De Alegría

Basado en una historia contada por un paciente a mi padre

— Che, ¿cómo fue lo de tu viejo?

— Lo de mi viejo fue en la final del provincial del ochenta y siete. Si ganábamos íbamos a ir a jugar el regional contra los de Formosa y los de Corrientes. Era de esperar que pasara algo así, hacía casi quince años que el club no clasificaba ni al provincial, salir campeón no era fácil— arrancó por enésima vez la historia Nacho.

Estábamos jugando allá. Ellos eran como mil y nosotros habíamos llevado como tres bondis, contando en el que íbamos los jugadores, técnicos y un par de colados que siempre hay, ¿viste? Así que en la tribuna, bueno… en realidad los nuestros no tenían tribuna, sino que lo veían desde el muro que da a uno de los arcos, pero la cosa es que había como cien hinchas y obviamente entre esos, estaba mi viejo.

Esas canchas son jodidas, te escupen desde que  llegás hasta que te vas y te reputean todo el tiempo. Hasta las mujeres. Vos vieras como las viejas les gritan a los árbitros. Ni hablar si le pegás a sus hijos, se ponen como locas, a veces hasta entrar a la cancha para pegarte.

Bueno, la cosa es que yo era titular pero mi hermano era chico, así que iba al banco y a veces entraba.

El partido fue durísimo. A mí me reventaron a patadones. Como cinco me pusieron. Pero nosotros también los atendimos de lo lindo. Encima… ¿viste como son los árbitros cuando se juega en esos pueblos? Tienen un cagazo terrible hermano, si de pedo hay dos canas. A nosotros nos echó a dos y a ellos uno nomás, y porque fue muy evidente, pero le tenía que rajar como tres.

— Bueno, ¿y lo de tu viejo?

— Ahí vamos. A nosotros nos alcanzaba con el empate para clasificar y ellos tenían que ganar para pasarnos. Los tipos a los diez minutos nos embocaron con un centro y después no pasaron la mitad de la cancha. Se metieron los once abajo…los diez, en realidad. No había forma que salieran, y cada vez que avanzábamos, cortaban con fules y patadones de todo tipo.

Como a los veinte del segundo tiempo entró el Dani. De siete jugaba. Rapidísimo era, en realidad, todavía es, se cansa de hacer goles en los torneos de barrio. Entró un rato en el segundo tiempo. Como a los cuarenta minutos le tiran un pelotazo largo, le gana la espalda a su marcador y encaró en diagonal derechito al arco, cuando le sale el arquero define abajo al primer palo. Todavía me acuerdo como si hubiera sido ayer.

Nosotros estábamos festejando, éramos campeones, ¿entendés? Así que vimos un griterío bárbaro en la tribuna, o sea en el muro que estaban los nuestros. Mi hermano lo quiso saludar a mi viejo, pero no lo veíamos en el muro. Y los tipos que estaban ahí, ni cuenta se habían dado.

Uno solo lo vio —continuó el relato Nacho—. El Tato, que estaba al lado de mi viejo antes de que se cayera. Dice que empezó a gritar y llorar. Después se agarró el pecho, lo miró al Tato con los ojos muy abiertos y con una sonrisa y se cayó del muro. Cayó de espaldas y golpeó un poco la cabeza.

Nosotros no supimos nada hasta que terminó el partido. El árbitro adicionó como cinco minutos y cuando terminó quisimos dar la vuelta olímpica pero nos cagaron a cascotazos.

No sabemos cómo murió, si fue por el golpe que se dio cuando cayó, si antes con el paro, o si fue un rato después, ¿entedés?

— ¿Pero no saben de qué murió? —preguntó incrédulo Aníbal—. ¿Qué dijeron los médicos?

— Mirá, al tipo lo convencimos que pusiera en el certificado como causa de muerte: “Alegría”. Mi viejo murió de alegría.

— Mirá vos. Y después que terminó el partido, ¿qué pasó?

— Nos volvimos en el bondi. A mi viejo lo pusimos en dos asientos y lo trajimos así. Y los hijos de puta sabían lo que había pasado, y ni así aflojaron. ¿Entendés? Ni un poquito de respeto o piedad tuvieron los hijos de puta. Nos reventaron los vidrios a cascotazos. ¿Podés creer? El de la funeraria le tuvo que sacar dos pedazos de vidrios de la cara a mi viejo, pero dicen que el tipo dijo que lo más difícil de sacarle fue la sonrisa que todavía tenía.

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Un comentario en “De Alegría

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