Visita oficial

Apenas el Falcon verde comenzó a levantar polvo por las calles del pueblo, se inició una pequeña revolución entre los vecinos. Algunas llamadas por teléfonos advirtieron a quienes debían salir del pueblo hacia el campo, otros avisaron a parientes de pueblos vecinos que tenían una visita oficial y los demás se encerraron.

General Lavalle era un pueblito de tres mil habitantes. Cuando el gobierno nacional pasó a manos de los milicos el gobernador que designaron en la provincia llamó a todos los intendentes de a uno y él decidía cuál quedaba y cuál no. Eufrasio Quinteros había sido elegido por los vecinos como presidente comunal hacía un par de años y no había tenido ningún problema. El gobernador le preguntó si quería seguir siendo el jefe comunal, Eufrasio respondió que sí. La siguiente pregunta fue si tenía problemas con los militares, y después si tendría problemas de recibir órdenes de él. Las dos veces negó con la cabeza. La última pregunta fue la más difícil y era la única que importaba. ¿Estaba dispuesto a señalar a los subversivos que pudiera haber en el pueblo y en los campos de alrededor? Dijo que sí sin estar convencido. Sabía que si decía que no, no lo dejarían trabajar. No se imaginó otras consecuencias que podía traer responder negativamente a esa pregunta, se enteraría unos años después.

Era cerca del mediodía. El Falcon verde dio un par de vueltas por el pueblo y estacionó frente al único comedor que había. Del auto bajaron cuatro tipos vestidos de civil, pero al verlos nadie dudaría que eran militares. Llevaban el pelo corto peinado con la raya perfectamente marcada en un costado, usaban pantalones de vestir negros, zapatos perfectamente lustrados, dos llevaban orgullosos  bigotes completamente negros y bajo la fina campera de tela se marcaba un bulto en el costado derecho de la cintura. Además todos lucían anteojos oscuros.

El más petiso se desperezó y escupió hacia un costado.

— Este pueblo parece muerto —dijo el gordo sin bigote.

— Como todo pueblo a la siesta —respondió el flaco sin bigote. El tono de voz decía que era algo obvio el estado del pueblo. Y ese tono no le gustó a su compañero.

— No, este pueblo es una mierda —volvió a decir el gordo sin bigote.

— Es verdad. Es una mierda —intervino el petiso—. Ni siquiera tiene un club de fútbol. Y un pueblo sin cancha es una mierda.

— Así que no tiene cancha, no tiene minas decentes, ni un bar como la gente —acotó el flaco con bigote.

— Ni subversivos que valgan una bala —dijo el gordo sin bigote.

El pueblo no había cambiado mucho desde que los milicos mandaban. En dos años era la tercera vez que veían un auto oficial. Pero esta vez tenía otro olor el asunto. Las primeras dos veces habían sido para actos. Primero había venido un ministro para celebrar el aniversario de la fundación del pueblo y la segunda visita había sido del obispo de la provincia que había ido acompañado de un secretario del gobernador para dar una misa el día del patrono de General Lavalle.

No había presencia militar fija. Las únicas autoridades policiales eran dos cabos que se turnaban para dormir en la salita que tenían al lado del edificio comunal. La gente hacía su vida normal, ni siquiera hacía falta respetar el toque de queda y los viejos se seguían juntando a jugar a los naipes y al dominó hasta tarde en el comedor de Clarita.

La mayoría vivía del campo y los que tenían comercios dependían de lo que compraran los que vivían del campo.

Los cuatro milicos de civil entraron al comedor de Clarita y se sentaron sin saludar.

La hija de Clarita se acercó a atenderlos.

— Buen día, ¿qué les puedo traer? —dijo la chica estrujándose nerviosa las manos y sin mirar a los ojos a los hombres.

— ¿Qué tenés? —preguntó el gordo sin bigote.

La chica enumeró los cinco platos que podía ofrecer. Los hombres hicieron su pedido y la chica desapareció detrás de una cortina que daba a la cocina. No volvería a aparecer hasta que estuviera lista la comida.

Clarita había abandonado el salón apenas había visto que se estacionaba el Falcon. Mientras ella cocinaba le dijo al chico que la ayudaba en la cocina que fuera a avisarle a su marido que andaban los milicos dando vuelta. El pibe salió disparado en su bici. Le faltaba un pedal y a veces se le resbalaba el pie.

Los milicos quedaron solos en el salón. Hacía calor, pero ellos parecían apenas sentirlo. Solo el petiso se bajó el cierre de la campera. Todos se habían sacado los lentes oscuros. Nadie más entró al comedor. El silencio tampoco les molestaba. Cada uno se perdió en sus pensamientos y el flaco con bigote cabeceó un par de veces, haciendo fuerzas para no dormirse.

La hija de Clarita distribuyó en la mesa dos milanesas con puré, una con ensalada y un pollo con papas. Un vino, un vermouth y una soda. Después volvió a perderse tras la cortina de la cocina.

Terminaron de comer y quedaron sentados en silencio. El flaco sin bigote jugaba con un palillo entre los dientes y miraba para afuera por la ventana. El gordo sin bigote miraba su reloj constantemente y el flaco con bigote terminó de dormirse.

Después de varios minutos Clarita salió al comedor para recoger los platos. Lo hizo sin saludar y sin mirar a los militares.

— ¿Qué tal se porta el intendente? —preguntó el gordo sin bigote.

— Bien —respondió Clarita y comenzó a caminar hacia la cocina.

— ¿Está apurada? —dijo irónico el petiso—. El sargento le está hablando.

Clarita volvió y se paró frente a la mesa de los cuatro milicos.

— Dejala, ya vamos a ver cómo está todo.

— ¿Seguro que no hay ningún problema por acá? —insistió el petiso.

— No, señor.

— ¿Quinteros es amigo de los campesinos, no?

— Somos pocos en el pueblo, así que todos somos amigos.

— ¿Y los campesinos andan tranquilos? El gobernador escuchó algunos rumores.

— Acá todos estamos tranquilos, señor. No sé qué habrán escuchado.

— Si usted lo dice. ¿Su hija está casada?

— Dejá de joder a la señora. Vaya nomás.

— Gracias, señor —saludo Clarita y cuando comenzaba a retirarse escuchó que le pedían la cuenta.

— No, está bien. La casa invita.

— Pero che, por fin algo decente en este pueblo —dijo el gordo sin bigote.

El marido de Clarita, avisado por el ayudante de cocina de su esposa, había agarrado un pullover, las llaves del auto y había salido. Con su Di Tella pasó a buscar al doctor Perotti, encararon hacia la ruta y se fueron hasta un campo que tenía el médico. Allí se ocultarían hasta que Clarita mandara alguien a buscarlos, cuando no hubiera más milicos en el pueblo.

Carmelo, el marido de Clarita y el doctor Perotti eran viejos afiliados al partido Radical. Carmelo seguía militando en reuniones secretas y Perotti era el representante sindical de los médicos de la zona. Siempre pensaron que algún día los militares se la podían dar, pero los tranquilizaba saber que casi nadie se acordaba  de ese pueblo abandonado en el centro de la provincia.

El único peón que vivía en el campo del doctor no se sorprendió al ver a su patrón llegar con un amigo. Sí le llamó la atención que le dijeran que se iban a quedar un tiempo y que si iba al pueblo nadie tenía que saber que ellos estaban allí.

Perotti pensó en su esposa, que se había quedado con su hijo y su beba recién nacida, y se lamentó por no ser religioso. Le hubiera gustado poder rezar creyendo en las palabras que debía usar.

Salieron del comedor, se volvieron a poner los lentes y para hacer tiempo dieron unas vueltas y estacionaron en la plaza. El flaco con bigotes, que era el chofer, dio la vuelta y se quedó en el asiento trasero durmiendo con los pies colgando fuera del auto. Los otros tres se bajaron del Falcon y buscaron una sombra para sentarse.

— ¿A tu señora no le jode que viajes? —preguntó el gordo sin bigote.

— No sé. Supongo que un poco, pero trabajo es trabajo. Así que se la tiene que bancar. Además nunca nos vamos más de dos días. ¿La suya sargento?

— Igual. A veces pone caras. Cree que vengo a los pueblos a levantar pendejas. Dice que hay muchas que se enamoran del uniforme. Yo no le doy pelota, así que también se la tiene que bancar. A veces le caigo con un regalito.

— Digale que en este pueblo se puede quedar tranquila. Desde que llegamos no vi ni una mina como la gente. Y desde que estacionamos acá, no pasó ni una.

— Ni mujeres ni hombres —terció en la conversación el flaco sin bigotes, que escuchaba apoyado en un árbol—. Ni va a pasar nadie. Todos saben que estamos acá.

— Siempre tirando para abajo vos. ¿Cuál es el problema de que sepan? —respondió el petiso.

— Relájense, muchachos. Esperamos un ratito más y vamos a verlo. Ya debe estar llegando de su viaje.

— Hablando de Roma, allá va caminando una muchacha. Debe ser alguna desprevenida que no se enteró que estamos acá, ¿no? —preguntó el petiso desafiando al flaco sin bigote.

Los tres miraron pasar a la joven en silencio.

— No es para preocupar a su esposa, pero para lo que es este pueblo, podríamos decir que era linda.

El gordo sin bigote miró su reloj y dijo que deberían ir yendo. Despertaron al flaco con bigote y se metieron todos al auto. Antes de ir a buscar al intendente dieron una vuelta y encontraron un kiosco abierto. El sargento quería ver si conseguían el diario así que estacionaron.

— ¿Tiene diario? —preguntó sin saludar.

El kiosquero se vio sorprendido y dudó un par de segundos, luego respondió que sí con la cabeza, sacó un ejemplar de abajo del mostrador y lo puso encima de este.

El gordo con bigote sacó un billete y se lo dio. Empezó a caminar para la puerta pero se detuvo y volvió.

— Una consulta, ¿conoce a Miranda?

— ¿Cuál? Hay varios en el pueblo —dijo el kiosquero para ganar tiempo.

Había dos mirandas en General Lavalle. Uno tenía una verdulería y era poco probable que le interesara a cuatro milicos. El otro había sido dirigente sindical de los empleados rurales hasta el ´75 y después había tenido que irse del pueblo para que no lo fusilaran. Hacía un par de meses que había vuelto. Lo habían visto dando vueltas en el pueblo y se decía que se refugiaba en los campos. Algunos decían que andaba dando discursos y contando lo que pasaba en la ciudad para que la gente desconfiara de los militares. En el pueblo no llegaban muchas noticias, así que eran pocos los que le creían.

El kiosquero había escuchado algunos rumores ridículos que decían que Miranda estaba intentando organizar a los peones para armar una guerrilla que se refugiaría en el monte, como había hecho el ERP en Tucumán hacía un par de años.

— Uno que tiene una panadería, hijo de un anarquista y que jugó al fútbol en Buenos Aires un tiempo, hasta que lo mandaron de vuelta.

— Ah, no. Ese Miranda es de Colonia Yapeyú. Eso está a unos quince kilómetros. Lo conozco pero de vista nomás, de un par de veces que anduve por allá —.

— Ah, mire usted— dijo el sargento—. Pensé que era de Lavalle. Jugué un par de veces al fútbol con él en la ciudad. Si lo ve mandele saludos.

Los cuatro volvieron a subirse al Falcon. El gordo sin bigote volvió a mirar su reloj.

— Bueno, vamos. Después lo leo.

Arrancaron el auto y fueron hasta la casa del intendente. El auto del líder comunal estaba estacionado en la entrada de la casa.

— Va a ser corta la cosa, así que esperen afuera nomás. Y no se vayan a ir por ahí. —ordenó el gordo sin bigote.

El flaco con bigote se quedó en su asiento frente al volante. El sargento se sacó los lentes oscuros y los puso en el bolsillo de la campera. Los otros dos se quedaron parados al lado de la puerta. El gordo sin bigote golpeó con su nudillo tres veces la puerta de madera.

Después de unos segundos Quinteros abrió la puerta. No se sorprendió, ya sabía que ese día tenía una visita oficial en su casa.

— Buenas tardes —saludó el jefe comunal.

— Buenas tardes, intendente.

— ¿Quieren pasar? —no había amabilidad en su tono, pero tampoco parecía descortés.

— Los muchachos esperan afuera. No hace falta que entren.

El sargento se limpió la suela de los zapatos antes de pasar, no quería ensuciar la casa del intendente. Entró y cerró la puerta.

— Le vengo a traer estos papeles. Se los manda el gobernador. Me pidió que se los diera personalmente. Lo único que me dijo fue que los estudiara tranquilo y que cuando pueda le haga llegar sus comentarios.

— Perfecto, así lo haré.

— También me dijo que no se olvide del compromiso que hizo cuando le dieron el cargo. —Quinteros se quedó callado. El sargento parecía esperar una respuesta—. La gente del pueblo parece estar a gusto con usted. Acá son todos bastante amigos. Al gobernador le interesa que usted se considere su amigo también. ¿Podemos considerarlo un amigo Quinteros?

— Supongo que sí sargento.

— Bien. Mejor así, porque por lo que estuve hablando con el gobernador, voy a tener que viajar seguido para estos lados. Así que siempre es mejor contar con amigos que puedan darle refugio a uno en los viajes.

— Cuando quiera sargento.

— Y lo último que me pidió el gobernador, es que le pidiera que esté atento a lo que pasa en los campos de la zona. Hay demasiados rumores dando vuelta, y no queremos enterarnos antes que usted de lo que está pasando por acá. Eso lo dejará mal parado con los vecinos, y especialmente con el gobernador.

Quinteros asintió, mostrando que entendía lo que le querían decir.

— Así que si sabe de alguna reunión en la que nosotros tengamos que intervenir, avísenos con tiempo.

Quinteros volvió a asentir.

— Bueno, no le robo más tiempo intendente. Saludos a su esposa y a su hija.

El gordo sin bigote dio media vuelta, abrió la puerta y se fue dejando la casa abierta.

El Falcon se fue de la casa  del jefe comunal, dio un par de vueltas para ver si el pueblo seguía igual de quieto y se dirigió hacia la ruta.

Mientras, Quinteros hacía las llamadas que correspondía hacer luego de cada visita oficial.

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