BUSTOS, EL MITOLOGO CORDOBES

Dicen que en un barrio antiguo de Córdoba vivía hasta hace varios años un ser mítico, un profeta. Lo llamaban el Chino, pero su verdadero nombre era Antonio Macías. No tenía los ojos rasgados no había nacido en Asia, pero su maestro sí tenía la apertura ocular como dos monedas de 50 centavos, de canto.

El Chino aprendió todos los secretos del maestro Wang Xing Tong. El oriental le enseño el antiguo arte de la profetización, y como las antiguas pitonisas, el Chino lo hacía a través de oscuras sentencias, con intrincadas frases que hacían creer a muchos de los que lo buscaban, que el Chino estaba loco.

El profeta, además de su reputación de loco, tenía fama de honesto. Nunca cobraba por anticipado. Hacía una excepción con aquellos que recibían una profecía mortal.

— Por favor, llévate tu sucio dinero. Guárdalo en un lugar seguro. Tráelo de nuevo cuando compruebes que he acertado.

Esto hacía que muchos se acercaran como un chiste o pensando: “Vamos, total no pierdo nada”.

Uno de los que fue llevado por una broma fue el contador Upanari, quien al quedar sentado frente al maestro no supo que decir.

— ¿Tú estás preocupado por tu empresa?

— Sí, que se yo. Un poco. —dijo Upanari, que realmente estaba preocupado pero que creía que la sentencia del Chino servía para todo el mundo.

El profeta guardó silencio y cerró los ojos. El contador miraba divertido la decoración del lugar. A diferencia de otros adivinos que creen que los motivos hindúes les dan más credibilidad, el alumno de Wang Xing Tong tenía gigantografías de la gran muralla, portarretratos con fotos de su maestro, miniaturas de templos budistas y 3 gatitos de la suerte, esos que saludan en todas las vidrieras de los bazares y restaurantes chinos.  El Chino abrió los ojos y exclamó:

— Tú estás enfocando el búho en la dirección equivocada. ¡Mejor preocúpate porque una letra y un número serán más fuerte que tú y podrían quebrarte!

El contador Upanari se fue de allí luchando con sus creencias. No confiaba en adivinos y curanderos. Pero pensaba: “¿Y si este viejo loco tiene razón?”

Cada día comenzó a pasar más horas atento a los documentos de su empresa. Leía cada letra y cada número con detenimiento. ¿Qué letra y qué número lo llevarían a la quiebra?

Hasta que un día salió de la compañía llevando un cheque importante, ¿Habré puesto bien el nombre del proveedor?, pensaba el contador cuando el colectivo C1 lo chocó al poner un pie en la calle. Upanari sufrió fractura de 2 costillas y también se quebró el omóplato y la muñeca derecha. Volvió a lo del Chino un mes después, casi recuperado totalmente, dejó el dinero y se fue sin querer preguntar ni escuchar nada más.

Las historias sobre El Chino se cuentan como las de las cadenas de oración que provocan catástrofes a quien las rompe. Algunos las descreen y se ríen, otros quieren creer y peregrinan por los barrios de Córdoba buscando datos del discípulo de Wang Xing Tong.

El cazador de mitos Eugenio Bustos recorría comercios y asociaciones relacionadas con la colectividad china esperando tener datos del Chino. Dedicó años de su vida a la búsqueda de este ser mitológico. Un día entró a una tintorería:

— Buenos días, quisiera hacerle una pregunta.

— La que quiera, pero yo no confesar cual suavizante usar.

— No, no. Es solamente si conoce dónde puedo encontrar a Wang Xing Tong o a su alumno.

— ¿Wang Xing Tong? ¿Quién es?

— Era un compatriota suyo, que decir ser un profeta.

— ¿Compatriota? ¿De qué zona?

— Creo que de los suburbios de Beijing,

— ¡Eso es China! ¡Nosotros ser japoneses! ¡Nosotros odiar chinos!

Bustos tuvo que huir antes que lo metieran adentro de la gran plancha que usan todos los tintoreros japoneses.

En el libro “Bustos, un cuento chino” dice: “En las anotaciones que dejó Eugenio Bustos podemos leer varias entrevistas que tuvo con un maestro de artes marciales que le dio algunos datos importantes”. Acá reproducimos alguna de esas entrevistas que se ven en dicho libro.

— Sí, yo escuché hablar de él. No lo conocí personalmente, pero mis alumnos hablan de él. Dicen que Wang Xing Tong trabajaba en la parte trasera de un restaurante. El dueño le había acondicionado una parte del vestuario de los empleados. Nadie lo veía entrar ni salir, tenía una entrada por un pasillo que iba directo al vestuario. A cambio Wang Xing Tong siempre le profetizaba buenas noticias al dueño. Y pasado un tiempo, si no se hacía realidad por la fuerza del destino, Wang Xing Tong se encargaba de que se cumpliera o que parecería que se había cumplido.

En la misma entrevista el maestro le da un ejemplo a Bustos.

— Dicen que un día Wang Xing Tong vio en el futuro del restaurante una gran prosperidad porque quedaría sin competencia en el barrio. Un mes después todo seguía igual, incluso cada vez menos gente entraba al restaurante y el dueño reclamó a Wang Xing Tong. Extrañamente la parrilla de la esquina se incendió al explotar un carbón y el restaurante de pastas que estaba al frente fue clausurado cuando amaneció con una plaga de ratas. Parece que todo era parte del modus operandi del maestro.

En el cuarto libro que publicó Bustos, llamado: “Peregrinando tras los pasos del Chino”, se ve paso a paso el recorrido que hizo el investigador para dar con el Chino. La entrevista con el maestro de artes marciales, que figura en el libro citado anteriormente, fue la primera pista que recibió Bustos.

Viendo lo celosos que son los chinos para dejar entrar occidentales a sus cocinas, el cazador de mitos se inscribió en una escuela de cocina, aprovechó los 2 años de estudio para sacar su segundo libro: “50 recetas fáciles con lo que te queda en la heladera”. Una vez que recibió el diploma de cheff viajó a china para aprender el idioma. Vivió allí 4 años, los cuales describe en su tercer libro: “El oriental Bustos”, como los cuatro años más largos de su vida. Este libro fue éxito de venta en Uruguay, ya que muchos creyeron que se trataba de una biografía de un general de la guerra de la independencia. Volvió a Córdoba hablando lo básico del idioma y entendiendo casi la mitad de los caracteres del extenso y complicado alfabeto mandarín. No le importaba no saber más, creía que con eso era suficiente para los pasos que seguían en su plan.

Bustos intentaría trabajar en todos los restaurantes chinos de Córdoba, y con su rudimentario conocimiento del idioma podría captar cuando hablaran de profetas y adivinos. También le alcanzaba para saber cuándo hablaban de él y cuando lo insultaban. Así descubrió que cuando hablan entre ellos los cajeros de supermercados y bazares no siempre están enojados ni están insultando a los clientes, como uno suele sospechar.

El primer trabajo que consiguió Bustos fue en la Posada del Dragón. Estuvo allí menos de un mes, el restaurante era demasiado nuevo, por lo que no podía ser allí donde había trabajado el maestro Wang Xing Tong. Además ninguno de los empleados era chino y hacían las famosas empanaditas con un sabor asqueroso.

Siguió peregrinando por varios restaurantes, necesitaba encontrar en cuál había profetizado Wang Xing Tong, para luego seguir las pistas hasta el paradero del maestro y así poder finalmente encontrar al Chino.

En el quinto restaurante asiático que consiguió trabajo, “El Oriental Amable”, tuvo de jefe de cocina a Pou Chu, un venerable anciano de 85 años, que hacía casi 70 que se especializaba en fideos chinos y pollo agridulce.

Chu no era de muchas palabras ni de confiar en cualquiera. Bustos tardó casi dos meses en lograr que Chu lo saludara y 8 meses más para que Chu le enseñara la receta de la sopa de aleta de tiburón. Sabía que sacarle charla sobre lo que a él le importaba iba a ser difícil, así que después de 11 meses de trabajar al anciano, decidió ir directo al grano como chino a la salsa de soja. Entonces hizo uso de su rudimentario chino mandarín y en un descanso encaró a Chu, logrando con la frontalidad de sus preguntas quebrar la barrera del anciano. A continuación traducimos la charla que figura en su cuarto libro: “Peregrinando tras los pasos del Chino”.

— Dígame Maestro, ¿ha conocido usted al profeta Wang Xing Tong?

— Sí, yo conocer adivino Wang Xing Tong.

— Maestro, ¿cree que aún esté vivo?

— Wang Xing Tong ser longevo, tener yo entendido. Pero si aún vivir, él 108 años tener. Yo no creer.

— Maestro, ¿Y recuerda en qué restaurante atendía a sus clientes?

Bustos nos aclara luego que Pou Chu en su tierra natal era maestro de historia.

— Oh, en la Gran Muralla. Hace mucho haber cerrado. Disculpe señor Bustos, ¿por qué tanto interés en viejo farsante chino?

— Solo por curiosidad, escuché que era muy bueno adivinando el futuro.

— El futuro no adivinaba a uno, él del futuro advertía a uno. Que mi esposa me abandonaría él decirme un día. Luego, esposa con dueño de La gran Muralla marcharse.

— Que terrible, maestro. ¿Y recuerda usted si tenía un ayudante?

— Con joven occidental creer haberlo visto.

— Maestro, ¿usted sabe dónde vivía Wang Xing Tong o su ayudante?

— Ayudante no, Wang Xing Tong sí.

Pou Chu le dijo una dirección dónde recordaba que vivía el maestro del Chino y Bustos la anotó mentalmente. Siguió la charla unos minutos más, hasta que vio que ya no obtendría más información útil de aquel viejo.

Al día siguiente Bustos aprovechó el franco que tenía en el restaurante y fue a la casa de Wang Xing Tong. Al llegar encontró un panorama que no esperaba. En la vereda de la casa había más de 10 chinos y adentro otro tanto. O por lo menos Bustos creía que eran chinos. A pesar de haber vivido en la China, y ser capaz de distinguirlos de otros orientales, a veces se confundía a los chinos del norte con los mongoles.

El mitólogo cordobés se acercó al grupo. Pensó que tal vez el más viejo del grupo podía haber conocido a Wang Xing Tong. Los hombres, sin remera, fuman y hablaban a los gritos, soltando estruendosas carcajadas. Todos hablaban en chino. Confirmado, son chinos, pensó sabiamenteBustos.

— Disculpe, quisiera saber si usted conoció a Wang Xing Tong —dijo Bustos mirando al más anciano.

El hombre no respondió  nada, entonces el investigador insistió en mandarín.

— No soy sordo ni estúpido —gritó en castellano el viejo—. Lo escuché claramente la primera vez que lo dijo. Yo no soy Wang Xing Tong. Usted es un racista que cree que somos todos iguales, ¿no?

Bustos decidió que sería  mejor probar con otro miembro del grupo. Se disculpó con el viejo y buscó con la vista quien parecía más amable. Vio a un hombre de unos 65 años leyendo un libro de tapa roja y prolijos caracteres chinos en amarillo.

Bustos se acercó al concentrado lector y leyó en voz alta y con buen acento el título del libro. El chino bajó el libro y le sonrió.

— Parece interesante —siguió Bustos en mandarín[1].

— Sí, lo es. Es la historia de la dinastía Tang, una de las mejores épocas de la China.

— Por lo que recuerdo fueron grandes guerreros y, a la vez, fue una época dorada para el arte —apuntó el cordobés para seguir entrando en confianza. Pero el oriental, con sabiduría y cortesía cortó la charla histórica.

— Así es, pero no creo que usted se haya arriesgado hasta aquí solo para hablar de la historia antigua de nuestra patria. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?

— Busco información sobre Wang Xing Tong, un adivino que vivía en esta casa.

— Sí, lo recuerdo. No era amable y era desleal. Lo expulsamos del grupo.

— ¿Podría decirme a dónde se fue?

— Supe que hasta el día que murió vivó en la misma casa.

El anciano recordaba la esquina en dónde se ubicaba la última morada de Wang Xing Tong. Ese era el próximo paso en la búsqueda de Bustos.

Tocó timbre y después de unos segundos sintió que lo miraban por la mirilla de la puerta. Intuía un ojo occidental del otro lado. Luego eso se confirmó cuando escuchó que con una fuerte tonada cordobesa le preguntaban:

— ¿Sí?

— Hola, buen día. Soy periodista y estoy investigando la vida de un adivinador chino llamado Wang Xing Tong. Me dijeron que vivió aquí hasta que murió. Quería saber si usted…

— Mire —interrumpió bruscamente la habitante de la casa—, lo único que puedo decirle es que cuando murió nos debía 3 meses de alquiler. Además la casa estaba arruinada. Después de esa experiencia no se la alquilamos a nadie más. Nadie se hizo cargo de la deuda tampoco —terminó de protestar la mujer, que debía tener unos 45 años.

— Entiendo, por las dudas, ¿no sabe quién se llevó sus cosas?

— No, pero me acuerdo que al día siguiente del velorio vino una empresa de mudanzas y se llevó casi todo.

— ¿Dejaron algo que pueda serme útil?

— No creo. Solo había una heladera que no funcionaba con cuatro empanadas árabes podridas adentro.

— ¿Árabes?

— Sí, a nosotros también nos llamó la atención.

— Tal vez por eso me dijeron que no era leal. Y por casualidad, ¿se acuerda cuál era la empresa de mudanzas?

— Rapiflet, prontoflet, o alguna de esas.

Bustos agradeció la información y se despidió. Mientras caminaba hasta su auto se lamentó no haber podido conocer a la dueña de esa voz, que le resultaba tan sexy.

Revisó las páginas amarillas y dio con el flete. Era Flete Express. Después de hablar con 3 empleados en la empresa, encontró uno que se acordaba de ese traslado.

— Sí, me acuerdo, todo tenía olor a incienso y a pollo agridulce. Lo llevamos a una casa de barrio Ameghino. Creo que era por Félix Paz al 1700, más o menos.

— ¿Tenés alguna referencia más de la casa?

— Era de 2 pisos y tenía rejas muy altas. Parecía que tuvieran miedo de que le robaran.

Bustos recorrió Félix Paz, y desde el 1500 al 1900 encontró una sola casa que daba con la descripción. Detrás de unas rejas altas y muy ornamentadas había una mujer regando unas calas. Al ver que Bustos se acercaba se puso a la defensiva y se la veía dispuesta a usar la manguera si hacía falta. El investigador notó esto y saludó desde lejos y mostrando la cara más bonachona que podía poner. Explicó por qué estaba ahí y rogó que la mujer pudiera guiarlo.

— No sé quién habrá traído las cosas del chino ese. Nosotros le compramos la casa a un tipo hace mucho y ahora tenemos problemas con su familia.

— ¿Por qué?

— Nos hicieron juicio, dicen que nosotros nos abusamos del tipo este, que le pagamos muy poco.

— ¿Pero era poco?

— ¿Usted no trabajará para el abogado de ellos, no?

— No señora. Soy periodista y escritor. —dijo Bustos y sacó de su mochila los libros qué había publicado hasta el momento.

— Está bien, le creo.

— Entonces, ¿era poco lo que le pagaron?

— Sí, pero nosotros pensamos que estaba apurado por vender. Tal vez tenía alguna deuda, pensábamos.

— ¿Y la familia qué dice?—Dice que Macías estaba loco y no podía disponer de sus bienes y que nosotros nos abusamos de él.

— ¿Dijo Macías?

— Sí.

— ¿Ustedes le compraron la casa a Antonio Macías?

— Sí, ¿por qué?

— Es la persona que busco. Y dígame, ¿realmente estaba loco?

— No sé, pero una vecina, la Laurita, dice que era curandero o manosanta o algo así. Y unas semanas antes de vendernos la casa, dice la Laurita que Macías salió a gritar por todo el barrio: “Del otro lado de este mundo cuadrado, un sabio entrará golpeando el aire y burlándose del hombre de verde”. Gritaba y repetía eso sin parar. Después vendió la casa y ya no nos interesamos por él.

— Por las dudas, ¿no sabe si está internado en algún lugar?

— No sé. Ya le dije que no nos interesamos en él.

Bustos volvió a llamar a la lista de Macías que había en la guía telefónica. Ninguno era pariente de Antonio, o por lo menos negaban serlo.

Consultó con una amiga psiquiatra, la lista de lugares donde podía estar internado el Chino no era grande. Fue a dos clínicas privadas y no tuvo suerte. Luego fue al Morra, Bustos pensó que como en las películas debería pasar un billete subrepticiamente a alguien para tener algún dato. Pero la aburrida secretaria le dijo:

— Dejame ver — y caminó lentamente hasta un viejo archivero y rastrilló las fichas de la letra M.

Después de unos minutos de ansiosa espera, tuvo respuesta.

— Acá está —dijo la gruesa mujer y Bustos se ilusionó. Su búsqueda concluida—, lo trasladaron hace 5 meses.

— ¿A dónde? —preguntó el investigador antes que le se apagara el brillo de los ojos.

— Al manicomio de Oliva.

— ¿Dice ahí por qué?

— Pero por la fecha supongo que estaba en el ala 8. Es la de los locos mansos, falsos profetas y crónicos sin familia. Hace unos meses está sin gas y desde el ministerio dieron la orden de trasladar a todos.

Bustos preguntó si no tenían nada sobre Claudio Swan. La secretaria se dio vuelta hacia el fichero, protestando por lo bajo. Bustos aprovechó que le daba la espalda para fotografiar los dos lados de la ficha de Macías. Había usado ese truco más para parecer un verdadero investigador que por creer que la secretaria le negaría la posibilidad de tomar las fotografías. Cada vez que alguien le decía que no conocía a Swan agradecía que ese hombre no existiera.

El viaje no era largo, pero prefirió descansar. Así que recién al día siguiente se encontró en la puerta del inmenso hospital. Entró y deambuló por los largos pasillos y corredores. Recordó un libro y temió por un instante que lo confundieran con un paciente. Pero rápidamente notó que todos los pacientes tenían ropa blanca o clara, supuso que eso facilitaba lavarla y no importaba cual prenda era de cada enfermo. Agradeció estar usando una chomba azul. También notó que los médicos y enfermeros usaban ambos verdes, y recordó la profecía que dio el Chino antes de vender su casa.

Una secretaria lo mandó a hablar con el vicedirector. Este lo acompañó a recorrer el lugar mientras buscaban al Chino.

— Cuando aceptamos el traslado desde el ministerio dijeron que era un paciente tranquilo, pero al llegar estaba alterado. Intentaba liberarse de los enfermeros y les hacía bromas vulgares. Insultaba dando fuertes alaridos y gritaba frases incoherentes. Tuvimos que sedarlo. Después de unos días se calmó. Hoy ya no genera problemas.

— ¿Recuerda qué gritaba?

— Decía muchas cosas. La que más repetía era algo así: “Quien busque al sabio, se perderá al encontrar su propia derrota”.

— Extraño.

— Sí. Ahí lo tiene —señaló el médico y Bustos vio al Chino por la ventana de una habitación. Los años de investigación habían dado fruto. Había encontrado al profeta discípulo de Wang Xing Tong. Un suspiro de alivio y de objetivo cumplido se escapó de los pulmones de Bustos.

Antonio Macías estaba de espalda, con un marcador azul escribía sobre una pared que tenía gran parte de su descascarada pintura cubierta de frases y dibujos.

— ¿Qué hace? —quiso saber el mitólogo.

— Deja sus profecías. Todos los días profetiza algo.

— ¿Qué es aquel dibujo?

— Son las torres gemelas. Hizo el dibujo el 10 de septiembre del 2012.

Bustos miró extrañado al médico, pensando que era un error.

— Así es, Bustos. Lo hizo hace un par de años. Dibujó las torres cayendo, tal como vio en un documental que pasaban en la tele por el aniversario del atentado y al lado del dibujo escribió: “El hijo de Alá domará la gran cigüeña, con su bello vuelo conquistará a las gemelas Torres y luego se las tumbará”.

Todas sus profecías son así. Se basan en noticias que ve en el diario del día anterior o en películas viejas. Aquello que ve allí es el Titánic hundiéndose. Y otras veces se trata de profecías autocumplidas. Esos son sus secretos.

Bustos se despidió del vicedirector y caminó solo por un pasillo de paredes descascaradas. Se sentía raro, le apenaba el final tan triste y de tan poca monta del Chino, pero a la vez se sentía satisfecho por haberlo encontrado.

Mientras caminaba pensaba que una vez publicado el libro sobre el profeta cordobés, podría comenzar con otra historia que tenía pendiente hacía muchos años. Había escuchado que en la década del ´80 en el barrio Marqués de Sobremonte había un griego que decía leer el futuro de una persona mirando cómo cortaba y dejaba caer detrás de sus hombros la cáscara de una naranja.

[1] Para leer la charla original en chino mandarín, pueden leer “Peregrinando tras los pasos del Chino”, de la editorial “Profetas en su tierra”.

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