Gente indeseable

El mundial lo encontró recién mudado. Era una ciudad pequeña, sin grandes diversiones, pero la oportunidad laboral era mucho mejor de lo que le ofrecían en su ciudad.

La casa en la que vivía hacía dos meses tenía los muebles justos. Una cama, una mesa, dos sillas y un par de estanterías. Y lo más importante, un televisor 20” arriba de una mesita desvencijada frente a un sillón verde.

Había visto todos los partidos solo en su casa. Antes que arrancara el encuentro se compraba unas facturas, calentaba agua y se preparaba unos mates. En el entretiempo arrancaba con la segunda tanda de mates. Disfrutaba de estar solo, la mitad vacía  del sillón le permitía recordar a su familia.  Era extraño ver un mundial sin los suyos. Era casi un ritual para ellos juntarse frente al televisor grande del comedor para ver todos juntos los partidos. La madre cocinaba algo, si era al mediodía podía ser una pizza o unas empanadas para comer rápido y si era a la tarde hacía unos chipacitos, el hermano cebaba los mates, la hermana llevaba alguna torta, los sobrinos revoloteaban por toda la casa usando gorros de la selección y hasta la perra se tiraba en el comedor cerca de ellos y aullaba cuando ellos gritaban un gol.

Ahora esperaban a que terminara el partido para llamarse y hacer todos los comentarios que hubieran compartido si hubieran estado viendo juntos el partido. Durante los encuentros él puteaba solo, se sentía un poco ridículo, pero se daba cuenta que era más liberador, podía decir todas las groserías que se le ocurrían sin miedo a quedar como un desubicado.

Era un partido decisivo, ganar o quedar afuera. Podía ser un día histórico o una nueva frustración. El clima se había ido enrareciendo al pasar las horas. Las nubes cubrían la ciudad y a lo lejos se veía que estaba lloviendo. Diez minutos antes que arrancara el partido cayó el primer rayo y se desató la tormenta. No parecía gran cosa, seguramente sería algo pasajero, pero era suficiente para que la televisión digital se cortara.

—     DirecTV y la puta que te parió— gritó Iván, al mismo tiempo que apagaba el fuego en el que había puesto a hervir el agua—. ¿Y ahora?

Se asomó a la ventana y vio que la cosa no era tan pasajera. Las posibilidades de mirar el partido estaban realmente complicadas. Tenía que pensar en una alternativa urgente. Había un solo bar en la ciudad. Iván se abrigó y salió corriendo al bar Los Ángeles. Trotó tres cuadras y cuando iba llegando se alegró de ver que estaba abierto. Cuando estaba en la puerta le extrañó que estuviera vacío. Estaba acostumbrado a que los bares de su ciudad estuvieran repletos de hinchas vestidos para la ocasión.  Acá solo había dos mesas ocupadas con viejas que charlaban y tomaban café.

Entró y comenzó a girar, no encontraba el televisor. El local hacía una pequeña ele, se movió hacia el otro sector y allí estaba un hermoso televisor nuevo de 50 pulgadas en el que se veía un cocinero muy serio mostrando cómo se prepara el paté de ganso. Se sorprendió un poco, pero no se preocupó. Pensó que al haber solo mujeres y nadie reclamaba, el dueño no se había dado cuenta de la hora. Fue hasta el mostrador, como para recordarle.

—     Hola jefe, ¿cambiamos que ya arranca?

—     ¿Qué cosa?

—     El partido, la selección.

—     Ah, no. No me gusta el fútbol, me gustar cocinar, ¿Sabés?, así que dejo esos canales como para aprender algo.

—     ¿Pero no pone los partidos de la selección? Es el mundial.

—     Sí, algo leí, pero me aburro. Dos horas viendo lo mismo, para ver con suerte 2 o 3 goles, me parece una pavada. Además lo que están mostrando ahora es riquísimo, ¿comiste alguna vez paté de ganso?

—     Pe… —por la cara de desinterés del tipo se dio cuenta que no iba a cambiar de canal.

El plan B había resultado infructuoso, había que pensar en un C. Lo único que se le ocurrió era casi tan frustrante como no poder ver el partido. Una de sus compañeras de oficina lo había invitado a ver el partido con ellos en la casa de Lucas. Lucas era el jefe que tomaba como deporte perfecto el tenis, y que en los primeros días de trabajo lo había escuchado hablar pestes del fútbol, pero desde unos días antes del mundial había pedido que decoraran la oficina con globos celestes y blancos y cada vez que se acercaba a su escritorio le hacía un comentario futbolero, que por lo desacertado parecía haber sido escuchado de parte de una jubilada en la panadería. Igual Iván sonreía y le seguía la corriente por un par de minutos hasta que cambiaba de tema.

Pocas veces había visto fútbol con gente que no entendía el deporte y la había pasado mal, no creía que pudiera soportar una experiencia así durante un mundial. Por las charlas que había escuchado en los asados que había compartido con sus compañeros, ninguno era muy futbolero. Incluso había intentado organizar un partido en la cancha de fútbol 5 que había en la ciudad y no había tenido quórum en la oficina. Ninguna de la personas de su trabajo le caía mal,  pero no era gente para compartir un partido por de semifinal. De todas formas parecía que no tenía alternativa.

Salió del bar insultando en voz baja al amante de la cocina y corrió hasta la casa del jefe, llegó a la puerta empapado, se quedó debajo de la galería que había en la entrada, pensando si entrar o no, y antes de tocar timbre se alejó un poco de la casa, vio que no había ninguna antena satelital y supuso que peor era no verlo. Tocó timbre. Lo recibió Peláez, era el gordito que trabajaba a dos escritorios de él y que hasta ese momento le parecía simpático, pero verlo con la cara pintada mitad celeste y mitad blanca, le hizo cambiar el calificativo de simpático a medio boludo.

—     ¡¡¡Ehhh!!! ¡¡Ivancito, viniste!!  Uh, como llueve, estás empapado. Pasá, están todos en el comedor.

—     Gracias.

Entró y vio unas quince personas, todas con las caras pintadas, algunas con cornetas  y otras moviendo banderitas. Al ir acercándose al comedor Iván pensaba que el espíritu futbolero de algunas personas es como un oso que hiberna cuatro años entre mundial y mundial, y que de golpe se despierta excitado, pero como todos, cuando se despierta después de dormir tanto tiempo se levanta medio estúpido y sin saber qué es lo que corresponde hacer, entonces por las dudas hace todo lo que está a su alcance y no hizo durante el tiempo que hibernó.

Al verlo todos gritaron emocionados y excitados. Los que tenían trompetas y cornetas soplaron con todas sus fuerzas, las mujeres gritaron y quienes tenían banderitas las agitaron exageradamente.

Iván saludó a todos y vio que quedaba un lugar vacío en el sillón que estaba frente al televisor. Miró a todos y vio que a ninguno le interesaba sentarse ahí, así que rápidamente ocupó el asiento. El partido ya había empezado, iban cuatro minutos. Iván se alegró de no haberse perdido nada importante. Solo dos compañeros parecían realmente interesados en el partido, el resto variaba entre la charla y los gritos y lo que pasaba en la cancha. Algunos directamente ni miraban. Eran de los que van a compartir pero que no les importa el fútbol.

—     ¿Querés comer algo? —ofreció Lucas.

—     No, gracias. En el entretiempo.

—     ¿Seguro? Hicimos cupcakes —insistió Karina.

—     No, está bien —volvió a rechazar Iván sin dejar de mirar el televisor.

El encuentro tenía pocas jugadas de peligro, pero se vivía igual ese nerviosismo de que cualquier cosa que pase puede ser determinante. Los únicos tres que prestaban atención se veían tensos, estaban sentados al borde del sillón y no hablaban. Cada tanto daban una indicación o protestaban una falta que no cobraba al árbitro. Movían rítmicamente un pie o los dos. Un tiro de la selección pasó lejísimos del arco pero eso hizo gritar a una de las chicas que estaba miraba desde la cocina, y el efecto contagio hizo que varios gritaran de nervios.

Como a los quince minutos Karina hizo un comentario acerca de que ella había visto los partidos con otro relator.

—     Ah, creo que yo también. A ver, ¿en cuál era? —dijo Lucas, que hacía cualquier cosa por complacer a Karina, y cambió de canal justo que un rival estaba por patear un córner.

Iván se dio vuelta y lo miró con mucho odio, Lucas aparentemente se dio cuenta, pero le restó importancia.

—     Dame un segundo, que ya busco el otro canal que lo pasa, que tienen mucho más onda.

Después de varios segundos encontró el otro canal donde lo pasaban, alcanzaron a ver la repetición del córner, que terminó con un cabezazo que rozó el travesaño. Todo seguía 0 a 0.

—     ¿En ese es, no? —Lucas le preguntó a Karina.

—     Creo que sí.

Iván no quiso decirles que era un canal diferente pero con los mismos tipos hablando.

—     Sí, déjalo ahí —intervino con voz firme para que no perdieran más tiempo cambiando de canal.

Cerca de los 25 minutos un delantero argentino pateó y la pelota dio en el lado exterior de la red, los tres muchachos atentos se lamentaron, pero el resto gritó el gol y festejó incluso con papel picado. Cuando terminaron con sus payasadas uno de los hombres preguntó por qué el cartelito seguía diciendo 0 a 0. Iván no tuvo deseos de responder, así que ante la insistencia, Julio que era uno de los otros dos que miraba el partido, tuvo que explicarle. Todos se lamentaron pero la respuesta fue alentar más fuerte, así que se pusieron a gritar ¡Argentina, Argentina!

Iván se apretaba los dedos y se comía las uñas, estaba nervioso pero el bullicio le impedía concentrarse tranquilo en el partido y estaba comenzando a ponerse de mal humor.

—     ¿Chicos quieren tomar algo?

—     ¿Tenés mates? —se ilusionó Iván.

—     No, tenemos cerveza o fernet.

—     No, gracias.

—     Pero está lindo para mates, ¿preparamos? —sugirió Karina.

—     Dale, ya pongo el agua —exclamó el dueño de casa con una sonrisa.

Por fin parecía mejorar la cosa. El equipo estaba jugando bien, no corrían muchos riesgos, se los veía ordenados y cada tanto llegaban al arco rival. Y él iba a tomar unos buenos mates.

Pero no mejoró, el mate estaba preparado con edulcorante y una yerba horrible. Para colmo venia tibio. Le insinuó a Karina que calentara un poco más el agua.

—     Ay, pasa que me quemo muy fácil.

—     Ok, está bien —aceptó como para no parecer que tenía mala onda con todo lo que le ofrecían.

Otra compañera, Laura, se acercó y comenzó a hacerle algunas preguntas.

—     ¿Por qué hoy jugamos contra estos si no estaban en nuestro grupo?

—     Porque ya no estamos en el grupo, estamos jugando la semifinal.

—     Ah, ¿y ellos estaban en otro grupo?

—     Sí.

—     ¿Y cómo les fue?

—     Bien. Ganaron.

—     Ah. ¿Y son buenos?

—     Sí. Son complicados —respondía Iván sin sacar los ojos de la pantalla.

—     ¿Vos decís que le ganamos?

—     Supongo, estamos jugando bien.

—     ¡Buenísimo!

La chica se alejó e Iván pensó que era un alivio.

—     Chicos, dice Iván que ganamos seguro —escuchó la voz de Laura.

—     ¡Ujuuu! —gritó el grupo aglomerado en la cocina y comenzaron con el tradicional ¡Argentina, Argentina!

—     Vamos a festejar con Iván —sugirió alguien.

—     No, no —alcanzó a pedir, pero no fue escuchado.

Varios chicos y chicas se tiraron arriba de él. Alguien sin querer se sentó arriba del control remoto y cambió de canal. Cuando todos se levantaron riéndose Iván simuló su bronca pero buscó desesperado el control y cambió de canal y se volvió a sentar. Salvo los tres de siempre, los demás seguían dispersos y a los gritos, mirando el partido cada tanto. Iván extrañó más que nunca compartir el partido con su familia. Seguramente que estarían todos nerviosos y en silencio cebándose unos buenos amargos.

—     Está re aburrido el partido este —escuchó que decía alguien a sus espaldas.

—     Sí, ojalá que vayan a penales, es lo único que me gusta del fútbol.

—     Uh, no pero hay que aguantar el alargue que son como cincuenta minutos más de embole —retrucó la primera voz.

Como a los 35 minutos se volvió a acercar Laura.

—     ¿Por qué ellos juegan con la camiseta esa?

—     Ese es el color de su camiseta.

—     ¿Y por qué?

—     No sé, es el color tradicional de ellos —preguntó irónico y ya un poco fastidiado Iván.

—     Ah, claro, debe ser porque son re gringos. Tienen la cara re anaranjados —respondió la chica e Iván rogó que lo dejara concentrarse en el partido.

—     ¿Y las selecciones pueden elegir jugar con cualquier color o sí o sí tiene que ser uno de la bandera?

—     No sé, cada una elige.

—     Ah, qué copado. A mí me gustaría tener una camiseta negra y con detalles rojos. Queda buenísima esa combinación.

Iván no dijo nada, la chica seguía parada cerca de él, aparentemente mirando el partido.

—     ¿Qué pasa si perdemos?

—     Quedamos afuera.

—     ¿No jugamos más?

—     Sí, por el tercer puesto.

—     Buenísimo, ya tenemos excusa para juntarnos.

Laura se fue a seguir charlando con los demás.

En un rincón del comedor Valentín y Lucre intentaban jugar a las cabecitas, intentando completar el famoso CO CA CO LA, pero no pasaban de los dos pases seguidos.

Cerca del final del primer tiempo el árbitro cobró un córner para la Argentina. Lucas, que buscaba cualquier pretexto para manosear a Laura, propuso festejar el córner arriba de Iván. Otra vez se armó una montonera sobre él. Esta vez no lo soportó tan amablemente.

—     Dejen de joder, che. Vine a ver el partido —gritó el chico nuevo de la oficina y comenzó a empujar a los que lo aplastaban, que se fueron levantando de a uno y riéndose.

Terminó el primer tiempo. Pensó que podía aprovechar esos pocos minutos para mostrarse un poco más sociable. Se puso a charlar con Lucas, Karina y otro de los chicos. Aceptó un vaso de cerveza. Miraba a su alrededor y, salvo por las caras pintadas y las banderas, no veía clima mundialista. Supuso que cuando se juntaban para salir de noche, la escena era igual que ahora que estaban reunidos para ver un partido. Lo único que no encajaría con la previa de una salida eran los dos que jugaban a las cabecitas, Lucre se había aburrido y Valentín había quedado con Peláez.

Siguió conversando y tomando, hasta podría pensarse que estaba divirtiéndose de verdad. Miraba ansioso el televisor esperando el comienzo de la segunda mitad.

—     ¡Cabecéala! —escuchó que gritaba el imbécil de Peláez.

Se dio vuelta para ver a quien le gritaba el gordito y recibió el pelotazo en la cara. Todos se rieron y él mandó a cagar a Peláez. Cuando pudo dejar de reírse Lucas pidió a todos que no se desubicaran, que no se podía jugar al fútbol en la casa.

Estaba muy caliente, así que para no putear a nadie se fue un rato afuera. Era demasiado nuevo en ese grupo como para andar insultando a alguien porque le había dado un pelotazo jugando. Se quedó debajo de la galería. Miró las calles y le gustó verlas desiertas bajo la lluvia. Era un pueblo raro, con pocos futboleros, pero el vacío de las calles significaba que por lo menos se reunían a ver el partido.

Ya no estaba seguro si lo peor era no verlo, tal vez ver un partido con la gente inadecuada era peor. Sentía que no lo podía disfrutar, que no lo podía vivir. Sacó el celular, le puso los auriculares, se sentó en el piso con la espalda contra la pared.

Una de las FM de la ciudad retransmitía el partido. Comenzó a escuchar al relator, los equipos ya estaban en la cancha nuevamente. Entró a buscar un abrigo y antes que alguien lo interceptara volvió  a salir. Se sentó de nuevo, se movió un poco para estar más cómodo, cerró los ojos y se imaginó en el sillón al lado de su padre, comiendo un chipá. El relator ponía una emoción que adentro de la casa no podía escuchar. Escuchaba cada nombre y se imaginaba cada pase, cada corte, cada tiro al arco. Se estaba comportando como acostumbraba. Insultaba, daba indicaciones, sufría, alentaba. Se imaginaba a su padre haciendo los mismos gestos, al resto de la familia nerviosa, yendo y viniendo con mates, con torta, mirando el cronómetro de la tele, viendo los minutos pasar sin novedades en el resultado.

Ahora sí, ahora sí sentía que lo estaba viviendo. El ruido de la lluvia que caía en la calle lo hacía todo más épico. Ni siquiera escuchó a  Laura las dos veces que lo fue a buscar para que fuera a ver el partido con ellos

Terminaron los noventa minutos y no pasó nada. Le hubiera gustado tener más uñas, ya no sabía que morder.  Cada tanto pateaba la pared que tenía al frente como para despejar los nervios y la bronca y sacudirse el frío que empezaba a dolerle.

En la radio el relator mostraba el cansancio de los jugadores en la cancha. El equipo había perdido la pelota y se jugaba en su campo. Un lateral era un respiro. Y en el pueblo, todo era frío y la lluvia no aflojaba. Parecía un día pintado para ser triste. Un jugador quedó lesionado y todo se detuvo por un par de minutos. Iván pensó qué receta estaría viendo el viejo del bar. Por los auriculares escuchaba las publicidades radiales y comentaristas que se habían transformado en hinchas hacía mucho tiempo. El relator gritó una salvada de Mascherano como si fuera un gol y usó metáforas para clasificarlo de guerrero romano, de dios del olimpo y de combatiente inmortal.

Sobre el final la Argentina quiso despertarse para no tener que sufrir con la tortura de los penales, pero no pudo embocarla. ¿Ya estaría con taquicardia su viejo? ¿Quedarían chipacitos o de los nervios se los habrán comido a todos? ¿Y adentro de qué estupidez estarán hablando? ¿O ya habrán entendido lo que se jugaba y estarán concentrados en el partido? Pensó en entrar a ver si estaban mirando el partido, pero tenía miedo de cambiar de posición. No era momento para cambiar nada.

El silbatazo final dijo que no quedaba más remedio que tener que sufrir los penales. Se acordó del Goyco, pero también del papelito del Lehmann en el 2006 y del gigante holandés que había sido la estrella sorprendente y fugaz en el partido de cuartos.

Mientras los jugadores se preparaban, él corrió hasta un rincón de la galería y orinó apuntando a la calle, se alegró de lo desierto que estaba el pueblo y se quedó mirando para las esquinas. Después volvió a su lugar y trató de sentarse lo más parecido que podía a como estaba antes. Le vino bien estirarse un poco, ya tenía las piernas entumecidas por el frío y la quietud.

No era muy creyente de cábalas. Pero tenía miedo de hacer algo que perjudicara al equipo. Como todo futbolero, quería sentir que había hecho algo para ayudar. Así que cada vez que le tocaba patear a los holandeses así cuernitos y le rogaba a Romero que se hiciera grande.

Cuando todo terminó, se alegró de estar ahí afuera solo. No sentía el frío, tampoco escuchó cuando Karina lo fue a llamar para que festejara con ellos. Solo en esa galería escuchando a un relator emocionado y la lluvia que golpeaba la calle no tuvo que contener el grito desaforado que dio cuando metieron el último penal, ni tuvo que esconder las lágrimas cuando se imaginó festejando el triunfo abrazado a su hermano y a su viejo.

Anuncios

2 comentarios en “Gente indeseable

Hablemos como en casa, a calzón quitado. Comentá lo que quieras.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s