La tormenta en el camino

Su esposa lo saludó por última vez desde la puerta del zaguán. Le devolvió el saludo y puso el auto en marcha. Ella sonreía, sin duda no sabía cuál era el verdadero destino de su marido. El señor Tarantini era un experto en crear verdaderas fábulas cuando necesitaba salir de su casa.

El barrio estaba tan oscuro como siempre. Las luces de su vehículo encantaban las sombras de la calle mientras él avanzaba. Prendió la radio y a las pocas cuadras ya se sentía excitado. Cada vez que visitaba a esa mujer su cerebro sufría una sobredosis de emociones. Primero el miedo de enfrentar a su esposa y ver cuán crédula podía ser ella. Luego, la ansiedad de llegar. Después, la expectativa de cómo sería el encuentro. Finalmente, la excitación de hacer el amor con una muchacha joven, de carnes duras y sin prejuicios.

En el análisis que hacía durante su viaje, eligió no recordar la culpa que tenía cada vez que desandaba el camino de vuelta hacia su esposa.

Entró a la avenida y eso le dio más ánimos, eran varios kilómetros en los que podía acelerar y pensar sin preocuparse por el tráfico. Pensó que esta nueva amante era diferente a las anteriores, tenía la ventaja de no ser su empleada, algo que a la larga siempre le traía complicaciones y le terminaba saliendo muy caro tener que despedirlas cuando se cansaba del juego. Era igual de joven que las otras pero un poco más culta. Entonces parecía menos aburrido tener que hablar con ella. Aunque de las anteriores también había creído eso en los primeros meses. De todas formas, Betina parecía estar 5 metros por encima de todos, incluso de él. Era una mujer despreocupada, Tarantini sentía un poco de recelo porque ella no demostraba necesitarlo. Siempre era él quien sugería lo encuentros. Comenzaba a pensar que debía forzar un poco la relación para asegurarse esa mujer tan increíble. Por primera vez la idea de dejar a su esposa era algo que lo seducía.

Dobló a la derecha, ya estaba en el barrio de Betina. Veinticinco años de matrimonio eran suficiente para cansar a cualquiera, pensaba Tarantini. ¿Quién podría culparme de no haber aguantado bastante? ¿Qué hombre diría que tomé una mala decisión? El hombre intentaba convencerse, tal vez así el camino de regreso no fuera tan angustiante.

Una nubes negras corriendo como un rumor y un relámpago pasaron inadvertidos para el conductor, quien pensativo seguía reflexionando. Todos los hombres de su edad, especialmente los que se habían divorciado o enviudado, habían buscado jovencitas que pudieran soportar estar con tipos grandes, conociendo y aceptando su lugar, sin pedir demasiado a cambio, conformándose con lo que se les ofrecía, relaciones bastante frías, cómodas podría decirse. Tarantini no sabía si eso era lo que él quería, él deseaba que Betina lo amara. Quería ser el único hombre en la vida de esa chica estupenda. Pero había algo que la diferenciaba de las nuevas noviecitas de sus colegas del banco, ella no era que se conformaba con ese tipo de relaciones, sino que ella era quien prefería una relación fría. Nunca lo había presionado para tener una relación más profunda, no lo complicaba con planteos de los que él debería escabullirse con mentiras. Esta situación, inversa a sus deseos, lo atormentaba, estaba decidido a presionar a la joven, a demostrarle que él era y que iba a ser alguien importante en su vida.

Dobló por una calle que había recorrido decena de veces en los últimos meses y ahora sí notó la fuerte tormenta que se estaba acercando. El viento movía aparatosamente los árboles y las primeras gotas estallaron contra su parabrisas.

Le ofrecería un viaje, ninguna rechaza un viaje, pensó y se sonrió de su ocurrencia. Tenía que ser un lugar exótico y romántico. Le mostraría la buena vida que podía darle. Y allí, lejos de todas las vulgaridades de la vida cotidiana, le diría que quería dejar a su esposa. Le comentaría que ya había hablado con un abogado y hecho los cálculos. Que podía dejarle a su mujer la casa y que compraría otra para que ellos dos se fueran a vivir juntos.

Si eso era demasiada presión para ella, le diría que no tenía que preocuparse de nada, que ella podría seguir haciendo la vida que hacía ahora, pero que él creía que era un buen momento para avanzar en su relación y que dejaría a su esposa de todas formas. Y al pensar en el plan, supo que esa última parte era verdad. Dejaría a su esposa, Betina aceptara o no vivir con él.

El viento formó un remolino delante de él y la tierra cubrió todo. Un trueno pareció caer a su lado, el agua golpeó con toda la fuerza sobre su auto. No veía a más de tres metros. Agradeció estar cerca y que no estuviera cayendo granizo.

Desaceleró y siguió avanzando. Iba a paso de hombre, sentía un poco de miedo, la oscuridad era absoluta. Le faltaban menos de quince cuadras para llegar a lo de Betina, pero era un barrio con calles intrincadas y debía doblar varias veces en esquinas que conocía de memoria. Temía que otro auto estuviera circulando y lo chocara en alguna de las curvas. Tomó la primera esquina muy despacio y tocando bocina para advertirle a quien pudiera estar circulando por allí.

Las ráfagas de viento hacían bailar a los árboles, que amenazaban con desprenderse de la tierra que los acobijaba. Hizo un par de cuadras con el cuerpo tenso, intentando ver lo que lo rodeaba, pero era poco lo que podía distinguir.

Volvió a doblar y el viento aflojó levemente. Supuso que corría en otra dirección y que en esa calle estaba más refugiado por las casas. El limpia parabrisas trabajaba con el máximo esfuerzo. Los vidrios comenzaban a empañarse, pero la tormenta parecía perder intensidad.

Reconociendo una esquina, tomó hacia la derecha. Creyó notar que el agua disminuía un poco. Pensó que el clima de tormenta podía ser propicio para poner en marcha su plan. Sabía que Betina le tenía miedo a los truenos, la estaría abrazando mucho tiempo esa noche y en algún momento le propondría el viaje. El viento comenzaba a ceder un poco y él empezaba a relajarse de nuevo.

Todavía había mucha basura volando por el aire y el ruido de las chapas y los árboles golpeados por la brisa generaban un ambiente lúgubre.

Dobló la penúltima esquina y pudo ver cómo por encima de las nubes negras comenzaba a aparecer una débil luna. La lluvia ya se había transformado en una suave llovizna. El viento que volaba sobre las calles traía demasiada tierra y todavía no se veía bien.

Podía sentir cómo su corazón se aceleraba, debía hacer un par de cuadras y se encontraría dando el puntapié inicial de su nueva vida.

Tomó la última curva y su movimiento estuvo acompañado por la calma del viento. De repente se dio cuenta que no estaba en el barrio de Betina. Esas casas no eran de los vecinos de su amante, no estaba ni siquiera cerca de ella. Angustiado, con una respiración dificultosa, avanzó unos pocos metros y estacionó el auto. Una señora lo saludó alegremente. Extrañado y todavía sin entender lo que había sucedido, levantó una mano, forzó una sonrisa y saludó a su esposa, que lo esperaba en la entrada del zaguán.

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