No era un sábado más

El pitazo del árbitro señaló el final del partido. El Deportivo Lumilagro había ganado 4 a 1 al Barca y mantenía ventaja de un punto sobre la Mandarina Mecánica al llegar a la última fecha.

Los muchachos se enteraron del resultado del escolta unos minutos antes de entrar a la cancha. Los otros jugaron en el turno anterior y habían ganado, por lo que los de Lumilagro tenían que entrar con la presión de ganar para llegar punteros a la última fecha.

Había un jugador que había sufrido ese penúltimo partido de una manera especial. Guillermo Prudencio Luque, Sonrisa para los amigos, había jugado ausente. Estuvo pensando todo el partido en la próxima fecha.

La casualidad hacía que el primero y el segundo del torneo se enfrentaran en la última fecha. Sonrisa Luque solo podía pensar en que el sábado siguiente iba a tener que jugar contra su jefe para decidir quién era el campeón del torneo Milenium. Sabía que se le venía una semana difícil. Su jefe no toleraría que un subordinado le ganara. El resultado de ese partido decidiría su futuro laboral, y la verdad que la cosa no estaba fácil como para ponerse a buscar un nuevo trabajo. Sí, no iba a ser una semana fácil.

— ¿Qué te pasa pelotudo? ¿Otra vez te están gorreando?

El que lo chicaneaba era Pablo “El Termo” Otero, capitán, fundador y responsable del nombre del equipo. Otero además de ser reconocido por sus atributos en el vestuario, era reconocido por ser insoportable dentro y fuera de la cancha.

— Ey, ¿qué te pasa que tenés esa cara de orto? —insistió el capitán.

— Nada, nada —dijo Sonrisa y aceptó un pote plástico repleto de fernet.

— ¿Y entonces?

— Nada, me golpeé la rodilla y estoy cansado nomás —respondió con la mirada esquiva y pasó el fernet al que seguía en la ronda.

Esperó unos minutos, saludó a todos con un gesto y se fue.

— Maricón, avisale a tu mujer que la semana que viene llegás tarde porque vamos a festejar —le gritó Mordiscón Borsina, Sonrisa asintió dando la espalda y siguió caminando hacía su auto.

El resto del sábado se olvidó un poco del tema, pero el domingo la idea de convivir con el torturante de su jefe una semana hablándole del partido comenzó a pesarle. Y sentía todo el peso en las sienes.

Como a las seis de la tarde se sentía irritado, así que salió a caminar para evitar pelear con su esposa. Aprovechó la caminata para pensar un poco. El lunes sería clave, si ese día lograba que su jefe se mantuviera distante, seguramente el resto de la semana tampoco lo molestaría. Pero si el lunes lo empezaba a verduguear, todo iría en picada el resto de la semana. Lo conocía, sabía que día a día intentaría superarse con las bromas, las amenazas deportivas y las forreadas. Entonces tenía que buscar algún tema serio, de gravedad, para enfrentar a su jefe con ese tema. Si le hacía un planteo serio y además le mostraba cuán importante era él para la empresa, seguramente lo respetaría y hasta tal vez no lo rajaba si él ganaba el partido clave.

Volvió a la casa más calmado, pero de todas formas no pudo evitar la discusión con la esposa. La pelea empezó por uno de esos detalles mundanos al estilo de “¿Por qué entrás con los pies llenos de tierra?” o “¿Por qué dejás los calzoncillos tirados en cualquier lado? ¿Te pensás que soy tu empleada?”

El lunes se despertó a la hora de siempre, se cambió mirando con odio cómo su mujer seguía durmiendo, y salió al garaje.

Cuando estuvo en la calle tardó varios segundos en poner la primera en su auto. Se dio cuenta que estaba a pocos minutos de comenzar una semana clave en su vida, y no quería empezarla.

Extrañamente no puteó a nadie en todo el camino ni tocó ningún bocinazo. Iba pensativo, notó que estaba más asustado que nervioso.

A las ocho en punto estaba entrando a la empresa. Durante el desayuno el tema principal fue la fecha del fútbol de primera. Después Migueles le preguntó por su torneo.

— ¿Y ustedes cómo salieron?

— Bien, ganamos.

— ¿Y el jefe?

— También.

En su oficina todos sabían que Sonrisa jugaba el mismo torneo que el dueño de la empresa y todos seguían semanalmente la tabla de posiciones.

— Uh, te va a hartar esta semana —dijo Renatti disfrutando, frotándose las manos.

— Sí, ni me hablés —se lamentó Sonrisa.

— Yo si fuera vos, me pediría licencia —dijo Migueles.

Sonrisa asintió y se quedó callado.

— ¿Vos crees que te echa el hijo de puta si le ganás o aceptará que alguien le haga el orto una vez?

— ¿Estás loco? Ni mamado se la banca —respondió Migueles a Renatti antes que Sonrisa pudiera decir algo.

El martirizado trabajador terminó el café y se fue a su escritorio, dispuesto a comenzar su plan. Entró a la oficina del jefe con dos carpetas.

— Buen día.

— Hola Guillermo, ¿cómo estás?

— Bien —respondió Sonrisa y sin dar lugar a ningún comentario siguió—, venía a traerle estas carpetas.

— Ajá, ¿de qué son?

— Son unos informes sobre los niveles de productividad que tenía que presentar Pascuti, pero se fue de vacaciones y…bueno como soy el único que ha estado en contacto con todas las tareas del área, me hice cargo y los preparé la semana pasada.

— Ah, muy bien. Muchas gracias Guillermo.

— De nada, Rafael —dijo Luque, que no acostumbraba a tutearlo, pero que le pareció oportuno para crear la falsa apariencia de amistad.

Y cuando Sonrisa comenzaba a darse vuelta para irse, sintiéndose triunfante, la voz de su jefe lo paralizó. El “Muchas gracias” debían ser las últimas palabras hasta el día siguiente.

— Una cosita más, hablando del tema…

¿Hablando del tema? Bien, zafamos, pensó Sonrisa.

— ¿Sí? —preguntó Luque, como despreocupado.

— ¿Cómo anda su productividad en la cancha? Lo voy a pasar por arriba Luque —disparó el jefe y se echó a reír estruendosamente de su ocurrencia.

Sonrisa se fue de la oficina sin responder, y por el pasillo todavía podía escuchar las carcajadas de Rafael Aira. El plan había fracasado. Es un hijo de puta, no va a dejar pasar una. Me va a hinchar las pelotas cada vez que pueda, se lamentó Sonrisa.

Una broma futbolística por parte de un compañero se disfruta porque te pone en situación de competencia. Puede ser palo y palo, puede ser una trompada para un lado y una para el otro; permite ser ingenioso e hiriente y a la vez pone a prueba nuestra capacidad de recibir golpes, de reírnos de nuestras desgracias deportivas y de contestar rápido una ofensa con otra.

En cambio una joda futbolera de parte del jefe se sufre en silencio. Es como que te peguen con una cadena y vos estés maniatado y amordazado. No podés hacer nada ni sirve para nada. Y como ante una tortura producida por un sádico, lo único que uno espera es que termine lo antes posible.

Cuando Sonrisa volvió a su sillón se hizo tan chiquito que pensó que podía desaparecer por una semana y evitar que lo vieran.

— ¿Te dijo algo? —preguntó Migueles.

Sonrisa asintió con la cabeza, acompañando el movimiento con una mueca de dolor.

La jornada se hizo eterna. Al aburrimiento normal de un trabajo tedioso, se sumó la cuenta regresiva para el sábado. Ya faltaba una hora para irse y, como siempre, el jefe se iba temprano.

— Chau muchachos, hasta mañana —saludó desde la puerta de la oficina—, Luque cuando salgas andá a comprarte un buen tarro de vaselina —agregó Rafael Aira haciendo el clásico gestito de pasar un índice por el anillo dibujado por el otro índice con su respectivo pulgar.

El martes fue bastante parecido el lunes.

El chiste de ingreso fue: “¿Qué hacés Luque? ¿Ya averiguaste que les dan a los maricones que salen segundos? Yo les daría una corona de flores, por muertos. Pero quedate tranquilo que te van a dar una medallita y un juego de medias.”

Como a las cuatro de la tarde recibió un mail del jefe con una foto de un mandril de espalda y más abajo el mensaje decía: “Así te va a quedar el totó el sábado”.

Y antes de irse, de nuevo:

— Chau muchachos, chau muerto.

Una vez que escuchó la puerta de la calle, Sonrisa dijo entre dientes:

— No sé para qué se va temprano. Si mi esposa fuera tan fea como la suya me quedaría a hacer horas extras.

Y con eso sintió una pequeña victoria.

El miércoles Rafael Aira apareció con otra burla. Sonrisa pensó que era increíble que el tipo ese estuviera todo el día pensando cómo molestarlo. Hasta se lo podía imaginar sentado con el lápiz y el papel pensando qué ocurrencia podía decirle al día siguiente.

Para la broma de la tarde Sonrisa se escondió en el baño y el perverso golpeó la puerta y aunque Sonrisa no contestó, el jefe gritó:

— ¿Ya estás cagado? El sábado te llevo pastillas de carbón.

Esta broma le molestó menos, hasta lo hizo sonreír, porque la había tenido que improvisar. Sonrisa valoraba eso.

En su casa le costaba concentrarse en cualquier cosa, vivía pensando jugadas, en efectos y consecuencias de cada acción que pudiera llevar adelante en el próximo partido.

— ¡Guillermooo! Te estoy hablando, che.

— ¿Qué pasa? —Respondió molesto a su mujer —. Uno no puede estar tranquilo un rato, carajo.

— ¿Un rato? Hace dos horas que estás echado mirando esos partidos del año del pedo.

— Bueno, ¿qué querés?

— Uno —enumeró con los dedos la esposa de Sonrisa—, que me prestes atención; dos, que bajes el volumen del tipo ese que grita como un idiota; y tres, que vayas a comprar pan y mayonesa.

— ¿Y por qué no compraste vos que te rascar todo el día? —lo dijo sabiendo que no era tan así y que en el fondo lo hacía solo para tener motivos para discutir.

— ¿Ah sí? ¿Te pensás que el insoportable de tu hijo es fácil de manejar? ¿Crees que la cuadrada de tu hija entiende rápido lo que tiene que hacer de tarea de matemáticas? ¿Te pensás que yo hago así con los dedos y toda la casa se limpia y la comida se hace? ¿Te crees que soy la pelotuda de la bruja esa que salía en la tele? ¿Hace cuánto que no te lavás ni un calzón vos?

Sonrisa se dio cuenta que no tenía ganas de discutir, solo había querido hacerla enojar un poco, como para compartir su bronca.

— Uh, tanto lío por un poco de pan y mayonesa, che. Ahí voy —dijo Sonrisa y salió disparado antes que ella siguiera levantando temperatura y despilfarrando trapitos sucios.

El jueves apagó la alarma y siguió durmiendo. Su mujer lo quiso despertar después de mandar los chicos para la escuela, pero Sonrisa amablemente respondió:

— No me hinchés las pelotas y dejame dormir, ¿querés?

Pero a las 10:30 sonó su celular, era Rafael Aira. Sonrisa estaba despierto, sin embargo seguía en la cama. Miró el aparato, dudó qué hacer y decidió dejar que sonara. Pero dentro de las cualidades  del jefe estaba la de ser insistidor. En el cuarto intentó, en menos de tres minutos, Sonrisa comprendió que en algún momento iba a tener que atender.

— La próxima atiendo —pensó Sonrisa.

Extrañamente el teléfono celular dejó de sonar, pero unos segundos después sonó el fijo. Antes que pudiera decir o hacer algo escuchó que su mujer atendía, luego sintió los pasos hasta la habitación matrimonial.

— Tu jefe —escupió después de abrir la puerta.

— ¿Qué le dijiste?

— Que ya le pasaba con vos, ¿qué le voy a decir?

— Que boluda. Dame.

Suspiró dos veces y saludó poniendo la voz un poco ronca.

— Hola.

— Decime Luque, ¿faltaste para ir a entrenar o simplemente porque sos un pelotudo?

— No, pasa que estoy con dolor de…

— A mí no me importa un carajo lo que te duela. En la oficina hay un montón de quilombos. Dejá de hacerte y venite ya.

El jefe cortó la comunicación sin dar lugar a réplicas.

Media hora después Sonrisa entraba a su oficina, Migueles y Renatti charlaban y compartían unos mates.

— ¿Qué te pasó, viejo? Que cara que tenés.

— Ni me hablés. ¿Qué quilombo hay acá?

— ¿Acá? Ninguno. Todo tranquilo.

— ¿Y para qué…

Sonrisa no pudo terminar la pregunta. Como oliendo su llegada y su duda, apareció su jefe.

— Luque querido, así me gusta. ¿Te comiste que te necesitábamos? Así también te la vas a comer el sábado. Te voy a amagar para un lado, con la cintura te voy a decir vení, vení, y voy a disparar para el otro lado y te la vas a comer entera.

Aunque era difícil imaginar una gambeta corta o un pique explosivo de un tipo de 50 años y una panza de una perfección esférica envidiable, Sonrisa no pudo decir nada ante la amenaza.

Renatti se rió. Migueles no.

— ¿Y vos Migueles qué ponés esa cara? ¿Te creés que no lo puedo gambetear al muerto este? ¿Sabés qué Migueles? Yo los mejores tratos los cerré en los asados post partidos. Mientras vos Migueles —el señalado con el dedo cada vez se ponía más blanco—, mientras vos te comías los mocos en la primaria, yo salía goleador de la Tercera en el Club Las Torcazas de Pampa Achala y si no hubiera decidido estudiar, hoy me estarías pidiendo un autógrafo en la remera de algún club en lugar de tener que poner la firma en el recibo de mierda de tu sueldo.

— No, pasa que… —se quiso disculpar Migueles por la falta de carcajada.

— Pasa que siempre le chupaste las medias a Luque y creés que es mejor que yo. Andá el sábado a ver el partido y fijate quien es el capitán del equipo que levanta la copa Maxi Senior. Te doy un adelanto Migueles, es el mismo que te tomó de cadete hace 5 años.

El portazo dejó mudos a todos menos a Renatti que se volvió a reír, hasta que desapareció el jefe de la vista de los empleados.

El jefe entró a una reunión con unos clientes como a las 16:30 y, por suerte para Sonrisa, a las 18 seguía ocupado, así que zafó del chiste vespertino.

Quería evitar las peleas con su esposa, lo que menos necesitaba era ponerse nervioso por boludeces. Así que le mandó un mensaje al teléfono avisándole que se iba a lo de un amigo. No hicieron nada trascendente, lo importante era hacer tiempo. Cuanto menos tiempo estuviera con su mujer, menos tiempo tenían para pelearse.

Tomó un par de cervezas y cuando sospechó que su mujer ya tenía la comida casi lista decidió marchar. Tampoco quería llegar tarde y que la tipa se enojara por eso.

Tanto esfuerzo fue en vano.

— ¿Te acordaste de pedir turno en el pediatra? —fue el saludo de su esposa.

Sonrisa pensó un par de segundos, ¿qué hacer? Decir la verdad y pelear hasta dar el brazo a torcer y reconocer que era su culpa o mentir descaradamente. No tuvo opción.

— Te olvidaste —dijo ella agriamente, mientras él pensaba si mentir o no mentir.

—No, no —replicó casi ofendido.

Ahora tenía que pensar porque no tenía el turno.

— Llamé un par de veces, pero viste como es.

— ¿Cómo es?

— Y…primero no me atendían y cuando me atendieron, después de 15 minutos en espera me dijeron que tenían caído el sistema y que no podían dar turnos.

— ¡Qué desastre! Siempre igual esa clínica, che.

— Y bueno, es lo que tenemos con ese gremio de mierda, ¿qué querés?

— Bueno, probá de nuevo mañana.

— Sí, a primera hora pruebo.

El viernes se despertó con más energía. Aunque también iba a sufrir un par de bromas, era el último día, la tortura estaba llegando a su fin. ¿Qué podía pasar? ¿Cuán grave podía ser? Después de todo era solo un partido de fútbol. Ya estaba casi auto convencido cuando se le vino a la mente la cara de su jefe empapada de una sonrisa hijaputezca, haciéndole el gestito del dedo índice violando la otra mano. Entonces volvió a la realidad, si ganaba él, el tirano lo echaba para demostrar que en su empresa no había nadie mejor que él en nada y si perdía Sonrisa, vería ese gestito de lunes a viernes a las 9 y a las 17 hasta que se jubilara.

Con eso martillando sus neuronas viajo hasta su trabajo.

Cuando bajó del auto un pelotazo le dio entre el parietal y el cachete derecho. De atrás de unos arbustos apareció su jefe riéndose.

— Mañana tampoco vas a ver de dónde salen las balas. Vas a estar perdido Luque.

Mientras se frotaba la zona golpeada, guardó silencio una vez más, apretando los puños.

— Viejo de mierda —murmuró cuando vio que se alejaba Aria.

— ¿Dijiste algo Luque?

— No, nada.

— Parecés ofuscado. Espero que no te hayas calentado, Guillermo. Es una jodita futbolera, nomás. No es personal, eh.

— No, está bien, está bien.

— Pasa que soy muy competitivo. Y me gusta calentar las previas, nada más.

— Ajá.

— ¿Querés apostar algo para lo de mañana?

— No, no.

— Sos cagón Luque. Nos vemos —saludó su jefe y se fue en su cupé, seguramente a desayunar a algún bar.

— ¿Qué te pasó que tenés la cara colorada? —preguntó Migueles.

— El viejo hijo de puta me pegó un pelotazo.

— ¿En serio? —se rió Renatti.

— ¿Qué te reís pelotudo?

— Eh, tranquilo CAMPEÓN, que el problema no es con migo. Si sos tan bravo, gritale al jefe. Yo no tenga nada que ver.

— Sos un chupa bolas, Renatti. Diez años lamiéndole el culo al jefe y seguís en el mismo escritorio. Dejá de reírte de sus pelotudeces.

— Hay que tener sentido del humor, Sonrisa.

— Andate a la puta madre que te parió —dijo Sonrisa y se sentó a trabajar, mientras Renatti se reía en silencio.

El clima quedó alterado, tenso, parecía que todos estaban esperando cualquier frase mal intencionada para comenzar el incendio que haría estallar la oficina. Por suerte, los compañeros intercambiaron pocas palabras ese día. Pasame esto, avisame cuando termines tal reporte, te deje aquello, avisame cuando desocupes eso, etc.  Nada más, lo justo y necesario. Hasta parecía que las respiraciones se cuidaban para no levantar el volumen de las exhalaciones.

Unos minutos antes de las 15 Sonrisa se empezó a poner nervioso, se conformaba con que no lo insultara ni se desubicara mucho. En cualquier momento iba a aparecer el hijo de puta de Aria y era la última joda pre partido, seguramente tenía algo preparado. Su cabecita perversa seguro que había estado imaginando cual era la última tortura antes de mandarlo a al corredor de los condenados.

Sonrisa siguió trabajando, pero erraba bastante a las letras y tipiaba cualquier cosa. Como a las 17:20 escuchó que Aria salía de su oficina y cerraba la puerta con llave. Sintió su corazón acelerarse y un hueco en el estómago. El verdugo viene por el pasillo, pensó Sonrisa.

Entró a la oficina, caminó firme hasta el escritorio de Sonrisa y le estrechó la mano.

— Guillermo, que gane el mejor. Y sepa que después de ese partido cada uno deberá vivir con las consecuencias de haber ganado o perdido. Cada uno se hará cargo del resultado que le toque —recién entonces soltó la mano de Sonrisa.

El jefe se dio media vuelta y se fue sin saludar a los otros dos.

— ¿Qué carajo quiso decir con eso? —preguntó al aire Sonrisa unos segundos después de un intento fallido de retomar el trabajo.

— Fah, ni idea. Pero sonaba demasiado serio para ser él. No sé si fue una aceptación de que es solo un resultado deportivo, y que hay que hacerse cargo adentro de la cancha,  o si fue una amenaza —dijo Migueles.

— Yo que vos, voy preparando el CV —dijo el cínico de Rinatti.

— Sos una bosta, Tano. No le des pelota —intentaba dar ánimos Migueles— Se nota que está cagado el viejo.

— ¿Y yo? —dijo Sonrisa, sin poder entender todo lo que sentía.

El partido era a las 16 así que El Termo Otero convocó a todos a las 15, como para poder charlar y concentrarse con tiempo. La mayoría empezó a llegar tipo tres y cuarto, tres y veinte. Y el propio Otero cayó a las y media.

Se cambiaron rápido a medida que iban llegando. Su partido estaba programado en el tercer turno del día, o sea que ya habían pasado varios equipos por aquel vestuario. Por eso apestaba terriblemente, no solo a adrenalina y olor a transpiración, sino también por los Ratisalil para los golpes y los Átomo Desinflamante, también conocido como pomada para caballo que se usa para calentar los músculos. El ambiente también se contaminaba con los aceites verdes y por el olor a humedad crónica que sale de las paredes y las camisetas y el vaho a orina que impregnaba cada parte de aquel vestuario que habitaba sin separaciones precisas con el baño.

El olor nauseabundo de aquel día casi descompone a Sonrisa, que se sentía débil desde que se había sentado en el auto para ir a la cancha.

Una vez que comenzó a entrar en calor y se puso en movimiento, esa debilidad empezó a desaparecer. Tenés que estar despierto, corré como en cualquier otro partido, se estimulaba mientras se desplazaba lateralmente para calentar los músculos.

Sonrisa tiró un puñado de tierra para ver hacia donde iba el viento y se quedó moviendo las piernas. El árbitro sonó el silbato, Sonrisa se agachó para tocar la tierra y se persignó. Desde su posición de 6 veía lejos a su jefe, que jugaba de 8 en la Mandarina Mecánica.

El pozeado campo de tierra, sumado a la falta de jugadores de categoría, hacía que se viera un espectáculo muy poco atractivo. Tampoco ayudaba el referí que para que el partido no se le fuera de las manos cortaba todas las jugadas, ante el mínimo roce. Eso no le molestaba al Lumilagro FC, ya que el juego cortado le daba aire y lo ayudaba a llevar el encuentro con calma hacia el empate final.

A pesar del resultado parcial de 0 a 0 que los favorecía, en el entre tiempo se gritaron mostrándose nerviosos y exaltados.

— Viejo, no hacemos dos pases seguidos. Aguántenla un poco arriba.

— El problema es el medio, no agarran a nadie.

— Nos falta gente a la derecha, estamos mal parados porque el Cata se va y no vuelve. Me dejan solo, loco. Todo el partido me hicieron el 2 contra 1.

— Los de abajo reviéntenla. Ya perdimos tres por querer salir jugando.

— ¿Qué querés si nadie se muestra? Están todos parados.

— Igual, reventala porque nos van a clavar. Prefiero rifarla o que la perdamos arriba y no al lado del aquero.

— Eh, viejo…calmémosno un poco. Estamos 0 a 0, ¿por qué tanto grito? —interrumpió el griterío el Termo Otero.

Sonrisa asintió. Era uno de los únicos que no había dicho nada. Estaba con la cabeza gacha, agarró el bidón de agua, dio dos sorbos y después escupió a un costado.

— Sigamos jugando, vamos nosotros, eh. Tranquilos que ellos no tuvieron ni una clara y cuando podamos pateamos. Vamos, eh —fueron las últimas palabras del capitán-DT antes de volver a la cancha.

Los muchachos le hicieron caso. Apretaron un poco la marca y empezaron a patear al arco. Bueno, es una forma de decir. De los primeros cinco intentos el que más cerca pasó del arco pasó a dos metros del travesaño.

La Mandarina Mecánica estaba un poco acorralada y atacaba a Lumilagro FC con algún pelotazo aislado o con jugada de pelota parada.

El sexto remate de Lumilagro entró. Fue una jugada desprolija, después de un córner la pelota se metió en una serie de carambolas hasta que el Pata Fernández la punteó adentro del área chica.

Iban diez minutos y con eso estaba casi asegurado el torneo. Todo el equipo festejó, menos el Sonrisa, que se mordía el labio inferior y movía la cabeza, mientras pensaba en comprar el diario del domingo para ver los clasificados.

Como suele suceder en estos casos, sin una explicación lógica más que la fuerza impulsora de la necesidad, el equipo perdedor se lanzó al ataque y lentamente fue poniendo contra las cuerdas a Lumilagro FC. La Mandarina Mecánica ante la inexistencia de jugadores claros o habilidosos, activó una ametralladora de centros, como esas máquinas que usan los tenistas para practicar, pero con carrileros por derecha e izquierda tirando pelotazos llovidos para el 9 y el 11.

Sonrisa en su labor de 6 sacó unos cuantos centros de los que venían por arriba, pero le pifió a un par de buscapiés que tiró el 10 de la Mandarina Mecánica, ganándose el reproche y los insultos de varios compañeros a los que respondió mandándolos a todos a cagar. Se lo notaba alterado y a medida que pasaban los minutos su nerviosismo crecía.

Como a los 20 minutos el 9 la recibe en la puerta del área y la tira larga por el costado derecho de Sonrisa y este al verse superado en velocidad se tiró intentando empujar la pelota al córner. Pero en su desesperación ciega impactó de lleno contra la pantorrilla derecha del delantero. El ruido de la patada despertó un “Uhhh” de los que miraban el partido desde el borde de la cancha, de los jugadores y hasta del referí, quien no tuvo más remedio que sacarle la roja al Sonrisa.

Mientras caminaba al banco, tras una corta protesta hecha por compromiso, el Sonrisa pensaba que faltaban 10 minutos, tenían un penal en contra y un hombre menos.

Cuando llegó al banco se tapó la cara con la remera, un poco para no ver el penal y otro poco para no ver la cara de odio que tenían sus compañeros. Soy un pelotudo, pensó Sonrisa. Escuchó los gritos que venían desde su área y se preguntó si lo había hecho por su brutalidad y rusticidad habitual o si había metido esa patada conociendo y buscando las consecuencias. Se preguntó eso, pero no supo responderse.

Ahora solo quería que sus compañeros salieran campeones y su jefe no lo echara. Creo que hice lo suficiente para que las dos cosas pasen, pensó Sonrisa, y sin saber qué ocurriría se sacó la camiseta de la cara, dispuesto a mirar el partido hasta el final.

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