De pesca

Dejaron el auto de Pilín al costado de la ruta y caminaron hasta el borde de la laguna. El camino era plano, pero estaba lleno de yuyos altos y al costado había algunas plantas con espinas. Eso dificultó la travesía que incluía llevar las cañas, el balde para poner las presas y la caja con todos los implementos de pesca. La caja de pesca era más para hacer facha y decir que la llevaban que por necesidad. Sabían que difícilmente sacarían algo más grande que una tararira o una vieja del agua.

Rodearon unos metros la laguna hasta que encontraron un tronco en el que se podrían sentar.

Andrés sacó del balde la bolsa con las lombrices. Kiko limpió un pedacito de terreno, dejó la tierra pelada y allí tiraron dos bichos, Andrés los cortó con una navaja y los tres empezaron a encarnar. Los anzuelos eran chicos, como para mojarras. Tiraron sus cañas y en menos de un minuto Kiko sacó una mojarrita. Puso agua hasta la mitad del balde y tiró su presa ahí.

— ¿Para qué la guardás? —preguntó Andrés—. Si no la vas a comer.

— Para ir contando cuantas sacamos.

— ¿Qué, si no las vas guardando no las podés contar?

— Sí, ¿pero cómo sabés si la próxima que sacamos no es esta misma que es media pelotuda y se engancha siempre? Y de última, la podemos usar para encarnar si queremos sacar algo más grande.

— Claro, como si en esta laguna de porquería vamos a sacar un surubí.

Después de eso ninguna de las tres boyas se hundió por varios minutos. Eso puso un poco ansioso a Pilín, así que abrió la caja y sacó una línea que tenía armada. La encarnó, la revoleo y la tiró. Fue un buen tiro, cayó como a veinte metros del borde.

A los quince minutos, sin ninguna novedad sobre las cuatro boyas, el aburrimiento empezaba a hacer mella.

— Viejo, no pasa nada —rompió el silencio Andrés.

— Les dije que en esta laguna nunca hay nada —dijo Pilín, que parecía ser el más ofuscado.

— Tranquilos muchachos, ya va a picar —se defendió Kiko, quien había tenido la idea de ir a esa laguna, más para romper la monotonía de una tarde de verano que porque les gustara pescar—. Hagan silencio un rato y van a ver como los pescados vienen solitos.

— ¿Qué decís? Si no dijimos ni una palabra desde que llegamos y no picaron ni una vez.

— Paciencia muchachos, para pescar hay que tener paciencia. Disfruten, vinimos para hacer algo diferente, ¿hace cuánto no veníamos a pescar?

— No venimos nunca porque es un embole —seguía engranado Pilín.

— Bueno Pilín, dejá de hinchar los huevos, ¿qué ibas a hacer si no? Ibas a quedarte al pedo en tu casa. O íbamos a sentarnos en la vereda de Andrés para ver como no pasa nadie.

— Es lo mismo, allá nos sentábamos al pedo, igual que acá, pero por lo menos por allá puede pasar alguna mina —aportó Andrés que empezaba a arrepentirse de haberle seguido la corriente a Kiko en su plan de pesca.

— Claro, como pasan tantas minas por tu casa. Déjense de joder, si el pueblo está muerto hasta la noche. Nos quedamos un par de horas y volvemos.

— No sé si aguanto un par de horas con este embole —dijo Pilín.

— Cállense un rato y dedíquense a pescar.

Mantuvieron silencio por unos minutos hasta que el aburrimiento volvió. Pilín y Andrés empezaron a hablar del laburo y de minas. Mientras Kiko cambiaba la carnada de la línea y de su caña. En esta última decidió cambiar y le puso una bolita de miga de pan.

Al rato él también se aburrió y se metió en la charla de los otros dos.

Unos minutos después recogió la línea y sacó su caña y las carnadas estaban intactas.

— Che, es verdad. No sé qué pasa que no pica nada. Como si no hubiera ni un solo pescado en toda la laguna.

— Te dije —repitió Pilín.

— Pero la última vez que yo vine saqué varios moncholos y un par de tarariras.

— La última vez que viniste tenías diez año, boludo.

— No, tarado. Pasa que nos habíamos puesto del otro lado de la laguna. ¿Viste aquellos matorrales? Yo creo que teníamos que rodearlos y ahí había como una caída y la laguna era más profunda. ¿Vamos?

— ¿Hasta allá? —respondió Pilín, poniendo cara de que ni loco se movía si no le daban una garantía que del otro lado pescarían algo —. No, es lo mismo, es una laguna, si no hay de este lado, no hay de aquel.

— No sabés nada, los bichos estos se mueven de acuerdo a cómo les da el sol, el viento o cualquier cosa puede afectarlos. Vamos y probamos, total estamos al pedo.

Ninguno tenía muchas ganas de caminar, pero tenían menos ganas de discutir con Kiko, que cuando intentaba defender sus teorías se ponía súper denso.

Recogieron la caja, el balde y sus cañas y comenzaron a caminar. Tenían que hacer unos 300 metros hasta el nuevo destino. Los arbustos que había puesto de referencia Kiko era uno de los tantos matorrales que rodeaban la laguna. No era un camino sencillo. Cuantos más cadillos se clavaban al pantalón y a la media de Andrés, más puteaba este al organizador de la excursión. Caminaban sobre el borde de la laguna, pero en un momento se encontraron frente a unos arbustos muy densos y con unas espinas demasiado grandes, así que decidieron rodearlo. Estaban llegando a la punta de las plantas cuando escucharon un gruñido del otro lado. Los tres se paralizaron y quedaron en silencio. Podían escuchar sus propios latidos y una fuerte respiración, casi un bufido que venía del otro lado del matorral. Instintivamente Andrés sacó su navaja. Kiko soltó el balde con la solitaria mojarra y agarró una rama que podía servir para defenderse.

— ¿Qué hacemos? —preguntó Pilín en un susurro, que los demás entendieron más por el gesto y la cara que puso que por haberlo oído.

Los otros dos se movieron lentamente hasta él que era el primero de la fila. Se miraban entre los tres y levantando los hombros sin saber qué hacer.

— Vamos a ver qué es —sugirió Kiko.

— Estás loco, rajemos para el auto —respondió sorprendido Pilín, con los ojos bien abiertos y grandes como dos limones.

— No corramos que es peor —dijo Andrés.

— Debe ser un perro, nomás —quiso tranquilizar Kiko.

— ¿Un perro? ¿Sos boludo o te hacés? —Pilín no podía creer la ingenuidad y tranquilidad de sus amigos. Estaba desesperado por salir corriendo, solo lo frenaba el miedo a irse solo.

— Pilín agarrate un palo y vamos —insistió Kiko.

Pilín miró a su alrededor y solo vio un palito que tenía unos 20 centímetros.

— Dame el tuyo —apuró a Kiko.

— No boludo, buscate uno.

Volvió a mirar entre los yuyos que lo rodeaban y vio que a unos cuatro metros había un tronco grueso y de unos cincuenta centímetros. Le costaba moverse, tenía las piernas agarrotadas. Haciendo un gran esfuerzo movió un pie, el ruido de su pisada lo sobresaltó. Pero no se escuchó nada del otro lado de los arbustos, así que siguió retrocediendo. Alcanzó el palo y volvió a la posición original casi corriendo. Los otros dos lo retaron por el ruido que había hecho al regresar.

Ahora el primero de la fila era Andrés. Hizo señas de avanzar y comenzó a caminar lento, con las puntas de los pies. Al llegar a la curva del matorral se encontró de frente con un enorme reptil.

Los tres muchachos retrocedieron con una coordinación coreográfica. Espantados, pusieron la marcha atrás sin correr y sin dejar de mirar a la cara a la bestia. Pilín se animó a hablar recién cuando estaban a unos diez metros.

— Boludo, ¿qué es eso?

— Debe ser un yacaré —arriesgó Kiko.

— Donde viste un yacaré con el hocico corto y redondeado.

— Capaz que este es ñato —quiso defender su hipótesis.

— Igual, cómo carajo un yacaré va a estar en dos patas. Eso no es un yacaré, es otro bicho.

— ¿Y entonces? —inquirió Kiko.

La charla se había dado entre susurros. Ahora los tres estaban en silencio, mirando al reptil tratando de descifrar qué era. El animal los miraba a ellos, también parecía sorprendido. Medía unos dos metros, tenía el cuero verde con algunas protuberancias en el lomo, una cola larga que se movía alegremente hacia los costados y las patas delanteras se veían claramente más cortas que las traseras.

— Es un dinosaurio —dijo serio Andrés.

— ¿Qué? ¿Quién sos? ¿Susana Giménez? ¿Cómo mierda va a ser un dinosaurio?

— Te digo que es un dinosaurio. Mirá el hocico y las garras. ¿Viste alguna vez un animal así?

— No, pero se extinguieron hace unos cuantos años, no sé si sabías —respondió Pilín que no sabía si enojarse por la teoría absurda o asustarse por no encontrar una mejor respuesta a aquel misterio.

— Puede ser —empezó a ceder Kiko, que ya no podía defender su idea de que era un yacaré.

— Pero en esta zona nunca hubo dinosaurios, boludos —dijo con poco convencimiento Pilín.

— Ah, claro ya no importa que se hayan extinguido, ahora te preocupa la exactitud geográfica donde estos estaban. Dejate de joder Pilín —dijo Andrés levantando la voz, lo que hizo que los otros dos lo retaran.

El bicho movió la cabeza al escuchar las voces de los humanos y gruñó, al mismo tiempo que se acercaba un paso. Los tres amigos retrocedieron y levantaron sus respectivas armas. La bestia se detuvo, pero siguió gruñendo.

— No importa qué es, me importa si me va a comer o no —razonó Andrés—. Tenemos que rajarnos de acá.

— Pará, capaz que es vegetariano —quiso calmar Kiko a sus amigos.

— No seas pelotudo, Kiko. ¿No ves esas garras? Y esos colmillos, ¿te creés que los usa para comer lechuguita y rúcula?

— ¿De dónde carajo sabés tanto de dinosaurios? —preguntó Pilín a Andrés.

— Cómo se nota que nunca miran Animal Planet ustedes. Este es carnívoro al mango, tenemos que rajarnos.

— Pero si corremos es peor.

— ¿Qué te pensás que es un perro?

— Todos los bichos huelen el miedo.

— Si fuera por eso nos hubiera morfado hace rato. Hasta yo huelo el cagazo que tenemos.

Los tres hicieron silencio, tratando de pensar qué podían hacer para salir de esa situación enteros.

— Probemos movernos de a poco. Vamos haciendo de a un paso. El auto está atrás, así que vamos retrocediendo y si avanza nos frenamos para ver qué hace —propuso Kiko.

— Yo no me muevo ni en pedo —dijo Pilín.

— ¿Y qué querés hacer? ¿Nos vamos a quedar parados a ver quién muere primero? Este bicho debe tener como cinco mil años, no creo que se muera justo ahora.

— No sé, tirémosle piedras a ver si se asusta.

— Te dije que no es un perro. Es más  probable que se enoje y nos morfe.

— Tiremos le las lombrices para que se las coma y lo distraiga.

— Tampoco es una gallina, no va a comer lombrices. Quiere algo más suculento.

El bicho seguía mirándolos. Mostraba orgulloso sus dientes y escuchaba la conversación de los tres hombres con atención, moviendo la cabeza para un lado y para otro cuando cambiaban los tonos de voz.

— ¿Y entonces qué hacemos? —quiso saber Pilín.

— Sigamos el plan de Kiko. Contamos hasta tres y hacemos el primer movimiento y vemos qué pasa.

— Ok.

— Dale. ¿Quién cuenta?

— Yo cuento —dijo Andrés—. Ustedes que pueden verme me van copiando los pasos.

El silencio de los otros dos pareció aprobar su sugerencia.

— Uno, dos, tres.

Al unísono los tres retrocedieron un paso. El animal simplemente los miró retroceder. Andrés espero varios segundos para ver qué pasaba antes de volver dar otro paso. El procedimiento se repitió seis veces más. Los muchachos iban ganando confianza, cada vez esperaban menos entre un paso y otro. Cuando Andrés levantó el pie para dar el noveno paso el bicho rugió con una voz grave y un fuerte volumen. Andrés bajó el pie y lo dejó donde estaba. Decidió esperar a ver qué hacía la bestia. La tensión en los tres amigos era total. Tenían la respiración agitada y podían sentir la adrenalina corriendo por sus cuerpos.

— Parece que fue solo un gruñido —dijo Kiko, como pidiéndole a Andrés que se movieran.

— Vamos de nuevo a la cuenta de tres —dijo esto—. Uno, do…

El bicho volvió a gritar y comenzó a caminar hacia donde estaban los tres amigos. Olvidando que el plan decía que debían quedarse quietos y ver qué pasaba, los tres empezaron a correr. Esto llamó la atención de la bestia que también empezó a correr. Ni los yuyos ni las espinas parecían hacer mella en los tres hombres, quienes gritaban de terror en su dramática corrida.

Kiko se movía desbalanceado por llevar el balde que había vuelto a agarrar.

— Dejá eso boludo —le gritó Andrés cuando lo pasó.

— Es de mi vieja, me va a putear.

— Dejalo boludo que nos come.

Kiko dudó qué hacer, pero decidió hacerle caso a su amigo. Soltó el balde que cayó  de costado, dejando salir todo el agua. Cuando el animal pasó al lado del tarro blanco, se frenó. Quedó mirando algo que saltaba y se movía espasmódicamente en entre los pastos. El bicho gruñía y movía la cabeza. Como a cincuenta metros los tres amigos se frenaron para mirar qué hacía el animal. La bestia dio un zarpazo y tiró la mojarrita como a diez metros. Corrió y la atrapó clavándola con la uña. Se entretuvo unos segundos con el pescado y ese tiempo fue el suficiente para que los tres hombres salieran del predio de la laguna y llegaran al auto.

— Kiko sos un boludo, sugeriste tirarle las lombrices, ¿y no se te ocurrió que la mojarra le podía gustar más?

— Les dije que para algo iba a servir.

Pilín puso el auto en marcha y aceleró a fondo.

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2 comentarios en “De pesca

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