Amor interruptus

El ruido de la llave nos sorprendió. No debía llegar hasta el medio día. No tuve tiempo de ponerme mis prendas íntimas, ni nada. Hice un bollo con la ropa, abrí la puerta que une la pieza con el patio trasero y salté a lo del vecino del fondo, de allí escapé saltando otra medianera y llegué a la calle.

Iba a empezar a correr, pero recordé mi desnudez y decidí primero vestirme.

Había alcanzado a ponerme el calzoncillo y tenía el pantalón a la altura de los tobillos, cuando vi al marido asomarse por la tapia, como un cazador oculto, que de a poco fue apareciendo junto a su rifle.

Salí corriendo pero, como todos saben, no se puede correr con los pantalones en los tobillos. Tropecé y rodé un par de metros. El instinto de supervivencia compensó mi estupidez y en menos de tres  segundos ya estaba de pie y con el pantalón subido. Mientras comenzaba la carrera me prendía el cinto. El resto de la ropa se había perdido en la caída.

En mi carrera solo podía pensar en que tenía que salvarme y evitar a cualquier costo que el marido me quemara un disparo. Y tuvo su primer costo. Al pisar un sorete de perro, que debe haber sido un gran danés, lamenté no haberme llevado las zapatillas.

Seguí corriendo y aprovechaba cada pedacito de pasto que veía para limpiarme el pie. Había hecho unos ciento veinte metros desde el lugar del hecho y allí estaba yo, corriendo en cuero y con olor a transpiración y a bosta.

–          Dios nos guarde -gritó una vieja que barría la vereda al verme pasar, y siguió gritando y rezándole a todos los santos cuando vio a mi perseguidor y a su rifle.

Crucé un par de calles y pensé que se iba a resignar, pero allí seguía el cazador, persiguiendo a su presa y con el claro objetivo de ponerle un balazo certero en el centro de la nuca. En el medio de la corrida pude imaginarme colgado en la pared de su living, junto al alce que tenía y que era casi tan cornudo como él.

En una de las esquinas se cruzó una rubia tremenda con una calcita negra, estaba tremenda. Eso me distrajo un par de segundo, no más que eso, pero fue suficiente para no darme cuenta que se terminaba la cuadra y que la vereda se transformaba en calle. Pisé mal el cordón, trastabillé y casi le meto un cabezazo a un pelotudo que había dejado estacionado el auto sobre la senda peatonal. Perdí dos o tres segundos en retomar el equilibrio y estar cien por ciento lúcido. Eso le alcanzó para acercarse, estaba a tiro, nos separaban unos veinte metros. Miré para atrás y alcancé a ver como acomodaba el arma en el hombro. Aceleré un poco más y me moví un par de pasos en zigzag, él disparó a la carrera y sentí la bala pasar a unos quince centímetros y reventar contra un poste de luz. El ruido fue escandaloso, se generó una pequeña histeria alrededor y se escucharon unos cuantos gritos de viejas. El corazón empezó a pedirme por favor que parara, ya no podía más con tanto susto. Pero por suerte las piernas escuchaban al cerebro y no paraban de moverse. Otro chiflido me rozó la oreja y vi cómo el impacto desmigajaba un pedazo de pared.

El cagazo que tenía lo sobrellevaba pensando cosas idiotas, me acordé que en las películas siempre hay verduleros o bares y que los que corren para dificultarle las cosas al que lo sigue, tiran todas las cosas, bananas, manzanas, café, mozos y cualquier cosa que se les pare. A mí no me pasaba nada de eso, no vi un puto comercio en todo mi galope. No se me cruzó ni una vieja como para tirarla y que el marido la tuviera que saltar. Todo el mundo se hacía a un costado para que no los lleváramos puesto. Una tercera bala me despeinó los nervios y explotó contra un árbol. Yo sentía que me quemaban los músculos de las piernas y me estaba empezando a costar respirar. El bazo me recordaba mi mal estado físico y me obligaba a sostenerme el estómago como si se estuviera por caer.

Tuve suerte, alcancé a cruzar una avenida y el semáforo se puso en rojo. Por encima de los autos el gorriado me miraba y me insultaba. No iba a disparar, no quería una masacre, solo quería matarme a mí. Desde su vereda me miró con odio y cruzó su dedo índice derecho por su cuello, empezando en el lado izquierdo y terminando en el derecho.

Yo le respondí con mi dedo índice derecho atravesando el anillo que dibujaban mi dedo índice izquierdo junto al pulgar de la misma mano. A ese gesto luego le sumé la mímica de llevar el puño derecho cerrado hacia mi boca abierta y mi lengua golpeando la mejilla izquierda, al grito de: “Tu esposa es la mejor, tu esposa es la mejor”. Todos esos gestos parecieron enfurecerlo más, así que corrí antes que cambiara el semáforo o que disparase por encima de los coches.

 

Cuando llegué a mi casa, sonó mi celular.

–          Pendejo de mierda, yo tengo un nombre propio en esta ciudad y vos no me vas a arruinar la reputación. Rogá que no te encuentre, porque la vas a pagar muy cara. Y si te vuelvo a ver cerca de la puta de mi mujer, te voy a meter el caño en la boca y te voy volar la cabecita.

–          Qué casualidad –le respondí.

–          ¿Qué casualidad qué? –inquirió.

–          Que a su mujer es a la que le gusta que le pongan el caño en la boca –dije y corté.

Volvió a llamar.

–          Hijo de puta, te voy a meter un balazo en la cabeza.

–          Yo se los ponía en el orto a la gorda.

–          Hacete el vivo, hijo de puta, con tu número te ubico en menos de una hora. No vas a tener tantas ganas de hacer chistes.

–          Vas a tener que mejorar la puntería, porque no pegaste ni uno.

–          Arriesgate entonces, cagón. Veamos qué sabés hacer vos, si sos tan guapo como vivo.

–       No, gracias, solo soy vivo. Para nada guapo, pero bien machito y culiador –respondí para esquivar el duelo y volví a cortar.

Siguió llamando, no había lugar a dudas en sus amenazas. Tenía que desaparecer de la ciudad. Tenía un plan y me puse en marcha.  Armé rápido un bolcito y salí de mi casa. Anoté el número de la gorda, desarmé el teléfono, y fui tirando las partes en distintos lugares. Eso también lo vi en una película. Fui a buscar mi auto y salí a la ruta. Desde una estación de servicio la llamé, pero me atendió el marido.

–          ¿Para qué llamás, hijo de puta? Dejá de joder, porque si te agarro no vas a contar la historia.

–          Tranquilo amigo, ¿sabés qué es lo mejor de estar con una casada? Es justamente contarle a los amigos la historia.

–          La puta que te parió, prefiero ir preso por asesino a escuchar cuchicheos de los vecinos  porque me engañaba con un pendejo de mierda.

–          Quedate tranquilo, que entre fantasmas no nos pisamos la sábana.

–          ¿Qué querés decir?

–          Que los vecinos también merodean tu casa y no van a abrir la boca, son todos casados.

Tuve que alejar el auricular para que los insultos no me aturdieran. A pesar de la distancia con el aparato, pudo escuchar mi risa y no le gustó para nada que me siguiera burlando de sus cuernos. Le corté la comunicación en el medio de uno de los insultos.

Sentado en la confitería de la estación de servicio, recordé un poco por arriba la historia con ella. Nos conocimos de casualidad en una fiesta, charlamos mientras él se dedicaba a tomar con los amigos. No fue difícil alejarla de las luces, aunque era difícil esconderla. Estuvimos besándonos un rato y antes de irse a buscar a su marido para que no sospechara, me pasó su número de celular. Y desde ahí todo fue pasión. La verdad que no era una sorpresa que nos hubiese descubierto después de dos años de hacerlo en su casa tres mañanas por semana. Para ser un cazador, no tenía tanto olfato ni mucho instinto.

A pesar que los dos habíamos prometido conservar estrictamente el secreto, siempre hay indicios, o alguna vecina celosa que lanza el chisme. No sé qué habrá pasado, pero por algo todo salió mal esa mañana. Me quedé dormido y llegué treinta minutos tardes. Me los recriminó, para ella eso era media hora de placer perdida. Por la corrida hasta su casa, y por el reto de ella, me sentía nervioso y eso afectó mi funcionamiento. Es decir, no funcioné. Eso empeoró su enojo y después de estar insultándome unos cuantos minutos, me dijo que sí o sí ella quería una alegría esa mañana, comenzó a provocarme y estábamos en ese intento de comenzar cuando él nos interrumpió. Debo decir que fue de muy mal gusto de su parte llegar así, sin avisar, dispuesto a ver eso que nadie quiere ver y al grito de:

–          ¿Dónde está que lo mato?

No puedo quejarme, las cosas podrían haber ido peor, por lo menos pude escapar, sigo vivo y contento, porque no está tan mal volver a empezar en otro lugar.

Nunca olvidaré el grito de guerra con el que me despedí de ella mientras saltaba la tapia:

–          Te amo, gorda.

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