Una buena vida

De tanto haberlo escuchado estaba seguro que al llegar me recibiría un viejito sonriente que después de algunas preguntas me dejaría entrar, o no. Pero la recepción fue muy distinta y un poco chocante. Un par de patovicas con remeras negras bien ajustadas me palparon y después me hicieron pasar de un solo empujón y diciendo con indiferencia  “Pasá, dale pasá”.

Del otro lado de las rejas había un caminito que llevaba a un pequeño edificio que tenía varias puertas. En cada puerta había parada una promotora vestida de calza negra y remera negra bien escotada, maquillada sutil pero sensualmente. En la remera tenían un auspicio de una cadena de panaderías. Todas sonreían. Por instinto caminé a la puerta en la que estaba la morocha con el escote más grande y mejor relleno, me sonrió y abrió la puerta.

Entré, era una pequeña oficina con un escritorio y dos sillas, me senté en la que estaba más cerca de la entrada. Detrás de la otra silla había otra puerta. Esperé unos diez o quince minutos, que se me hicieron bastante cortos, como si el tiempo no existiera, y llegó un tipo bien vestido pero informal, jean y camisa, barba de tres días, rubio. Me saludó sonriendo, me dio la mano y se sentó.

–          Necesito que complete estos papeles, debe ser lo más preciso y minucioso posible. Está de más decirle que cualquier dato falso será detectado de inmediato y castigado rigurosamente, incluso con la revocación eterna del permiso de residencia. Cuanto más exacto sea en sus descripciones, más cómoda y placentera será su estadía. ¿Entendió?

–          Sí, clarísimo. ¿Sería algo así como una declaración jurada?

–       Algo así. Cuando termine toque la campanita esta y yo vengo a buscarlo –dijo dejando los papeles y una lapicera y se fue.

Hojee el cuestionario, eran unas ciento cincuenta preguntas que abarcaban de todo, como color preferido, mejor día de mi vida, miedos, pasiones, nombre de amigos, ídolos, profesión, parientes queridos y no queridos, cinco libros que llevaría a una isla y otras ciento cuarenta preguntas.

Tardé unas cuatro horas en completar el formulario, pero una vez más no sentí el paso del tiempo y hasta me divertí recordando muchas cosas y pensando algunos episodios de mi vida. Repiqué la campana y el funcionario se presentó y comenzó a explicarme el funcionamiento de este lugar.

–            Cada uno lleva adelante esta segunda existencia según sus pasiones y las motivaciones que ha tenido en la primera, se pasa la mayor parte del tiempo en aquello que lo apasiona.

Si alguien llega con dos o más pasiones puede repartir el tiempo como más lo desee. Por ejemplo, los científicos apasionados pueden pasar horas frente a un pizarrón desarrollando fórmulas; tenemos autódromos gigantes atestados de fanáticos de la velocidad; las madres que no sentían más estímulos que los de criar niños, aquí se dedican a trabajar de niñeras o de maestras jardineras y son felices atendiendo a veinte chicos a la vez  durante turnos de doce horas; los que sentían en la pesca la única forma de libertad y relax pueden pasar un mes entero en la orilla de algún río o lago, y lo mejor es que al volver a su casa la esposa, o quien fuere, lo esperará con el fuego listo para tirar los dorados o surubíes que él haya conseguido y lo recibirá con un gran beso de bienvenida. Otro ejemplo es el los señores que lo recibieron a usted en la entrada, ellos fueron patovicas toda la vida y sentían regocijo al empujar a alguien, al maltratarlo y su nirvana era cuando llegaba alguien que no podía pasar, sentían un placer cercano al orgasmo al decirle: “Vos no pasás. No, no pasás. No insistas, vos acá no entrás”. Ahora ya no pueden ser tan violentos, pero cada tanto se dan un gustito.

Además de esto el funcionario me explicó algunas reglas básicas de comportamiento y convivencia que había que seguir. Predominaba el sentido común y el “No hagas lo que no te gustaría que te hicieran”. Me dijo que esperara un rato que tenían que procesar todos las preguntas para darme un lugar lo más acorde posible a mi felicidad. Salió de la sala y volvió a los pocos minutos con uno de los cinco libros que yo había indicado como indispensables para llevar a una isla.

–          Se lo dejo, por si quiere leer mientras espera.

Arranqué a hojear “Los trenes matan a los autos” y sin darme cuenta estaba en el cuarto cuento cuando el funcionario entró a la sala y me indicó que estaba todo listo. Me pidió que lo acompañara, rodee el escritorio y salimos los dos por su puerta. Me indicó la salida que estaba al final del edificio.

–            Allí comienza todo –dijo con una sonrisa de esas que te hacen subir al auto de un desconocido-. Bienvenido, acá disfrutará tanto como usted merece.

Me dio la mano y emprendí el camino hasta la puerta que me empujaría a mi nueva vida. Mientras caminaba por el pasillo fui viendo un montón de salas con gente leyendo. Había algunas biografías, algo de política, poquísima poesía, mucha novela policial, algo de cuentos y lo que más se veía eran libros de autoayuda de todo tipo.

Giré el picaporte con un pequeño miedo en el estómago, como quien se mete en una cueva sin saber qué lo puede esperar adentro. Estaba convencido de que nada malo iba a pasar, era solo miedo a lo desconocido. Traspasé la puerta y me cegó un brillo tan intenso como el que siente un albino en pleno día. Tardé unos segundos en recuperar la vista y comenzar a hacer foco. Lo primero que noté es que afuera no hacía ni frío ni calor y mi ropa era la adecuada para esa temperatura, tenía una bermuda de jean, unas alpargatas y una camiseta de Racing. Lo segundo que percibí fue un murmullo conocido, algo como una tonada.

Después del reconocimiento auditivo comencé el visual. Yo ya había pisado esas veredas con pequeños baches y de mosaicos rallados y fuertes estrías ideales para hacer mucho ruido con los carritos que las viejas usan al ir a lo del verdulero; en la esquina se veía un par de sauces llorones inclinados hacia la calle, que eran arterias rectas en las que no circulaba ningún auto, solo caminantes. Después, en una charla nocturna en un bar, me explicarían varias de las cosas que no entendí en esos primeros minutos, o días mejor dicho porque tardé bastante en entender varias cosas. Lo que para mí era Sáenz Peña para otros podía ser San Martín de los Andes, Ámsterdam o Sídney. Cada uno vivía donde más feliz había sido, o donde más recuerdo atesoraba o simplemente donde tenía ganas. Así mientras uno podía estar hablando con una mina pensando estar en el Caribe, ella podía estar pensando en que estaba en los Alpes. Esto generaba absurdos y se veía hombres en zunga hablando con mujeres en traje de esquiadoras.

Entendí que no había un lugar donde hubiera sido más feliz que allí donde me pasé la niñez pateando pelotazos contra la pared de mi casa, yendo en bici a todos lados y donde tuve una adolescencia con arrebatos de rebeldía, con mucha estupidez como todas las adolescencias y amistades que pretendían ser duraderas a pesar de todo.

En ese bar también me explicaron que no existían autos porque no eran necesarios, ya que trasladarse era cuestión de voluntad.

El termostato también lo adoptaba uno, lo que aumentaba los absurdos y muchas veces se escuchaba las preguntas: “¿No tenés frío?” o “¿No tenés calor?”, pero la respuesta era siempre “No”.

 

Después de varios días entendí que por el formulario que había completado viviría entre tres pasiones: fútbol, literatura y mujeres.  Todo estaba tuneado a la medida de uno y lo que no se podía compatibilizar para hacer feliz a todos por lo menos no te hacía sufrir tanto como en la vida. Por ejemplo, como hincha de Racing obviamente no podía ver ganar siempre a mi equipo, pero si perdía hasta para el más fanático el sentimiento más triste se podía expresar con una levantada de hombros y un “¿Qué le vamos a hacer?”. Si una mina te emputecía, la encarabas y si no te daba bola, cuando mucho ibas a estar triste hasta la noche, cuando te despertabas se te cruzaba otra que te podía gustar tanto como la del día anterior o a lo mejor disfrutabas de estar solo unos días.

Antes de seguir creo importante hablar del tema de la edad. Uno permanecía con la edad que había llegado, así que le agradecía a diario al imbécil del camionero que se había quedado dormido en la ruta. Yo llegué con la edad justa, en la franja etaria que mueren los famosos y los mesías. Sin duda que era la mejor edad para disfrutar del sexo y tenía un target etario verdaderamente amplio. Además todavía tenía edad para jugar al fútbol sin dar mucha ventaja de velocidad a los pendejos. Con respecto a los libros estaba lo suficientemente maduro para entender todo lo que me gustaba y tan joven como para no espantarme con lo moderno, lo escatológico o lo delirante.

 

Gracias a la inexistencia de las distancias un viernes podía jugar un picado en una avenida de mi barrio o en cualquier potrero con mis amigos, volvía a mi casa, me pegaba un baño y al rato estaba en Avellaneda disfrutando de un buen partido. Esos eran momentos mágicos, tan emocionantes como puede ser para un gordo viejo volver a encontrar el dulce preferido de la infancia, o mejor, como el reencuentro de un abuelo con un nieto que creía desaparecido. En cada tribuna uno podía ver a todos los hinchas que ahora estaban en aquella nueva vida. Así lo vi al General, que sin confirmar ni negar los rumores que decían que simpatizaba por otro club, confesaba que no era tan fanático pero que cuando se aburría de la política se daba una vuelta por su estadio; Carlitos sí iba todos los partidos y a pedido del público en los entretiempos cantaba unos tanguitos, eso hacía que a veces se retrasara el inicio del segundo tiempo; el que me sorprendió un poco fue John Lennon, había escuchado rumores pero no sabía si creerlos, igualmente siempre iba y preguntaba si jugábamos contra el Celtic, nunca escuchaba la respuesta que quería y entonces se iba; cuando Carlitos andaba mal de la garganta o cuando escuchaba un avión y le daba pánico, se encargaban del entretiempo entre Astor y Don Atahualpa que nos emocionaban tanto mucho más que los de adentro.

Cuando terminaba el partido todo el mundo salía cantando, sin importar el resultado. Y afuera esperaban humeantes unos cien carritos choripaneros. Era hermoso, te podías comer dos o tres con todas las pelotudeces que quisieras y no te caían mal.

Si ganábamos me quedaba por la zona, iba a algún bar o bodegón a charlar del fútbol. Si perdíamos me volvía a casa.

 

La vida nocturna era tan deliciosa como comer dulce de leche del tarro. Si acá hay múltiples opciones, ahí eran infinitas. Si estabas melancólico podías buscar uno de esos boliches a los que ibas de adolecente y ya han desaparecido. Si te sentías un poco salvaje te ibas a saltar drogado por horas al ritmo de la música electrónica a una playa de Ibiza; si te querías hacer el culto te podías dar una vuelta por Viena a ver a Beethoven. Todos los grandes artistas daban un par de conciertos al año, por suerte había comités regionales que coordinaban los conciertos para que no coincidieran los de los principales artistas.

Era hermoso, si te gustaba la joda podías estar toda la noche de fiesta y reviente y podías tomar todo lo que quisieras y al otro día te levantabas espléndido, sin ninguna huella de lo que había pasado durante las horas que el sol estaba oculto. El único límite era no joder a nadie. Cuando te ponías pesado con alguien, molestabas una mina o te hacías el vivo con algún tipo, aparecías a cien kilómetros de donde estabas. De esa forma se manejaban las cosas allá.

 

Otro tema eran las fiestas de fin de año. Aunque no había fronteras todos se iban agrupando más o menos con los de su misma nacionalidad, salvo los snobs que decían querer absorber nuevas culturas, los resentidos que preferían no ver a ninguno de sus conocidos y los deudores seriales que se refugiaban en donde jamás nadie pudiera reconocerlos y reclamarles las viejas cuentas. Aunque nadie les hubiera reclamado nada, era pura paranoia.

Así cada uno pasaba las fiestas con los mismos de siempre y se respetaban las tradiciones religiosas que cada uno arrastraba, básicamente para no tener que cambiar los días festivos en el calendario. Para los que, como yo, llegaban antes de tiempo y no tenían muchos conocidos, siempre había una familia o un grupo de amigos dispuestos a cobijar al recién llegado.

Y la comida de las fiestas, eso sí que era un verdadero placer. Uno se sentía tan bien y tan liviano que podía comer todo lo que quisiera sin llegar jamás al hartazgo. Podías arrancar con lechón caliente con ensalada rusa, repetir dos o tres veces lengua la vinagreta, probar el vitel toné y decir que no estaba igual que el de la madre de uno, devorar medio chivito, seguir con un choripán, limpiar toda la carne de unas costillas y todavía habría lugar para la ensalada de fruta con helado o el clericó. Y al llegar las doce, después de brindar con un exquisito champán, podías comer sin culpa y sin molestia una porción de pan dulce, un manojo de confites y dos de almendras y jamás te sentirías tan lleno como para putearte a vos mismo por no haber parado a tiempo y haberte dejado conquistar por la terrible gula que siempre te consumió. Algo extraño era de dónde salía esa comida ya que no había mucha gente que trabajara (solo aquellos que sentían pasión por el trabajo, y sabemos que son pocos), era difícil imaginar quién había cosechado esas plantas o criado esos animales. Son cosas en las que uno no piensa hasta que te pasan.

 

Con respecto a las mujeres, ya conté que nadie sufría de amor, solo quedaba una pequeña tristeza. Para ellas era igual, si alguno no le daba bola, si la engañaba o prometía llamar y después se borraba a comprar cigarrillos, la mina no se deprimía, no sentía resentimiento ni se quedaba esperando eternamente al estafador.  Pero cuando la cosa andaba bien todo era delicioso y la mayor parte de las relaciones terminaban amistosamente y en el momento justo. Había tanta oferta que no tenía sentido estirar algo que no funcionaba. Imaginate que había minas hermosas de todas las épocas. Por suerte todos llegábamos con el cuerpo en buen estado, porque si yo hubiese llegado con la cara como me la dejó el camión, no me hubiera dado pelota nadie. No te voy a decir que había muchas famosas lindas, porque la mayoría llegan octogenarias y no da para encararlas. Por ahí venía alguna modelito anoréxica o alguna cantante pasada de pastillas. Había cierta adrenalina al momento de encarar porque no solo tenías que imaginarte la edad si no también la época en la que habían llegado, no podías hacer el mismo chamuyo con una del mil ochocientos que con una de la década del cincuenta y menos con una contemporánea.

 

Y sobre los libros, eso era fantástico. Uno sentía que tenía todo el tiempo del mundo y había bibliotecas en las que encontrabas lo que quisieras, incluso había copias de todos los incunables en buen estado. Jamás te cansabas, podías leer horas sin sentir sueño o cansancio. La mente estaba más liberada y parecía que en la cabeza entraban todos esos mundos de fantasía y el cuerpo parecía trasladarse a cada uno de esos paisajes irreales.

 

Creo que ya dije que el tiempo parecía no existir, por lo que no sé cuántos años estuve. O tal vez, solo fue un día en que todo eso entró en mi cabeza, un día que fue una pausa entre aquel cuerpo y este que soporto hoy. Al final, tenían razón los hinduistas.

Aquella era una buena vida. Y ahora, acá estoy, pastando en el medio del campo. Ni siquiera me tocó ser un toro reproductor. Tengo las tetas colgando, me paso todo el día rumiando y mirando los autos pasar con esta mirada melancólica. Podría ser peor, podría tener la mirada estúpida y absorta que tienen las otras.

Así que acá estoy, todo el día caminando con cuidado, despacito, porque acá si te lastimas te convertís en una hermosa combinación de achuras y matambre a la pizza. Hasta ahora me salvo porque me usan de vientre, pero sé que tengo una carrera corta. Tal vez sea mejor porque esto es muy aburrido. Se ve que las otras no se acuerdan de la vida anterior, si no, no tendrían esa mirada, así que no puedo hablar con nadie, porque si hablo van a creer que estoy loca y si piensan que sos una vaca loca te liquidan antes.

Así que voy a esperar mi turno para terminar convertida en chinchulines trenzados y un costillar al lado de una bondiola de cerdo, que tal vez antes fue contador o cantante pop.

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