El hincha

 

festejo hinchas

Había quedado solo en medio de la multitud. Hacía rato había perdido de vista a sus amigos. Nada de eso le importaba, estaba en la gloria, estaba extasiado. Tanto como cada una de las pocas veces que pudo viajar para ver jugar a su club de local.

Desde que llegó al estadio tenía los ojos húmedos y una sonrisa que no se le borró ni siquiera cuando un tiro de los otros pegó en el palo.

Al comienzo estaba mudo, la emoción de ver más de cuarenta mil personas vistiendo los mismos colores, convirtiendo las camisetas en un mar para la vista y gritando las mismas canciones le había robado el habla. Pasó los controles, los cacheos de la policía y subió los escalones que llevaban a la tribuna sin decir una sola palabra. Recién resucitó su lengua cuando el equipo apareció en la manga y una tormenta de papelitos inundó el estadio acompañados de truenos que caían de miles de gargantas enrojecidas.

Faltaban unos diez minutos para que terminara el partido y ya sentía cansada las piernas, la garganta estaba dando su último esfuerzo, seguían 1 a 0, por ahora eran campeones pero un gol cambiaba todo. El cansancio y la casi afonía no importaban, seguía saltando y cantando.

En uno de esos saltos, justo que está en el aire a unos diez centímetros del escalón de la tribuna, siente que algo se le escapa. Antes de aterrizar, ya tiene la mano en el bolsillo derecho de atrás. La billetera no está. Desesperado, se olvida del partido por un minuto, revuelve el piso con la mirada, busca, olfatea, escruta con los ojos semi cerrados y ¡Bingo! Ve su billetera a unos dos metros en el escalón de abajo. Aparta a sus compañeros de tribuna, lo putean de todos lados por el quilombo que está armando y llega. Cuando se está agachando ve como una zapatilla blanca indiferente y con tres tiras negras imbéciles patea la billetera como tres escalones más abajo. Primero sigue la pierna peluda que sale de la zapatilla, la recorre hasta alcanzar una bermuda verde que es continuada por una remera negra y seguida por una cara de pelotudo terrible. Piensa en insultarlo, pero sabe que no tiene tiempo.

Corre apretujado, empuja, rebota contra espaldas transpiradas, salta y llega. Llega y se agacha, y cuando siente que ya tiene la billetera entre sus dedos, siente un leve rodillazo en las carnes que rodean el huesito dulce. El envión y la inercia son inevitables. Entre cientos de piernas rodó cuatro o cinco escalones.

La pared del foso que separa la tribuna de la cancha, contuvo a un inconciente hincha que yacía de espaldas al piso y un poco destartalado.

Un muchacho casi obeso, que tenía en el extremo de su brazo una palma del tamaño de una milanesa atada a cinco chorizos, le dio unas pequeñas palmadas que a pesar de los moretones que dejaban, no lograban despertarlo.

— Tírenle agua, tírenle agua –sugirió un conocedor.

A falta de pan, buenas son las tortas, dicen. Y a falta de agua en una tribuna, bueno parecía el intento con vino tinto. Pero nada, otra vez.

Unos minutos después, abrió los ojos, parpadeó un par de veces y se dejó ayudar a incorporarse.

— ¿Estás bien, loco? – le preguntó el muchacho que lo había cacheteado.

— Si, si –respondió, pero le dolía todo y sabía que algo anda mal.

Él sabe que está en una cancha de fútbol, que está en una tribuna, pero no recuerda de qué club es hincha. Piensa, pero le duele la cabeza terriblemente. Levanta la testa y mira a su alrededor y trata de recordar algo. La cabeza le pesa mucho y el dolor es agudo. Se siente mareado. Tiene la vista un poco nublada. Siente una angustia espantosa, el pecho parece que se ahoga en un vacío. Recuerda su nombre, dónde vive, la cara de sus hijos. Todo, sin embargo, se le borraron todos los recuerdos futbolísticos. Copas del mundo, picados en el barrio, la primera vez que pateó una pelota en el patio de su casa, los álbumes de figuritas, su viejo puteándolo desde una tribuna, Maradona, Batistuta, el colorado Mc Allister, los torneos locales, nada. Ni un recuerdo, como si fuera algo totalmente novedoso en su vida. Parece que es la primera vez que ve un partido, parece que es la primera vez que usa esa camiseta. Ahí, cuando mira esa camiseta se da cuenta que no distingue los colores. Y de repente, siente cómo empieza a soltar tibias perlas que no son de sudor.

Sabe que está usando los colores que bañan su corazón, pero no se acuerda cuales son. Para él, el mundo ahora se pinta sólo con distintas tonalidades de gris.

No entiende qué pasa. No sabe qué hacer. Debería ir a un médico urgente, pero cómo explicar su pérdida de memoria selectivamente futbolística.

Mira la tribuna del frente y es peor. Ellos también usan rayas. Son dos grises diferentes, pero también son grises. Ahora está más angustiado, ¿qué pasa si sin querer grita un gol de los otros?

— ¡Canten, putos! Dale pibe, cantá –le ordena el gordo que lo cacheteó.

La angustia empieza a soltar un poco el pecho, para dejar lugar al miedo. Por las dudas, salta. Salta y salta y mira de reojo al gordo y ve como este le sonríe y le guiña un ojo mientras todos saltan.

Algunas lágrimas se escapan y manchan el cemento de la tribuna y siente la seguridad de que no es la primera vez que llora en ese lugar. Se esfuerza, piensa en su vida, trata de recordar, pero no aparece nada todavía. Se concentra en la jugada e intuye que algo va a pasar y cree que empieza a recordar un poco. Un gambeta en el verde césped y se acuerda de cuando tenía ocho años y miraba la Súper Copa en el patio de su casa, con el televisor apuntando para la parrilla, así todos podían ver.

Un pase viaja por el pasto y el hincha se recuerda haciendo la fila para ir por primera vez a la cancha.

Otro pase en profundidad rueda sobre la cancha y él ve un redoblante que vuela, choca y hace estallar unos anteojos.

Un pique corto de un jugador despeina el césped y él siente el grito de miles de hinchas que se juntan en una cancha en la que nadie juega.

El delantero se desprende de su marca y el hincha se acuerda de nombres que no puede asociar a caras, nombres extraños como Corbatta, Bocha Maschio, Coco Basile, el Chango Cárdenas, el Pato Fillol, el Polaco Bastía, y Milito.

La parte interna de un pie derecho conecta la pelota y se escucha gritando por primera vez “Desde el este y el oste, en el norte y en el sur…”.

La red se infla y arma una bolsa junto al verde césped y él se ve vestido de celeste y blanco, abrazado por hermanos que no conoce y llorando, aún más. Y entonces, de un solo golpe recuerdo todo y grita:

— Soy hincha de Racing.

 

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2 comentarios en “El hincha

  1. “EL HINCHA”. GENIAL¡¡¡SUBLIME¡¡¡¡EMOCIONANTE¡¡¡¡Escenas que resultan conocidas y que hacen escapar un lagrimón.Creatividad inmediata, ya que salió pocas horas después, + esperanza y optimismo acumulados en la mente y el corazón racinguista.
    FELICITACIONES¡¡¡¡

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