De rutina

colectivoLa rutina indicaba levantarse a las 5:30 am, lavarse la cara, vestirse y todos los etcéteras necesarios para estar listo.

La rutina seguía con un trote matinal hasta la terminal de ómnibus para no perder el de las 5:50 am con destino a Córdoba.

Me bajaba en la Terminal de Córdoba a las 6:30 am y ahí seguía con el segundo trote matinal hasta la parada del colectivo R5, para tomar el primero que pasara, algo que podía suceder entre las 6:38 am y las 6:52.

 

El día en cuestión venía regular, de rutina, nada que pudiera romper esa monotonía que llevaba de lunes a viernes. Cuando estoy en la parada suelo observar las caras de los que esperan conmigo en la cola, aunque siempre parece estar la misma gente hay pequeños cambios  y a veces algunas sorpresas agradables. Ese día ni eso había. Ni una chica linda que me hiciera fantasear y tener un viaje durante el viaje.

Llegó el R5 y subimos, por supuesto que iba parado. Como hago cada día, me acomodé en el fondo y empecé a mirar cómo las calles se tejían por la ventanilla y la ciudad pasaba aburrida.

Quedábamos muchos cuando llegamos al descampado de uno de los barrios que incluye el largo recorrido del colectivo. El descampado son cuatro manzanas que desmontaron hace algún tiempo con grandes topadores y gigantes promesas. Como todo el terreno está en un pozo, desde el colectivo se tiene una panorámica de todo lo que sucede a su alrededor.

 

Si viéramos de frente el plano del descampado, diríamos que el colectivo aparece por la esquina inferior izquierda, va hasta la inferior derecha, dobla a la izquierda y sigue derecho dos cuadras doblando una vez más a la izquierda, completando una U y luego sigue derecho varias cuadras.

Cuando llegamos a la esquina inferior izquierda se veía que tres hombres discutían en la esquina superior derecha. Era la esquina de la carnicería “Achuras Para Todos”. El hombre gordo y con el delantal manchado de sangre todos sabemos que es el carnicero. Al ir acercándose el bus todos los pasajeros fuimos girando la cabeza hacia el conflicto. Se empezaban a distinguir algunos rasgos de los otros dos personajes de la historia. Uno tenía gorra azul, remera manga corta blanca y bermuda roja pasando las rodillas. El otro, pelo teñido de rubio, musculosa azul y bermuda blanca pasando las rodillas. Ambos andaban entre los sesenta y ocho y los setenta y seis kilos y entre el metro setenta y el metro setenta y seis. Además calzaban zapatillas blancas con las tres tiras verde flúor.

Al girar el colectivo hacia la izquierda en la esquina inferior derecha del plano, el conflicto nos quedó de frente, por lo que se veía por el parabrisas del transporte cómo los dos visitantes avanzaban y retrocedían un par de pasos, al mismo tiempo que señalaban amenazantes al carnicero. Era interesante ver la coreografía de los alegres muchachos, quienes a veces coincidían y apuntaban al unísono con el índice derecho en dirección al carnicero y en otras ocasiones se turnaban para uno hacer el gesto de “Te vamos a matar”[1] y el otro el gesto de “Señor carnicero venga cuando quiera que acá tiene un pedazo de carne para masticar a su gusto y piacere”[2].

A todo esto el carnicero respondía con la seña de “Rajen de acá, antes que los reviente”[3].

Este diálogo que nosotros solo adivinábamos por las señas de los protagonistas, se prolongó hasta unos segundos después que el colectivo pasó por el frente de “Achuras Para Todos”.

 

–          Te vamo a matá gordo puchero.

–          Rajen de acá pendejos, rajen.

–          Ya vas a ver gordo.

Eso fue todo lo que alcancé a escuchar al pasar frente a nuestros personajes. En esa esquina el colectivo dobló como siempre hacia la izquierda, por lo que seguíamos teniendo un buen panorama y todos pudimos ver, por el otro lado del ómnibus lo que sucedió. Perdón, me refiero a todos los pasajeros porque los dos visitantes de la carnicería no vieron lo que sucedió ya que estaban de espaldas al carnicero. El gordo, en una increíble muestra de habilidad, se agachó, se incorporó y casi en el mismo movimiento hizo el brazo hacia atrás y lo extendió en un latigazo arrojando un medio ladrillo que reventó contra el medio de una espalda, haciendo que el gorro de uno de los protagonistas volara un par de metros y que su dueño cayera aparatosamente al suelo, donde primero rodó un par de veces y luego decidió convulsionarse como las ramas de un árbol alcanzado por un pequeño remolino.

Mientras este individuo seguía revolcándose de dolor, su compañero lo arrastraba y ambos insultaban al agresor, volviendo a señalarlo y jurar vaya a saber qué. El carnicero dio media vuelta y entró a su negocio, mientras el colectivo seguía avanzando hacia lo que quedaba de la rutina del día.


[1] Pasando un dedo índice de un lado al otro del cuello.

[2] Aferrándose fuertemente la zona testicular con las dos manos.

[3] Apuntando con todos los dedos hacia adelante y moviendo repetidamente la muñeca hacia abajo y arriba

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