El hombre del fuego

El hombre ya estaba harto de su mujer. Ese ser, casi tan peludo como él, lo hostigaba todo el tiempo. Con sus señas casi simiescas siempre demandaba más. Más cuero para abrigarse, más animales para comer, más piedras para hacer collares. Cuando no estaba feliz daba gritos guturales, parecidos a los del chajá gigante, y muchas veces lo había despertado dándole golpes.

 

La cueva estaba en la mitad de un cerro, se accedía trepando una pared con una inclinación de cuarenta y cinco grados, por donde él ya había marcado un camino con sus pisadas y sacando arbustos y árboles que hacían más dificultoso su caminar. La caverna tenía unos quince metros de largo por unos tres de ancho. Era cómoda, pero baja, por lo que estaban obligados a andar agachados en la mayor parte de lo que era su hogar. Usaban el fondo de la caverna para guardar la comida, él había descubierto que se conservaba mejor si la guardaba cubierta con un cuero liviano en el fondo de la caverna, donde la temperatura era inferior.

Dormían en un colchón de paja que ella había hecho. Había juntado largos yuyos y los había dejado secar al sol, luego los había acomodado en el medio de la caverna formando un cuadrado donde podían yacer los dos, siempre y cuando estuvieran de buen humor, si no él terminaba durmiendo sobre la tierra en la entrada del lugar.

 

Era una época difícil para nuestros antepasados. Estaban enfrentando una transición entre el Homo Neanderthalensis y el Homo Sapiens. Esta transición les generaba una crisis de identidad. Muchos se preguntaban:

–          ¿Qué somos? ¿Homo Neanderthalensis u Homo Sapiens?

Solo algunos se animaban a revelar esta duda psicológica naturalista. La mayoría vivía tratando de adaptarse a sus pares sin hacerse preguntas, por miedo a ser juzgados. De todas formas la comunicación no era sencilla, y muchas veces cuando alguien intentaba hacer una pregunta tan compleja terminaba recibiendo un garrotazo en la cabeza como toda respuesta.

Esta duda existencial que asaltaba a algunos humanoides, no es un detalle menor, ya que dependiendo en qué especie de Homo se encontraban sería su objetivo en la vida. No es lo mismo ser un Homo Habilis que como máximo logro tenía hacer una flecha con una piedra o un martillo con una piedra y un palo, que ser un Homo Erectus que para no ser desplazado de la manada y enviado a vivir con los simios debía lograr ponerse de pie y caminar sobre sus dos patas traseras al menos cincuenta y seis metros seguidos. Muchos fueron desplazados fuera de los grupos de cazas por no haber logrado superar esta prueba. No era extraño ver a un hombre caminar en cuatro patas con la cara larga mientras sus ex compañeros de cacería lo señalaban con el dedo y se burlaban con fuertes carcajadas y le arrojaban piedras.

Esta transición significaba caída del cabello de todo el cuerpo, dolores de ciático por los intentos de andar erguido sin estar aún los músculos acostumbrados, dolores en los talones que anteriormente no se usaban para apoyarse, pérdida de masa muscular en los brazos que ya no necesitaban tanta fuerza debido a que no eran usados para impulsarse ni para trepar árboles tan frecuentemente y problemas digestivos debido a cambios en la alimentación.

 

Una escena típica en la caverna de nuestro hombre se daba cuando él volvía de cazar. Ella solía esperarlo en la caverna barriendo con un atado de ramas de arbusto o preparando una mezcla de hierbas que había recolectado mientras él perseguía un castor gigante o trataba de pescar un celacanto. Al llegar, el hombre se mostraba satisfecho con su presa, la levantaba para exhibirla y mostraba una sonrisa deformada por la falta de numerosas piezas dentales detrás de la madeja de pelos que formaban su barba, ella miraba la presa, lo miraba desdeñosa abriendo exageradamente los ojos, se mordía el labio inferior, juntaba las yemas de todos los dedos de su mano derecha y movía esta de forma repetitiva de manera vertical con ligeros movimientos de su muñeca. El hombre entendiendo el mensaje tiraba el animal y luego insultaba al aire con sus sonidos roncos mientras se daba vuelta para salir de la cueva en busca de un nuevo alimento.

Él caminaba en su nueva búsqueda pensando: “Nunca le alcanza. A esta si no le traigo un oso cavernario, no la conformo. La próxima la mando a cazar a ella, a lo mejor tengo suerte y un tigre diente de sable se la come”.

Otras veces si ella consideraba que la presa era demasiado pequeña comenzaba a aullar y a dar saltos como un mono y luego le arrogaba piedras al hombre, quien para poder calmarla debía golpearla con su garrote, reiteradamente. Mientras ella yacía desmayada él sonreía, pero lo hacía con culpa y con miedo pensando que ella podía verlo incluso estando dormida.
Es verdad que él no era de un carácter dócil ni tolerante. Muchas veces ella intentaba seducirlo con el mero fin de la reproducción y él terminaba rajando su garrote en la cabeza femenina. Sucedía que ella aprovechaba la piel de mamut que él conseguía con gran esfuerzo, a veces cazando él mismo a la bestia y otras cambiándola por carne de otro animal. Como decía,  ella aprovechaba esa piel para innovar y confeccionaba nuevos modelos más seductores y él poco despierto y más práctico se molestaba al ver esas prendas que no abrigaban todo el cuerpo y a veces solo llegaban hasta los muslos peludos de ella y otras dejaban al descubierto gran parte del torso. Entonces él sujetaba una de esas prendas y las refregaba por la cara de ella y luego le daba un golpe y le ordenaba que fuera hasta la parte posterior de la caverna, como cuando intentó adiestrar el cachorro de mastodonte. A veces pensaba que si no se lo hubieran comido, hubiera sido más fácil hacer de ese bicho un animal doméstico que hacerla entender a ella que se debía aprovechar toda la piel del mamut.

A veces ella estaba de buen humor y era amable, dulce y lo dejaba descansar en paz sobre el colchón de paja cubierto con acolchado de piel de oso relleno de plumas de teratornis que ella misma había fabricado, cociéndolo con un colmillo de tigre diente de sable. Pero esos días eran los menos, lo usual era verla descargar su furia y su rusticidad sobre el hombre. Lo que más la irritaba era su aparente holgazanería.

Muchas noches él se pasaba horas observando la forma en que titilaban las estrellas, cómo algunos astros caían precipitadamente en el horizonte, cómo la luna mutaba de forma noche tras noche y se movía por el cielo o aguzaba el oído para reconocer las bestias y trataba de entender sus lenguajes. Durante el día también dedicaba gran parte del tiempo a observar desde la entrada de la cueva distintos fenómenos, como la forma en que los predadores cazaban a los pequeños animales, cómo los árboles se inclinaban buscando sol, cómo el cambio de dirección del viento modificaba el comportamiento de las bestias, el movimiento de las nubes y cómo el sol abundante le permitía andar sin abrigo y hacía girar las plantas.

Todo eso para ella era pérdida de tiempo y lo golpeaba inesperadamente cuando lo encontraba observando. Frecuentemente le metía un cachetazo en la nuca y otras veces con el palo que usaba para ablandar la carne de mastodonte, pero el final siempre era el mismo. Ella después del golpe echaba a correr y él se levantaba desesperado y la perseguía por la caverna, algunas veces ella lograba escapar y podía salir de la cueva y rodaba cuesta abajo los novecientos sesenta y ocho metros que separaban la boca de la cueva del rocoso suelo de la quebrada que la albergaba y se ponía a salvo del garrote de su hombre para volver a las horas, cuando él ya estaba calmo. Pero la mayoría de las oportunidades no lograba escabullirse, él la arrinconaba y con su palo de amansar ideas le explicaba que eso no se hacía, que no se golpea por detrás a alguien que esté estudiando la naturaleza. Ella entendía el mensaje, sólo por un par de días.

En esos momentos de contemplación él había logrado comprender la forma en que huían las presas cuando intentaban ser casadas por otros hombres o por bestias más grandes, lo que lo había hecho un cazador más eficiente. Había entendido lo que significaban algunos movimientos del cielo y por eso sabía cuándo debían guarecerse de la lluvia o prepararse para enfrentar el frío. Sin embargo, existían miles de misterio que el hombre todavía no podía descifrar, él culpaba de esto a la mujer que no lo dejaba estudiar más la vida y la naturaleza. Existían dos grandes misterios que lo desvelaban más que nada, uno eran los rayos fulminantes que veía en el cielo cuando había tormenta y el otro cuando el sol se ponía negro durante el día por unos minutos en los que todo era oscuridad y solo se escuchaba los aullidos desesperados de las grandes bestias. Él creía que eran dos castigos de un ser superior, de alguna fuerza tan grande que nadie conocía ni podía explicar.

Una tarde estudiaba una fuerte tormenta desde la entrada de su caverna, observaba tranquilo porque esos días ella comprendía que era peligroso ir a cazar y no intentaba echarlo de la cueva, entonces él miraba cada detalle con atención y usando piedras hacía dibujos en su muro para recordar luego la tormenta. En eso estaba cuando de repente una gran explosión lo asustó de tal forma como solo un mamut lo había hecho un día que casi lo ensarta con uno de sus colmillos en una cacería que terminó con dos compañeros muertos. Después del estruendo el hombre corrió hacia el interior de la caverna y se refugió detrás de una roca, donde ya estaba ella, que sollozaba y temblaba. Se quedaron juntos unos minutos, pensando que algo malo les sucedería. Como aquel ruido sólo se repitió un par de veces y cada vez de forma más débil, el hombre se animó a asomarse para mirar el exterior de la caverna.

Cauteloso caminó hasta la entrada de la cueva y desde allí pudo ver un gran árbol que se incendiaba en el pie de la montaña donde vivían ellos. Comprendió que el estruendo había venido de allí. Bajó la pared de la montaña y llegó a unos pocos pasos del fuego. Primero no se animó a acercarse demasiado y sólo observaba desde lo alto, pero luego fue avanzando de a poco. A unos 342 metros de él, la mujer miraba la escena con pánico. Él veía cómo lenguas amarillas y rojas avanzaban en todas las direcciones y se levantaban irregularmente. Podía sentir el aumento de la temperatura en el ambiente, quiso saber qué pasaría si tocaba ese fenómeno generado por el rayo. Entonces estiró la mano y toco el fuego. Fue una sensación nueva, rara, ardiente, desagradable, dolorosa y provocadora de pánico. El hombre se desesperó, agitó la mano, gritó y corrió. Mientras él trepaba la colina para llegar al refugio y la seguridad que representaba la cueva, ella se revolcaba en el piso dando agudos gritos y exclamaciones, que hoy podríamos interpretar como carcajadas. Esas exclamaciones se hicieron más fuertes cuando llegó a la caverna y ella pudo ver su cara de miedo.

Cuando pasó el fuerte ardor que sentía en la mano su curiosidad lo tentó a volver allí, a donde estaba el fuego. Quería probar sus poderes.

Se arrastró nuevamente por la pendiente y se paró frente a aquella fuente de calor inexplicable. Esta vez no intentó tocarlo, si no que clavó en una lanza una gineta, bicho antiguamente doméstico, y lo acercó al fuego. Con paciencia fue viendo cómo los colores, la forma y la textura de aquel animal iban cambiando. Cuando su cuerpo se lo exigió, consumido por la tentación, sacó la gineta y le clavó su pobre dentadura. De inmediato comprendió que el calor era duradero, y sintió un ardor en el paladar, por suerte más leve que el que había sentido en la mano. Comenzó a soplar su cena, haciendo que se movieran los largos pelos de su barba. Después de unos minutos empezó a comerlo lentamente, disfrutando de aquello. Supo que había logrado algo que probablemente nunca había sido logrado por otro bípedo. Había cocido carne.

Quiso llevarse con él un poco de ese fenómeno. Agarró una rama caída, y la acercó al fuego, esta estaba húmeda y tardó en encender, pero lo hizo. Él vio que el fuego se podía trasladar, corrió con su flameante antorcha hasta su hogar. Allí dentro la miraba y veía cómo se iba consumiendo, cómo el fuego avanzaba y luego cómo se extendía.

 

El fuego del exterior se apagó solo, con la fuerte lluvia que cayó durante días. El hombre estuvo compungido y confundido un tiempo, pero analizando todo lo que había generado esas llamas, supo que era la fuerza más poderosa de la Tierra, y que necesitaba dominarla.

Desde ese día comenzó a adorar el fuego.  Sabía que revolucionaría su vida y probablemente la de todos sus descendientes. Rogaba volver a encontrarlo, volver a sentirlo, volver a comer un manjar asado.

Luego de cada tormenta recorría el bosque que rodeaba la montaña buscando árboles incendiados. Sufrió varias tormentas pero no encontraba fuego. Estaba desconcertado, no lograba entender ese fenómeno y no tenía material para estudiarlo. Pasaba horas mirando el cielo cuando llovía intentando entender el prodigio de los rayos. Sabía que había alguna vinculación entre ellos y el fuego que admiraba y buscaba. Entendió que debía detectar dónde caían los rayos y que allí hallaría el fuego. Lo sabía, pero no era fácil encontrar el lugar exacto o los rayos caían demasiado lejos. Pero un día, casi cinco meses después del primer episodio, un rayo cayó cerca. Él lo supo por la potencia del estruendo. Esta vez no se asustó, lo había estado esperando demasiado tiempo. Cuando el eco del rayo se apagó, él corrió a buscar el lugar del impacto. Casualmente había sido cercano al primer árbol incendiado.

 

Acercó dos ramas al fuego y espero que se prendieran y volvió a subir a su hogar. Allí ya tenía preparado, hacía semanas, una pila de maderas y hojas secas. Arrojó las dos ramas incendiadas sobre ese montón y las llamas brotaron de inmediato. Satisfecho, miró su creación por unos minutos pero al ver que las ramas se consumían entendió que necesitaría más  madera para mantener el fuego encendido.

Pensó qué hacer, no sabía cuánto tiempo se mantendría encendida la pira. Se le ocurrió una idea, pero no sabía si resultaría. Se acercó al colchón de paja, extrajo un montón con las dos manos y los tiró al fuego, las llamas se avivaron. El hombre sonrió, volvió a acercarse al colchón, pero esta vez ella lo estaba esperando parada sobre el mismo y se mostraba amenazante con un garrote y mostrando su dentadura. Él supo que era una guerra territorial que probablemente perdería y no tenía tiempo para domarla y hacerle entender la importancia de lo que se estaba jugando. Se desesperó unos instantes y luego salió corriendo.

Cansado, casi extenuado volvió a la caverna con varios trozos de madera. Pero por la abundante lluvia estaba mojada. Conocedor ya, supo que tardarían en encenderse. Las acercó con esperanzas de que la magia de ese fenómeno las prendiera, pero no ocurría con la velocidad que él deseaba. Ansioso y temeroso de que las llamas se extinguieran, y con ellas una investigación de tanto tiempo, supo que debía extremar las medidas. Sonriente y amable la llamó a ella hasta la entrada de la caverna indicándole que afuera había algo que quería mostrarle. Cuando ella estuvo cerca él le indicó hacia afuera y cuando ella estaba mirando hacia el exterior el hombre le metió un nuevo garrotazo, poniéndola a dormir. Rió un rato y después se arrepintió. Arrastró el cuerpo dormido de la mujer hacia un árbol cercano a la entrada  y corrió hasta el colchón. La paja que sacaba de este alimentó el fuego suficiente tiempo como para secar los troncos que una vez deshidratados se encendieron.

Así el hombre supo que su fogata no se apagaría nunca, ya sabía cómo mantenerla.

 

Varias horas después ella volvió a la caverna con sus pelos ensangrentados y con un muy mal semblante. Él sabía que no sería fácil calmar esa furia. Sonriente le alcanzó un cuis que había cocinado en su descubrimiento. Ella lo agarró y lo comió en tres bocados, siempre mirándolo con odio. Ella sentía fuertes dolores de cabeza y quiso descansar antes de pelear. Cuando fue hacia su colchón comprendió porqué él la había puesto a dormir sin previo aviso. Y en ese momento su ira desbordó por cada uno de sus poros peludos. Agarró un palo y corrió para golpearlo, pero él se refugiaba detrás del fuego y corría alrededor de la fogata haciendo imposible que ella pudiera alcanzarlo. Entonces ella agarró todas las piedras que pudo y comenzó a arrojárselas, de a una, de a dos, chicas, grandes. Él temió por su integridad física y corrió una vez más hacia el pie de la montaña.

Cuando creyó que la furia femenina ya se debía haber extinguido, emprendió el regreso. La lluvia ya había parado. Cuando estaba cercano a la cueva pudo ver que ella estaba parada en la entrada, sus primeros temores se transformaron en desconcierto cuando ella amigable lo saludó con la mano y le hizo señas de que se acercara. Estando a pocos metros ella le extendió la mano señalando la caverna, invitándolo a entrar. Él se sorprendió, su naturaleza desconfiada y su instinto masculino le decía que sospechara de la amabilidad femenina, así que entró cauteloso, esperando un golpe que llegaría a traición en cualquier momento. Al entrar comprendió porqué ella estaba tan cordial. Solo quería ver su cara al ver lo que había hecho. La mujer había apagado la fogata. La tristeza superó la furia, por primera vez el hombre lloró. Por primera vez sacando las veces que lo había hecho por dolor al caerse de la caverna hacia el vació o por una mordedura de alguna bestia.

No supo qué hacer, arrastrando los pies comenzó a alejarse de la caverna sintiendo las burlas y carcajadas de ella a su espalda y algún piedrazo que por suerte no llegaron a darle.
Estuvo vagando por el terreno durante varios días, triste y hambriento. Juró vengarse. Ella había arruinado algo que él adoraba y que le había costado meses conseguir. Ella era una inculta, no entendía el significado del fuego para el Homo Neanderthalensis o el Homo Sapiens, lo que sea, y sus descendientes.

En esos días mantuvo ocupada su cabeza fantaseando cómo podía hacer para iniciar el fuego. Ya había logrado controlarlo, dominarlo cuando lo tenía. Ahora necesitaba independizarse de la naturaleza.

Volvió a su caverna nada más que por la necesidad de un refugio, pero no volvió a hablarle. Cazaba y comía solo. Le daba algo a ella si le sobraba.

La mujer le recriminaba constantemente su egoísmo y su distanciamiento. Él simplemente la ignoraba.

 

Una tarde, después de haber comido una pata de avestruz, él estaba dibujando una cacería grupal en una pared de la caverna con dos rocas blancas y luego quedó pensando en su tan preciado fuego. Ella una vez más fue a recriminarle que no estaba haciendo nada. Caminó sigilosa, en puntas de pie con unas pantuflas hechas con plumas del mismo avestruz que había comido, cuando estuvo a unos tres metros de su hombre hizo un movimiento rápido y le arrojó una piedra del tamaño de un puño sobre su espalda. El hombre se revolvió dolorido, se retorcía tratando de aliviar el dolor. Ella primero se lo tomó con gracia y gritaba con su voz aguda dando risotadas que hacían eco en las montañas vecinas. Pero luego, la gracia se esfumó y se fue convirtiendo en terror cuando vio que a él comenzaba a pasársele el dolor y su cara se llenaba de furia y odio.

Él saltaba y golpeaba una de las rocas blancas contra el suelo y luego comenzó a hacerlo contra todo lo que estaba cerca. El golpe entre las dos rocas fue involuntario, producto del odio que lo embargaba.

De repente una chispa se desprendió de aquellos golpes, él no la vio, consumido por sus sentimientos de venganza, entonces siguió martillando la roca que tenía en la mano contra lo que estuviera a su alcance. Un segundo encontronazo se produjo entre las dos rocas, esta vez el hombre sí vio las chispas, entonces comenzó a dar golpes más fuertes, más chispas saltaron como si se tratara de un moderno festejo navideño, y un par de ellas cayeron sobre el colchón de paja que ella había reconstruido.

 

No tuvieron tiempo de pensar lo que estaba pasando, las llamas se iniciaron espontáneamente y se extendieron con una velocidad que los asombró, las lenguas de fuego casi alcanzaban el techo de la caverna. Ella le reprochó haber arruinado de nuevo el colchón que ella misma había creado, esta vez con paja y cuero de chancho de monte. El hombre no la escuchó, empezó a comprender lo que había logrado. Se sentía un poco más cercano a las fuerzas de la naturaleza, a esas fuerzas tan grandes que nadie puede entender ni explicar. Se creía un poco un dios, se creía con poderes que los otros cazadores no tenían. Él podría dominarlos a todos. Sería considerado un superior por el resto de la manada. Miró su obra, sus ojos se llenaron de los mismos colores y brillos que veían, su cuerpo empezó a traspirar por la cercanía con las llamas.

El hombre quedó admirado viendo el fuego con una sonrisa enamorada en los labios, hasta que ella lo golpeó con una nueva cachetada en la nuca. Entonces fue cuando se despabiló, volvió a la realidad,  la miró a la mujer y luego se miró la mano, vio la cicatriz y recordó el poderoso dolor que sintió cuando conoció personalmente el fuego. Entonces la sujetó de un brazo, la tironeó y finalmente la empujó.

El hombre contempló cómo ella se retorcía entre los fogonazos, cómo se cubría el rostro y finalmente cómo su cuerpo se desplomó entre las llamas. El hombre la miró con su sonrisa culpable, todavía con cierto temor de que ella lo pudiera ver aún desde el más allá.

 

Sin conocer el término, él había hecho un acto de justicia poética. Había jurado vengarse cuando ella le apagó el fuego que él adoraba y la venganza la realizó a través de ese mismo elemento vital.

Recién entonces se sintió seguro de haber logrado algo importante, ahora sí se sentía más cercano a los dioses. Su mujer ya no lo molestaría y él sería el mejor asador del mundo.

Anuncios

Hablemos como en casa, a calzón quitado. Comentá lo que quieras.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s