abiertos trataban de entender lo que veían, cuando lograron hacer foco se sorprendieron.

— Son dos pelotudos —sentenció Artemio y se quedó mirándolos.

No alcanzaba a distinguirlos, pero supuso que eran Alberto Paniagua y el Tuni Zárate. Dos pelotudos, como dijo Artemio, de 17 años que aprovechaban la inundación para correr picadas en piraguas y pasaban gritándose insultos, muertos de risa.

Avanzaron varios metros y todo fue silencio de nuevo. A lo lejos se veía la camioneta de los bomberos moverse a paso tranquilo y regular.

Artemio se quedó mirando la ciudad, pensando que en el medio de la tragedia algunos tienen la suerte de ser lo suficientemente pelotudos como para poder disfrutar. Miraba la quietud del agua y pensaba que si eso no fuera una tragedia, él también podría disfrutar de la belleza del agua y la paz que transmitía. Si no fuera una catástrofe, sería como vivir en Venecia, pensó antes de sonreír.

De repente vio algo que en Venecia no se debe ver seguido. De lejos, como a dos cuadras, se veía correr a un hombre. Por los movimientos de sus brazos se lo percibía desesperado. A medida que se acercaba Artemio podía percibir más detalles. El hombre vestía un traje negro bien planchado que estaba empapado, camisa blanca y una corbata a rallas que había tirado hacia atrás para poder correr sin que le molestara el constante chicotazo de la tela en la cara.

— Por la facha, debe ser el Doctor D´ Arcangelo —supuso Artemio.

Su suposición se desvaneció cuando pudo escuchar lo que gritaba el trajeado:

— Los pecados nos han condenado. Pecadores busquen el arca y recen por sus almas impías.

Era uno de los testigos de Jehová o de los mormones que solían azotar al pueblo con su prédica casa por casa y timbre por timbre. Este había olvidado la táctica, debido a las circunstancias. Artemio se dio cuenta que era la primera vez que veía a uno andar de noche y solo. Estos son como los huevos: siempre andan de a dos; filosofó Artemio, enorgulleciéndose de su ocurrencia.

Ese no fue el último acontecimiento descabellado de la noche. Vio doblar en la esquina a Daiana Mirosevich llevando al chihuahua “Tigre” adentro de una cartera con los dos brazos extendidos  y apuntando hacia arriba, para mantener al perro lo más lejos posible del agua. Unos segundos después que ella doblara, un joven usando casco dobló en una moto de agua. Venía despacio y con las luces apagadas. No eran muchos los que podían darse el lujo de tener eso en el pueblo para usarlo solo un par de fines de semana al año. Artemio sintió gran curiosidad por el comportamiento sigiloso del conductor. De repente aceleró estruendosamente y al ponerse a la par de Daiana se puso de pie  y manoteo el bolso, arrancándoselo violentamente a la mujer.

El golpe la tiró debajo del agua. Al salir, daba vueltas y miraba para todos lados intentando entender qué había pasado, se sacó el pelo de la cara y comenzó a gritar:

— Se llevan al Tigre. Me robaron el Tigre.

El motochorro ya había desaparecido, ayudado por la oscuridad que sometía al pueblo. Algunos vecinos se asomaron por las ventanas para ver qué había pasado, pero nadie quería abrir las puertas, para evitar que una correntada de agua inundara aún más las casas. Daiana, con movimientos espasmódicos como los de quien sufre ataques de hipo, se fue llorando hacia su casa.

— Qué porquería se vuelve la gente cuando las circunstancias se lo permiten –filosofó Artemio por segunda vez, y pensó que esa noche estaba inspirado con sus pensamientos mordaces.

El día despertó lluvioso. Durante la madrugada un nuevo chaparrón había castigado la ciudad y la lluvia ahora parecía bastante copiosa, pero sin viento. El suelo reseco no había dejado que el agua filtrara con suficiente rapidez. La geografía llana del pueblo y la total carencia de pendientes en las calles del mismo tampoco favorecía para que el agua corriese, ni había desagües en las calles.

Como a las 8 de la mañana, haciendo caso omiso al peligro de las calles inundadas, se reunieron en la torre de Artemio los principales referentes de Colonia Lola. El primero en llegar fue el intendente Gorostiaga, luego el Doctor Glibota (el encargado del dispensario), el tercero en subir la escalera fue el comisario Escobar. La convocatoria la había hecho el intendente por teléfono, quien por cortesía también invitó a su predecesor, el Pichi Afanasenco.

Mientras esperaban al Doctor Afanasenco llegaron los bomberos. Pilín subió la escalera con la cara demacrada. Artemio, que estaba dormitando en una silla, se sorprendió al verlo. Ya habían terminado sus tareas de rescate.

— ¿Qué hacen acá?

— Nos avisaron que se juntaban y veníamos a dar una mano.

— No muchachos, ya hicieron demasiado. Vayan a dormir. Si hace falta algo les avisamos por los altoparlantes o le grito al Cholo para que los llame a su casa.

— Sí, sí vayan —dijo el intendente con voz fuerte, como autorizando algo que nadie le había pedido.

— Bueno, ¿seguro Artemio? Mirá que no tenemos problemas de quedarnos un rato.

— No, no. Vayan nomás. ¿La gente, bien? —quiso saber el primer mandatario de la ciudad, un poco molesto al ver que el bombero le pedía autorización a Artemio e ignoraba su autoridad.

— Sí, están todos en el club. Algunos vecinos y el comedor del Ángel se ofrecieron para llevarles comida.

— Qué bueno, qué bueno. Nos vemos Pilín.

— Nos vemos —saludó el bombero mientras bajaba la escalera con la lluvia golpeando su cara.

Los hombres siguieron esperando en silencio. Cerca de las nueve menos cuarto llegó el Doctor Afanasenco, saludó a todos con la mano, incluyendo a Gorostiaga. Lo cortés no quita lo valiente, pensó el Pichi, acordándose de su padre.

— Ahora que estamos todos, podemos arrancar —introdujo el intendente—. Los convoqué porque debemos pensar un plan para hacer correr el agua y desagotar el pueblo.

Todos asintieron, pero nadie dijo nada.

— ¿A alguno se le ocurre alguna idea? –casi rogó Gorostiaga.

— En el pueblo hay muchos edificios viejos que tienen sótanos. ¿Qué tal si los inundamos para hacer bajar un poco el nivel del agua?— propuso el Pichi Afanasenco.

Carlos Gorostiaga hizo una mueca despectiva con los labios, que no alcanzó a ver Afanasenco, pero sí entendió el tono de voz en la respuesta.

— Con el agua que tenemos, hacer eso sería al vicio. Ni se notaría. Además todos los sótanos ya deben estar repletos de agua.

— ¿Y usted qué propone? —preguntó el Doctor Afanasenco, con un matiz de voz más serio del que le hubiese gustado.

— Para arrancar, propuse la reunión y fui puntual.

— Dos grandes méritos —ironizó el Pichi.

— Señores no es momento… —quiso intervenir el Doctor Glibota antes que las cosas se pusieran más ásperas.

— Yo por lo menos tengo dos méritos. Y no me quedé con la plata de la municipalidad.

— Sí, claro —desestimó la acusación el Pichi—. Sigo sin escuchar ideas. Hasta ahora sabemos que es puntual y que nos llamó para que le salvemos las papas.

Gorostiaga, que hasta el momento estaba en una esquina, avanzó un par de pasos hacia donde estaba Afanasenco, pero fue interceptado por Artemio, que lo frenó con un abrazo rodeando sus hombros.

— Por favor, Carlitos. Quedate ahí y sigamos viendo cómo salvamos al pueblo entre todos. Doctor Glibota, ¿a usted se le ocurre algo?

— Eh…, la verdad que no. Pero algo hay que hacer porque el agua por sí sola va a tardar varios días en irse y van a aparecer insectos y ratas, y con eso las epidemias correspondientes.

— Es verdad —dijo Artemio con cara de preocupado, mientras el intendente y su predecesor se miraban de reojo.

— Yo sé que existen ingenieros hídricos que tal vez podrían ayudarnos.

— Pero no hay ninguno en el pueblo —dijo Gorostiaga.

— Supongo que en la provincia deben estar al tanto y podrían mandar ayuda —cuestionó Afanasenco.

— No creo, la relación con el gobernador no es buena y somos demasiado chicos, le va a dar prioridad a ciudades más grandes que deben estar con el mismo problema —se lamentó Gorostiaga.

— No crea. Tengo un primo que tiene un campo acá nomás, a diez kilómetros, y anoche lo llamamos para ver cómo estaba y me dijo que allá no llovió casi nada. Y esta mañana decían que éramos el pueblo más afectado —comentó Glibota.

— Bueno, puede ser. Pero igual la provincia va a tardar en mandar a alguien. En un rato voy y veo si puedo comunicarme con el gobernador. ¿Pero qué hacemos mientras?

— Y… por lo menos podemos llamar al Ingeniero Cambaceres para ver si él sabe algo —dijo Glibota.

— Ahí le digo al Cholo que lo llame —dijo Artemio.

— ¿Y si no sabe el número?

— Que lo busque en la guía.

Otra vez la espera los sumió en el mutismo. Todos meditaban en silencio y rogaban que Cambaceres tuviera alguna idea salvadora.

— Está bravo, che —dijo Cambaceres a medida que cerraba el paraguas.

— ¿Qué tal Cambaceres? ¿Cómo andás Eugenio? Fueron saludando los hombres que esperaban en la torre.

— Somos seis, podríamos hacer un truco —sugirió el ingeniero, que se veía animado a pesar de tener el pantalón empapado.

Este sí durmió bien, pensó la voz del estadio con un poco de envidia, recordando lo incómodo que había estado toda la noche.

— Me llamó el Cholo y me dijo que me necesitaban. Cuéntenme.

El intendente carraspeó, dando a entender que él iba a hablar. Le había molestado el chiste de Eugenio, pero supuso que alguien con buen ánimo podía ayudar al grupo. Gorostiaga lo puso al tanto de la situación de los distintos barrios y de las circunstancias en los campos de los alrededores según la información que había recibido Glibota de su primo.

— Ajá. Bien, —reflexionaba y calculaba en voz alta Cambaceres—, entonces necesitamos encontrar la forma de hacer bajar el agua y/o que salga de la ciudad.

Es un genio, pensó Artemio.

— Una solución podría ser llenar la laguna de la terminal. Como es alta el agua de las calles no debe haber pasado. Habría que ver en qué nivel está y abrir las compuertas. Eso daría un pequeño alivio, pero no es suficiente.

— ¿Qué tal si hacemos un canal hasta los campos? —propuso Artemio.

— Buena idea Artemio. Intendente, ¿qué máquinas tiene?

— Tenemos una pala mecánica, una retroexcavadora y dos tractores.

— Bien, con eso puede alcanzar. Déjenme pensar un minuto —pidió el ingeniero que era observado por todos, incluido Artemio que se sentía menos resentido por el elogio recibido.

Eugenio desarrolló un plan bastante simple, que si lo ponían en marcha en ese momento, para el amanecer estaría terminado y el pueblo estaría aliviado para la medianoche, dándole tiempo a la provincia de mandar ayuda para los evacuados y los damnificados. Harían el canal desde el último barrio inundado hasta los primeros campos, eran unos cinco kilómetros.

Se dividieron en dos equipos. Los doctores Glibota y Afanasenco se encargarían de las compuertas de la laguna de la terminal. Salieron con las instrucciones de Cambaceres de hasta dónde era conveniente llenarlo, por si seguía lloviendo. El intendente, el comisario y el ingeniero esperarían la camioneta de los bomberos para buscar a los choferes de las máquinas y luego buscar las máquinas viales.

Luego de veinte minutos ambos equipos estaban desplegados y Artemio se encontraba otra vez solo en la sala de transmisión. Le explicaron que era mejor que se quedara por si había que coordinar algo más o hacer algún anuncio. Aceptó a regañadientes, pero la quietud de la torre, ahora vacía, lo hacía sentir un inútil. Tal vez, pensó, podría calmar la ansiedad de la gente contándoles lo que planeamos hacer.

Prendió su micrófono:

— Buenos días vecinos. Para esta noche todo va a estar solucionado. En breve llenaremos la laguna, haciendo que baje un poco el nivel del agua. Y se me ocurrió a mí hacer un canal hasta el campo. El intendente está encabezando un grupo de tareas, secundado por el ingeniero Cambaceres para ejecutar mi idea. Cualquier novedad se las estaré informando. No se preocupen si ven bajar el agua de golpe y traten de evitar salir a la calle.

Aburrido esperaba novedades de alguno de los grupos. Notó que la lluvia volvía a transformarse en garua y a lo lejos se veía un claro en el cielo. Un ruido repentino lo sacó de su observación meteorológica. Uno de los hijos del Cholo estaba haciendo zapitos en el agua y una piedra chata viajó más de los que el niño podía imaginar, y luego de rebotar por octava vez en el agua golpeó la ventana del Fiat 147 de Esther Bravo, que flotaba empujado por la pequeña corriente que tenía el agua.

La mala suerte del chico fue completa. Luego de dejar a los hombres en la municipalidad, el chofer de los bomberos, Osvaldo, decidió pasar a ver si Artemio necesitaba algo. Las olas que produjo el camión hicieron que el agua entrara por la ventana rota, inundando al 147. El Cholo al ver la macana que se había mandado su hijo le dio un empujón al pibe que lo hizo desaparecer por unos segundos bajo el agua y después lo mandó adentro de la casa.

Artemio agradeció la visita de Osvaldo, pero le dijo que estaba bien. En realidad lo único que necesitaba era compañía, pero no podía ser egoísta y pedirle que se quedara. Así que lo saludó y lo despidió con la mano.

Solo y aburrido comenzó a cantar de nuevo, esta vez no para animar a los vecinos si no para que pasara el tiempo.

Como no estoy
ni comprometido ni casado, ni nada
y usted no está
ni comprometida ni casada ni nada
por qué no charlar un ratito, eh
para no sentirnos tan solos, ah

Como ando también,
libre solterito con apuro y sin suerte
y usted también
libre solterita, agraciada y sin nadie
por qué no pasear un poquito, eh
debajo este cielo tan lindo.

Esta vez no había estado mal la elección, el cielo empezaba a despejarse realmente. Se acordó de lo gordo que estaba Leo Dan y pensó en que el tiempo era maldito, se lleva los mejores recuerdos y arruina a los ídolos.

Se quedó observando la calle. El agua parecía ceder un poco. La laguna estaba a cuatro cuadras, desde la torre solo alcanzaba a ver el rincón más alejado, por lo que no notaba si había cambios en los niveles de agua, pero había cambiado el color, se veía blanquecina. Deben ser olas por el agua que entra, pensó Artemio. Una hora después el agua de las calles parecía haber bajado un par de centímetros. Peor es nada, dijo la voz del estadio.

Los claros del cielo se iban ampliando y la llovizna se había terminado. Todo parecía encaminarse.

A un par de cuadras se vio la proa de un bote de unos dos metros. Tenía pintadas flores en los costados y llevaba colgada una guirnalda de flores en la punta. En la parte delantera llevaba dos sillas blancas de jardín mirando hacia la popa. Sobre cada una de ellas reposaba un almohadón rojo punzó de tela de plush. El hombre llevaba un sombrero de paja, una tradicional remera a rayas rojas y blancas, pantalón blanco y zapatos.

El improvisado gondolieri pasó frente al club cantando en un pésimo italiano. Al reconocer quien era el hombre que empujaba el bote con una larga caña de azúcar, Artemio entendió todo. Juan José Resero era un emprendedor serial, que abría y cerraba entre tres y cuatro negocios por año, siempre dejando deudas y buscando rascar de la olla con el menor esfuerzo posible.

El visionario caballero había visto la oportunidad y la había tomado. Si soy el primero, seguro que algo de plata hago, calculó Juan José. Ahora pasaba solo, buscando clientes.

Apenas diez minutos después pasó llevando a un par de señoritas sentadas alegremente sobre los almohadones de plush. Seguía simulando que cantaba en italiano. Artemio, se golpeó la frente, incrédulo de la generosidad de estas tierras.

La aparente calma hizo que más personas comenzaran a salir a la calle a distraerse un rato después de haber estado encerradas por horas. Otros salían a ver si podían ayudar a algún vecino o para intentar encontrar una mascota perdida.

Los que volvieron a aparecer con ánimos de juerga fueron Alberto Paniagua y el Tuni Zárate, los dos pelotudos de 17 años que habían despertado a Artemio a la madrugada. Aparentemente el Tuni le estaba dando la revancha a Alberto que había quedado caliente con la derrota nocturna. En eso estaban cuando en la intersección de la calle 25 y la 12, justo en la esquina del club, Alberto que iba ganando por media piragua se incrustó adentro de la góndola de Juan José Resero haciéndola dar una vuelta de campana. El Tuni al venir tan pegado no pudo esquivarlos y también chocó al gondolieri, quien por suerte ya había bajado a sus dos pasajeras.

Cuando todavía todo el mundo intentaba salir del estupor de tan extraño accidente, se escuchó un potente motor fuera de borda doblar en la esquina de la 25 y 10, fue todo tan rápido que nadie vio que detrás de la lancha que envistió a los tres accidentados venía alguien haciendo esquí acuático. El esquiador fue el que más heridas sufrió, ya que luego de impactar contra las dos piraguas la lancha se fue hacia un costado y siguió su marcha, por lo que el esquiador agarró la góndola dada vuelta, lo que la había convertido en una rampa. El joven atleta luego de hacer zapito dos veces en el techo de una casa vecina terminó enredado en las ramas de un sauce llorón.

Alberto Paniagua, el Tuni Zárate y Juan José Resero al escuchar la lancha habían alcanzado a nadar un par de metros y se habían sumergido bajo el agua, y milagrosamente habían esquivado el impacto de la nave y el filo de las hélices de su motor.

Lo que no pudieron esquivar fue el leve choque que les propinó una coupe Fuego GTX del 81 chapa H08151984, que flotaba libremente por las calles, para desconsuelo de su propietario. Algunos vecinos ayudaron a incorporarse a los hombres accidentados y les prestaron los primeros auxilios necesarios, mientras otros se preguntaban dónde estaba el esquiador.

Unos minutos después llegaron Glibota y Afanasenco. Junto a Artemio se refugiaron en la torre a esperar noticias del otro equipo de trabajo.

Habían pasado algunos minutos de las 18:30 cuando Artemio creyó ver que variaba el nivel del agua. La voz del estadio tomaba como referencia los parantes horizontales del portón del Cholo. La madera de ese portón se va a hinchar bastante, pensó Artemio, al tiempo que notaba que el parante que estaba en la mitad ahora quedaba visible cuando minutos antes estaba oculto bajo el agua turbia.

A pesar que el cielo sobre el pueblo estaba claro, en el norte se veían algunas nubes negras que escupían relámpagos y amenazaban con nuevos chubascos. Ojalá que no venga para acá porque va a complicar todo, rogaba la voz del estadio, mientras miraba el amenazante horizonte norteño.

Glibota y Afanasenco charlaban entre ellos, se ufanaban de lo difícil que había sido llegar hasta las compuertas de la laguna y de lo peligroso que era caminar por las calles con todos los autos flotando.

Luego, los tres se lamentaron por el choque de la esquina y Artemio les volvía a contar cómo había sido cada vez con más detalles.

Casi a las 19 se escuchó el rugir de un motor ronco avanzar lentamente. Los tres hombres se asomaron a la ventana de la sala de transmisión y vieron al intendente manejar un tractor en dirección a ellos. Uno de los muchachos que trabajaban en la municipalidad lo acompañaba sentado en el guardabarros. Se movían con cuidado entre los autos que flotaban. Ya no había rastros del accidente, todas las piezas desprendidas de las embarcaciones se habían ido con el agua o se habían hundido.

Ambos hombres descendieron de la máquina y subieron hasta la torre. El intendente dijo: “Misión cumplida”, después contó a grandes rasgos las operaciones.

— Disculpen muchachos pero me tengo que ir a casa y después a ver cómo están las cosas por el hospital. ¿Artemio necesitás algo?

— Y… la verdad que también me gustaría irme a mi casa un rato. Pero creo que alguien tendría que quedarse acá, ya que es el único lugar con luz y lo necesitamos para comunicar cualquier cosa.

— Yo no puedo —dijo rápido Afanasenco—. Todavía tengo perdido el perro.

Cada uno fue excusándose, entonces Artemio le pidió a Gorostiaga que tratara de ubicar a alguno de los bomberos.

— Son compañeros fieles, alguno va a venir.

— Perfecto Artemio, ahora los llamo y como el agua está bajando ya mismo le digo a los muchachos de la cooperativa que conecten los cables cortados y traten de restablecer la luz.

A las 9 de la mañana del día siguiente Artemio volvía a la torre a relevar a Pilín que generosamente había cubierto la torre durante toda la noche.

Las tareas para restablecer la energía no habían sido fáciles. Todavía faltaba sacar árboles que habían aplastado las líneas eléctricas o tumbado poste del alumbrado público. Así que operarios de la municipalidad y de la cooperativa trabajaban mancomunadamente para arreglar todo lo antes posible.

El intendente Gorostiaga había sido puesto al tanto de todos los choques que se habían producido por su Secretaria Privada, Mirta Espeche de Gorostiaga,  incluyendo el choque múltiple de la esquina del club. Entonces convocó al Secretario de Transporte, Seguridad vial, Obras, Medioambiente y Asistencia Social Ignacio Gorostiaga y juntos elaboraron una ordenanza prohibiendo la circulación de cualquier  tipo de vehículo de navegación por las calles del pueblo. Luego solicitaron al Jefe de Prensa de la municipalidad que difundiera esta ordenanza. Así lo hizo Belindo Gorostiaga, que repartió la noticia en las tres radios FM del pueblo para que las comunicaran apenas tuvieran luz y solicitó al comisario Escobar que los ayudara a hacer cumplir la ordenanza.

Lentamente todo fue volviendo a la normalidad. Tomó una semana que los vecinos evacuados pudieran volver a sus casas. Muchas familias perdieron todos sus muebles. Otras encontraron sus autos destruidos por la acción del agua o por haber impactado contra alguna columna de la luz. Otras familias tuvieron que espantar distintos tipos de alimañas de su casa.

Tanto el gobierno provincial como el nacional prometieron ayuda, y después de casi dos meses de súplicas del intendente le giraron los fondos y le mandaron personal. Unos cuatro meses después de la inundación el pueblo se veía renovado, con los principales edificios pintados. El dispensario tenía camas nuevas y no se veía ni árboles caídos ni basura por las calles.

Dos semanas después de la histórica lluvia el concejo deliberante hizo un acto encabezado por el primer concejal Víctor Espeche. Se les dio una plaqueta y se los nombró ciudadanos ilustres a los bomberos, a los choferes de los tractores y demás máquinas, al comisario, al doctor Afanasenco y al Doctor Glibota por haber abierto las compuertas de la laguna. El mismo honor recibió Artemio, quien además recibió el título honorario de “La Voz del Pueblo”.

Finalmente, el concejo deliberante honró al intendente con el título de “Líder de la Operación Apertura del Canal de Colonia Lola y Salvador del Pueblo”.

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