Tres deseos

Una de esas noches que volvía triste y casi borracho, llegué a casa y hasta tal punto estaba harto de todo, que grité que le vendería el alma al diablo con tal de salir de la vida que estaba llevando. Creo que lo repetí tres veces, y de golpe, timbre. Me asusté un poco y fui a abrir la puerta con cierto temor, pensando en lo que había estado gritando.

Cuando abrí la puerta, ahí estaba mi vecina. Otra vez pidiéndome por favor que dejara de gritar, que la dejara dormir. Le pedí disculpas y regresé al  dormitorio.

En el camino me fui sacando la ropa. Cuando llegué a la habitación me quedaba el boxer y la remera. Justo que atravesaba la puerta empecé a sacarme la remera, por eso no vi lo que había adentro de la pieza. Tenía la remera tapándome los ojos, y en ese momento sentí un: “Ejem, ejem”. Me desesperé por liberarme de la prenda que me cegaba, pero en mi apuro se me trabó en la nariz y los brazos se me acalambraron del miedo y no podía estirarlos para sacar la remera. Busqué una pared y refregándome como un perro logré sacármela.

 

Por fin vi quien estaba sentado en mi cama. De inmediato me sentí indefenso, no tanto por su aspecto diabólico, sino por mi estado de casi desnudez. Y encima, el miedo no me ayudaba a tener un porte más digno. Digamos que el miedo achica hasta al más grande.

Allí estaba él, con las piernas de carnero cruzadas, con su bigotito al estilo Dalí y los dos cuernitos sobre una cabeza totalmente pelada. Sus ojos grandes y negros me miraban seductores, invitantes. Allí estaba Lucifer; Mefistófeles, Satán, Satanás, “El Maligno”; Luzbel, “El Carlo”, el Diablo, el “Príncipe de las Tinieblas”; el Rey del Infierno, el Señor de la Oscuridad. ¡Qué equipo!

Allí, en mi habitación y me invitaba a que me sentara en la otra cama frente a él. Cuando lo hice descruzó y cruzó las piernas para el otro lado, la imagen que vi fue desagradable. Pero él sonreía, creyendo que su ritual de conquista podía atraerme.

– Disculpá la demora -arrancó-, pero a esta hora hay demasiados borrachos dispuestos a hacer negocios. Y yo a todos los clientes les dedico tiempo, mi filosofía es: “Un cliente bien atendido, es un cliente feliz”. Bueno, contame qué puedo hacer por vos.

Yo todavía no salía de mi asombro y de mi susto, así que no dije nada. Apenas pude destrabar las mandíbulas, pero no emití ninguno sonido. Miraba achicando los ojos, como tratando de hacer foco para estar más seguro que estaba viendo lo que creía ver.

– Vamos pibe, ya conocés cómo es la historieta esta. Yo te puedo dar tres deseos para que vos seas feliz en tu vida, pero cuando morís tu almita insignificante va derechito al infierno. Es decir que el resto de la eternidad vas a ser mío. Yo sé que suena feo, pero no es para tanto, creeme pibe, no la vas a pasar tan mal.

– Pero yo soy judío.

– No te hagas drama, pibe. Allá no discriminamos a nadie.

– No, no. Digo, que no sé si nosotros creemos en eso del alma, en el cielo y el infierno y todas esas boludeces.

– Bueno, pero acá me ves. Supongo que creés en lo que ves, ¿o no?

– Sí. Supongo que sí.

– Bueno, entonces elegí algo y es tuyo.

– ¿Y después yo soy suyo?

– Así es. Podés tutearme, pibe.

– Bueno, después de todo, igual creo que iba para abajo.

– Perfecto. Lo único que te voy a pedir es que no desees las mismas cosas que todos los demás idiotas. Tratá de ser original, hace años que ya no doy cosas clásicas.

– ¿Cómo qué?

– Inmortalidad, fortuna y hacerle el  amor a alguna modelito. Eran los primeros tres del ranking. Me habían aburrido, así que esos por un tiempo no los concedo.

– Ajá.

– Pero pensá, todavía tenés muchas cosas. Por ejemplo…

– Ya está. Ya sé el primer deseo.

– ¿Qué?

– Quiero hacer un gol como el del Diego a los ingleses.

– Nooo, nene. Imposible. Con el segundo se me armaría un quilombo impresionante y terminaría preso por falsificación de obra de arte y más si el autor es de la contra, ¿entendés? Y el primero, ya con el nombre te darás cuenta que no me voy a meter. La Mano de Dios. Mirá si será metido ese hijo de puta. Cómo le gusta figurar. Así que ya sabés, yo con las obras del Barba no me meto.

– Entonces… ¿está seguro que lo de la modelito no puede ser?

– No, nene. Te voy a dar un día para que pienses qué querés. Pero por cada día que tenga que venir, te voy a sacar cinco años de vida. Así que decidí rápido.

La habitación quedó desierta. Yo temblaba a pesar del calor. Me acosté y me quedé dormido rápidamente. Cuando desperté pensé que había sido un sueño inducido por el alcohol y concluí que esa era la única explicación más o menos racional. Eso no podía haber sucedido realmente.

 

Pero a la noche siguiente volvió. Otra vez tuve a Lucifer sentado en una cama en mi habitación. Como había querido creer en la versión del sueño, no había pensado ningún deseo, así que volví a asustarme, pero esta vez no por su presencia, sino por la posibilidad de perder cinco años de mi vida.

– Hola Nicolás, ¿cómo estás? –saludó amable.

No pude responderle, no me salían las palabras, así que asentí con una sonrisa.

– Bueno, me alegro. ¿Ya sabés cuáles van a ser tus deseos?

Meneé la cabeza de  un lado al  otro, acercando las orejas a los hombros encogidos, mientras fruncía la cara, en un claro gesto que quería decir que sabía más o menos. Lo hice sólo para ganar algo de tiempo mientras pensaba alguna respuesta.

– Y, ¿qué vas a pedir? –interrogó.

– Eh, bueno, eh…pensé en que es importante la paz mundial.

– Pibe, pibe, Gandhi y un montón de pacifistas me hartaron con esas cosas. Creeme que si fuera tan fácil ya lo hubiera hecho como para que me dejen de romper las pelotas con ese temita. Pero hay muchos intereses en el medio y algunos de mis mayores socios no estarían muy contentos. ¿Entendés? Bueno, pedí otra cosa.

– Eh, eh…ah, ya sé. Basta de corrupción en la Argentina.

– Jajaja. Dejame ver qué puedo hacer con el tema de la paz mundial mejor –dijo y siguió riéndose por unos segundos-. Nene, me hiciste perder tiempo y vos perdiste cinco años de tu vidita. Mañana vuelvo, elegí bien. Pensá en algo realista.

Hizo un par de pases mágicos con las manos como imitando a un bailaor español y desapareció.

Yo quedé sentado en la cama, tapándome la cara con las manos. No sabía que iba a hacer. No quería perder más años.

 

El día siguiente estuve encerrado, pensando. Hice un listado de cosas que le podía pedir. Algunas las descarté por miedo a que me las rechace:

Un descapotable con una modelo adentro.

Un jet con una modelo adentro.

Una mansión con una modelo adentro.

Sabiduría infinita.

Los tres primeros los eliminé porque incluían lo de fortuna y lo de la modelo. Con el cuarto, seguro que iba a salir con que eso me iba a acercar a la sabiduría de Dios y que no quería tener problemas. Pero tenía algunos que me podían servir.

– Hola Nicolás, ¿cómo estás? –saludó con una media sonrisa y sus cejas arqueadas mostrando la prolijidad con que estaban depiladas, mientras me miraba desde la cama con las piernas cruzadas y se alisaba los bigotitos.

– Muy bien –respondí tratando de demostrar confianza.

– Me alegro. Ahora, decime cuáles son tus deseos.

– Bueno, el primero es que Racing no tenga que volver a sufrir para ver si safa del descenso.

¡Pare  de  sufrir!  Basta  de  ese  sufrimiento  crónico  que  soportamos  año  tras  año  los académicos.

– Mmm…puede ser. Se me complica un poco por problemas éticos con los vecinos, por ese temita de que se hacen llamar “Diablos Rojos”, ¿viste? Si se enteran de esto podrían protestarme un poco, dirían que no les fui fiel. Pero la verdad, es que yo soy un poco simpatizante de la Acadé. Sobre todo por el color y el calor de la hinchada. No lo puedo resistir, el calor me conquista y el frío me repele. Quedamos así, si vos no le contás a nadie, yo te lo concedo, todos felices y nadie me jode a mí si les va bien, ¿te parece?

– Perfecto. Pero, digo, ¿te puedo tutear? –pregunté y él asintió-, ya que estamos,  ¿no podrías hacer que volvamos a ser campeones? –pregunté entusiasmado.

– No abuses, pibe. No abuses -me retó Belcebú.

– Está bien, perdoná –respondí agachando la cabeza.

– ¿Y los otros deseos?

– El segundo es que alguien publique un libro con mis cuentos y que se convierta en un best seller.

– Sííí, ¿cómo no? –dijo sonriente Mefistófeles-, ese es fácil. A cada fracasado, a cada escritor insufrible lo he llevado a la gloria. No tenés idea la cantidad de autores que tengo por allá abajo. Obvio que no se compara con la cantidad de abogados, pero también son unos cuantos.

– ¿Y me podés dar algún nombre?

– No, no. Puedo ser muchas cosas, pero no un buchón, pibe. Pero quedate tranquilo que varios de los que te gustan andan por allá. ¡Ojo, eh! No todos llegaron por vender el alma. No, no. Algunos llegaron allá solitos, por méritos propios.

Bueno pibe, te queda uno solo, así que elegí bien.

– Disculpá que insista, pero en una de esas cambió el ranking en estos días y me dejás, ¿lo de la modelito podrá ser, maestro?

– No, nene. No. Chau.

 

Haciendo un giro de trescientos sesenta grados sobre sus pezuñas desapareció levantando el polvo que cubría el piso del departamento. Tosí un rato y me puse a pensar que ya se me habían ido diez años de vida. Eso me entristeció y en cuanto solté la primera lágrima volvió a aparecer.

– Epa pibe, ¿qué pasa?

– Que ya perdí diez años de mi vida.

– Bueno pibe, no es tan malo. Pensá que son los últimos diez. Pensá que después de todo entre los ochenta y los noventa, uno ya se pone medio estúpido, se olvida de lo que hizo cinco minutos antes, se mea, se pone odioso. La verdad, ¿quién quiere vivir para llegar a eso? Además, pensá que ya perdiste tres décadas y, ¿qué hiciste hasta acá? Nada, es tan insignificante para un tipo como vos vivir unos años más o unos menos, que casi no vale la pena ponerse así.

– Si, puede ser –dije, mientras aspiraba los mocos que se me estaban cayendo y se juntaban con las lágrimas.

– Además, la Academia no te va a hacer sufrir más y con el éxito del libro, seguro que vas a tener plata y mujeres, que era lo que vos querías pedir desde el comienzo.

– Si, es verdad.

– Bueno, entonces dejá de llorar maricón –me gritó y se esfumó nuevamente.

Aunque no me gustó el tono con el que me habló cuando se despidió, me pareció que tenía razón. Me quedaban todavía muchos años de felicidad y un deseo por pedir, así que tenía que ponerme a pensar rápido.

 

 

– Hola  Nicolás,  ¿cómo  estás?  –saludó  resplandeciente,  bronceado  y  con  los  bigotes prolijamente recortados.

– Bien, creo que ya tengo el deseo que me falta.

– ¿Crees? Espero que así sea.

– Bueno, se me ocurrió que sería divertido que me hagas invisible.

– Mmm, no. Disculpá, pero trae muchas complicaciones burocráticas. Si te pasa algo en ese estado, después es muy jodido encontrarte para cobrarme el alma, si te mandás alguna cagada después nadie se hace cargo, todos empiezan con que yo no fui, yo no hice nada, “yo argentino” y todas esas cosas. No, no. Mejor, elegí otra cosa.

– Eh…bueno, entonces…eh, que todos me consideren una buena persona.

– Jaja, no pibe, en esos engaños no me meto. Ya te dije que no quiero competir con el Barba, esas cosas dejalas para Él. Él con mayúsculas. Te la voy a hacer fácil, como no sabés que más pedir, no pidas más nada y yo te perdono los cinco años que te tenía que sacar hoy.

¿Qué te parece?

 

Pensé un poco y entendí que eso era como desear vivir cinco años más y no se me ocurrió un deseo mejor.

Cerramos trato con el Diablo. Él silbó una dulce melodía, me guiñó un ojo, golpeó el piso con su bastón, y desapareció para siempre. Para siempre, pero esperando detrás de cada esquina.

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