No era un caso típico

No era un caso típico. Desde el primer momento supimos el quién, el cómo y el por qué. La envenenó por amor. ¿Qué lo hacía fascinante entonces? Cómo él nos contó la historia.

 

 

Mire comisario, todavía no me arrepiento. Tal vez algún día lo haga, tal vez había mejores alternativas, pero ya no sabía qué hacer. La nuestra fue una de esas historias que son complicadas de entrada, nomás.

Cuando la conocí, ella salía con un tipo que era un desastre, así que no fue difícil quedármela. Bueno, un poco sí. Le regalaba cositas. Boludeces, bombones, ositos, esas cosas. Ella me las rechazó un par de veces. Me esquivaba, y cuando iba sola se cruzaba la calle y no me miraba. Pero si iba de la mano con él, me miraba y me sonreía.

Un día que iba sola, salí del negocio, crucé de vereda y la paré. Ella quería seguir pero la agarré del brazo y le dije que dejara de histeriquearme porque me iba a volver loco. Ella se sonrío con una cara de guacha que no puedo explicarle, entonces yo la besé. Me empujó y se fue haciéndose la enojada.

Pero nunca más se cruzó de vereda y cada vez que pasaba por el negocio, yo le daba algo, hasta que un día entró a comprar algo, no me acuerdo qué. Terminamos revolcados atrás del mostrador. Eso se hizo rutina diaria y un par de meses después lo dejó al pelotudo que tenía.

 

Al comienzo yo estaba loco por esa chica, pero no veía lo mismo en ella. La sentía fría y vivía paranoico. Ella tenía su fama en el barrio. Así que me esmeraba y hacía todo por complacerla y por tenerla ocupada también. No sé qué habré hecho, pero de golpe la empecé a sentir muy enamorada. Demasiado diría. Al comienzo me sentía feliz. Empezó a ser más cariñosa, me besaba todo el tiempo, me acariciaba cada vez que estábamos juntos, sin importar si había alguien o si estábamos en un lugar en el que nos miraban mal. Aprendió a cocinar y me sorprendía con platos raros, y para ser sincero a mí me parece que no aprendió nada, porque cocinaba horrible. Pero lo importante es la intención, ¿o no, comisario?

Un día fue al negocio y empezó a cebarme mates. Y después empezó a ir todos los días. Al comienzo a mí me gustó, pero después me pareció que me estaba asfixiando.

A los cinco meses ya se había instalado en mi casa. Primero fueron un par de bombachas y unas remeritas. Cuando me quise dar cuenta, tenía la mitad del ropero ocupado con las boludeces de ella.

 

Traté de hablar para que fuéramos más lento, que nos diéramos más lugar. Pero fue peor, se puso loca y empezó a los gritos diciendo que ya no la amaba, que seguro tenía otra y qué se yo qué más. Me puteo de arriba abajo. Le dije que no, que me había mal interpretado. Pero ya no hubo vuelta atrás. Me perseguía. Estaba todo el día en el negocio, me celaba de las clientas cuando las hablaba de más, cuando las miraba de más. Las echaba cuando eran muy simpáticas o cuando venían muy arregladas. Si salía, cuando volvía me olía la ropa. Si iba a jugar al fútbol, pasaba por la esquina de la cancha, para ver si estaba en la cancha.

Comisario, le pedí que se fuera de casa y no quiso. Sé que podría haberme ido yo, pero era mi casa. Podría haberle tirado sus cosas a la calle, pero no tenía ganas de escucharla gritar desde la puerta. No quería que los vecinos escucharan todas las puteadas que era capaz de decirme, solo porque ya no la aguantaba más.

Podría haber vendido todo y desaparecer, pero con lo que tengo no me alcanza para irme lo suficientemente lejos como para asegurarme que no me encontrara.

Podría haberlo hecho de a poco para que nadie me descubriera, pero no aguantaba más. Estaba harto de su paranoia y de que buscara marquitas en el cuello y manchitas en la ropa y todas esas locuras que hacía.

Así que le dije que íbamos a festejar nuestros nueve meses y que había comprado un champaña. Abrí la botella, serví mi copa y mezclé el resto. Brindé por el amor y por la paz que vendría, hice fondo blanco y la estúpida me copió.

 

Fue hermoso ver como se contraía su cara y ponía cara de sorpresa. De a poco se fue ahogando, se ponía azul y trataba de respirar desesperada, intentó agarrarme y la empujé. Se veía hermosa su cara, como intentando entender qué pasaba y por qué lo había hecho. Tosía y tosía y trataba de respirar, pero era imposible ya.

Al final estaba casi desfigurada, me costaba reconocer la belleza que veía en ella cuando le regalaba ositos de peluche. Creo que entre sus lágrimas alcanzó a ver mi sonrisa.

Señor comisario, al fin voy a estar tranquilo. Y sabe qué, al final el boludo que tenía antes, salió ganando.

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