Los gentiles

Como viajante de comercio viví unas cuantas historias extrañas. La mayoría implicaba conocer algún chanta que me proponía algún negocio turbio o alguna mujer sola parando en el mismo hotel.

Pero nunca me pasó algo parecido a lo que viví en Villa Amador González. Eran uno de esos pueblitos que después de que desaparecieron los trenes quedaron casi desiertos. Tenía unos ocho mil habitantes cuando las cosas iban bien y cuando pasó esta historia quedaban menos de dos mil. También influyó que por la misma época de lo de los trenes, cerraron las dos hilanderías que había en el pueblo, que era donde trabajaban casi todos.

Yo hacía de viajante y tomaba los pedidos para una fábrica de alpargatas y otra de bolsas arpilleras. Generalmente tenía pueblos fijos donde ya tenía mi clientela, pero esa semana había sido bastante mala y pensé en meterme hasta en los pueblitos más chicos que cruzará en el camino.

Entré a Villa Amador González buscando almacenes, proveedurías, pulperías o cualquier comercio al que pudiera servirle cualquiera de las dos líneas de productos que manejaba. A las tres cuadras de haber entrado sentí que se me pinchaba la rueda. Fue como agarrar un pozo y después la rueda fue perdiendo presión. A los pocos metros el auto ya estaba en llanta.
Tenía una rueda de auxilio, la cambié rápido pero tenía que arreglar la pinchada antes de seguir viaje. Había un nene jugando con un perrito feo que no paraba de mover la cola. El nene le tiraba, una pelota de tenis gastada y el cusquito la perseguía y cuando la atrapaba volvía dando saltos con las patas delanteras y levantando tierra.

Le pregunté al pibe si sabía dónde había un taller, sin responder entró corriendo a su hogar.
Un minuto después una mujer de unos treinta años apareció tímidamente por la puerta de la casa y me miró sin decir nada.

— Disculpe necesito emparchar una rueda, ¿sabe si hay algún taller por acá? —le pregunté y presté atención a las indicaciones.

No era difícil llegar, el pueblo era chico, las calles se cortaban perpendiculares.

Dejé el auto en el taller. El gomero fue bastante parco, casi no habló, salvo un par de “Sí” y algunos “No”, creo que no dijo nada.

Le pregunté a otro hombre si había algún bar, necesitaba hacer tiempo, el gomero justo estaba yendo a almorzar y me explicó que no podía llegar tarde, que cuando volviera arreglaba mi auto. En realidad no explicó nada, fui entendiendo eso por las respuestas monosilábicas a mis preguntas.

El hombre al que le pregunté por el bar me indicó cómo llegar con cara extrañada.

— Usted no es de por aquí, ¿no?

— No.

— ¿Y va al bar?

— Sí.

— Bueno, suerte —dijo y siguió caminando.

Abrí la puerta del bar y las dos personas que estaban sentadas me miraron sorprendidos. Saludé con la cabeza y ellos se miraron entre sí y sonrieron. Un par de minutos después se acercó un mozo vestido con una chaquetilla celeste muy gastada.

— Tengo milanesas, bife con ensalada, sándwich de milanesa, matambre o pasta puede ser.

No esperaba que trajeran un menú, pero me hubiese sentido mejor con un saludo.

—Milanesa con huevo frito, ¿puede ser?

El mozo se dio vuelta y se metió en la cocina. Los otros dos se reían. El local era chico y estaban a menos de 5 metros, así que yo podía escuchar todo lo que hablaban.

— Mirá como mira el boludo ese.

— Así son los turistas estos, impertinentes. Mal educados.

Me costó creer que hablaran de turismo en un pueblito prácticamente muerto que no tenía hoteles y mucho menos atracciones turísticas. Pero seguí escuchando lo que decían, sin mirarlos. Miraba la ventana, me hice la imagen de una calle concurrida a la que miraba por la ventana para ver la gente pasar.

—A mí lo que me extraña es que sigan viniendo pelotudos después de lo que salió en el diario.

— Yo creo que es por el nombre del pueblo. Habría que cambiarlo. Da la falsa imagen de un pueblo de gente buena.

— De gentiles.

— Exacto.

— En lugar de Villa Amador González, habría que ponerle Villa Smith and Wesson.

— O Colonia Winchester.

— Eso suena bien. Quien va a entrar a hinchar las pelotas a un pueblo que se llame Colonia Winchester.

— Ahora, fíjate vos lo mal intencionado que son los periodistas, ¿no? Uno se carga 14 o 15 forasteros, por llamarlos de alguna forma, y ya titulan “Genocidio de turistas en pueblo del Chaco”.

— ¿Y qué querés? Así son esos porteños, todos amarillistas. Viven de exagerar.

— Además involucraron a todo el pueblo, cuando los que nos dedicamos de mantenerlo limpio somos 3 o 4 nomas.

Yo volví a mirar la hora, todavía me faltaba un rato largo de espera.

— Y..bueno, capaz que fue mejor así. Primero, porque no vamos a ir en cana, y segundo, da más miedo si piensan que todo el pueblo está loco. ¿Quién va a ir a joder a un pueblo en el que todos son asesinos?

— Es verdad. Lo importante es mantenerlo limpió de chorros y de gente con cara de pelotudo.

— Como este —dijo el que me daba la espalda, señalando con su pulgar por encima de su hombro hacia mi dirección.

Por más que me hacía el distraído no pude evitar mirarlo al sentirme aludido.

—Uh, no sabes cómo te miró —lo chicaneo el otro—. Para mí que este se cree medio valiente.

— Me parece que no le avisaron como terminan los valientes en este pueblo.

— Tranquilo Fabián. Es temprano, hay mucha gente en la calle.

— ¿Y? Vos te crees que alguien va a decir algo.

—No sé, no sé.

Miré para la puerta, pero pensé que salir corriendo solo porque dos tipos se la daban de guapos en un bar era medio ridículo.

— Además el gallego no se hace problema, mientras no ensuciemos mucho…

— O si ensuciamos le limpiamos, como siempre nos pide.

Me di cuenta que había comenzado a traspirar bastante, las gotas pasaban de la axila a los costados del cuerpo y morían en la cintura del pantalón.

— Como la vez que liquidamos con el tramontina al salteño que andaba de viaje para no sé dónde.

— Uh, ese día hicimos un desastre.

—Y también a vos se te ocurre darle con un tramontina sin filo, 50 veces hubo que pegarle hasta que le embocamos a una arteria y sangró como Dios manda.

— No sé si como dios manda, pero si como un chancho.

— Y chilló como un chancho también el salteñito.

—¿Qué decís vos? ¿Cómo lo despachamos?

Yo intentaba ver alguna sonrisa, algún gesto que indicara que esos hombres estaban bromeando. No sería raro, en esos pueblos no hay mucho para hacer, la gente se aburre y molesta a los que son de afuera y entran al pueblo para lo que sea. Peor de noche, si te ven charlar o bailar con alguna mujer del pueblo, ahí la cosa se puede poner pesada de verdad. Pero nunca me había pasado que durante el día dos tipos se pusieran a planificar cómo liquidarme y cómo hacerme desaparecer. Tenían que estar bromeando, pero no mostraban indicios de que fuera solo un chiste. Estaban serios y cada vez que me miraban lo hacían con los ojos bien abiertos, la mandíbula trabada y con chispas de odio en la mirada.

— Primero que nada, si va a ser acá, hay que buscar un cuchillo con buen filo. Para que no pase lo del salteño.

— Seguro.

— Bien. Yo digo que le metamos un buen trompadón como para dormirlo, lo llevamos a la mesada de la cocina, lo desangramos y se lo dejamos al gallego para que lo use en lo que quiera –dijo el que me daba la espalda.

— Como con el salteño que hizo empanadas salteñas. Le salieron bárbaras. Mucho mejor que las tucumanas –opinó el otro y me echó una mirada burlona.

— Pasa que la tucumana que le entregamos era medio veterana ya.

— Es verdad. Pero eso ya lo hicimos varias veces, yo creo que hay que innovar un poco. Digo, como para no aburrirse.

— ¿Y qué proponés vos? –preguntó el que me daba la espalda. Por su tono pude detectar cierto malestar por el rechazo a su plan.

El otro pensó unos segundos, se acomodó en la silla, se limpió la boca con la servilleta y se restregó las manos.

— Escuchá, yo creo que podríamos esperar a que salga del bar, lo seguimos con tu auto, cuando esté cruzando la calle ¡Pum! No muy fuerte, pero si como para que quede tirado ahí. Lo metemos en el baúl, lo llevamos al basural y lo dejamos tirado ahí maniatado. Las ratas y los perros hambrientos hacen el trabajo sucio después.

— ¿Y si se despierta?

— Antes de irnos le metemos con el culo del matafuego del auto en la frente. Lo aseguramos con dos o tres golpes y chau.

— Me gusta, tiene más adrenalina que liquidarlo acá con un cuchillazo —terminó reconociendo el que me daba la espalda.

— Lo único malo es que nos perdemos las empanadas del gallego.

Se quedaron callados por un rato largo. Cada tanto me miraban, pero no decían nada. Los tres mirábamos alternativamente el reloj.

Supuse que el auto ya estaría listo pero no estaba seguro de si me iba a poder ir o no del pueblo. Seguía sin poder descifrar si era una broma que hacían dos tipos aburridos o si realmente tenían un plan. Nunca había leído nada de ese pueblo, nada que me dijera que desaparecían turistas o algo así.

Llamé al mozo para pagarle. Le iba a preguntar si los muchachos siempre jodían así como para quedarme tranquilo, pero pensé que él podía ser parte de todo el plan. Después de todo, era el que hacía las empanadas. Cuando se acercó vi que la chaquetilla blanca que usaba estaba manchada con pequeñas gotas de sangre y toda la prenda lucía desgastada, con ese color grisáceo y manchado que le queda a la ropa que siempre se lava con lavandina.

Pagué y decidí salir. Total ya conocía el plan, no sería difícil evitar que me chocaran.

En la calle caminaba mirando para todos lados, como lo hace un paranoico. Respiré aliviado después de hacer media cuadra sin ver a los dos tipos por ningún lado. Pero en la segunda esquina me alcanzaron. Iban en un Peugeot 505 azul. Pensé que entraría cómodo en ese baúl. Doblé aunque no me hacía falta, ellos doblaron y me siguieron desde atrás. Se mantenían a unos cuarenta metros. Caminé dos cuadras y volví a doblar, ellos volvieron a doblar. Aparentemente en el pueblo todas las calles eran doble mano, así que eso no era un problema para ellos. En los cruces de calle prestaba atención, no quería que me sorprendieran, pero se mantenían a esa distancia prudencial. Cada tanto aceleraban pero sin avanzar mucho, sino que eran aceleradas como para hacerme escuchar el motor y recordarme que estaban allí.

Llegué al taller, mi auto estaba listo. Entré al taller y los dos tipos se estacionaron cerca del lugar. Pagué, me subí a mí auto y salí a la calle. Las calles del pueblo estaban en pésimo estado así que iba lento, no quería pichar de nuevo ni agarrar un pozo que me rompiera algo. El 505 me seguí y me hacían seña de luces. En una esquina tuve que frenar y ellos frenaron de golpe detrás de mí, pararon a escasos cinco centímetros, creo que no me golpearon de suerte. Es más, pensé que lo harían. Miré por el espejo retrovisor y los vi señalándome y haciéndome señas violentas.

Seguí hasta la calle principal del pueblo, buscaba la salida del pueblo. Los tipos me siguieron hasta el cruce de la ruta. Allí estábamos los tres parados esperando que terminara de pasar una caravana de camiones brasileros. El 505 aceleraba y su motor sonaba estruendosamente, avanzaban de a poco y su paragolpe delantero ya casi rozaba el paragolpe trasero de mi auto. Cuando terminaron de pasar todos los camiones aceleré y subí a la ruta. Miré por el espejo retrovisor y vi a los dos tipos saludándome, sin sonreír.

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