Una suma de objetos

Los objetos contundentes volaban por todos lados. Habíamos quedados atrapados debajo de la tribuna,nos tiraban de todo, tratábamos de cubrirnos, pero nadie se salvaba de ligar algo. Algunos un botellazo, otros un piedrazo, algún palo, bolsitas con meada y yo recibí una especialidad de la casa: un naranjazo en la sien que me dejó mareado como cinco minutos. Los paraguayos tienen árboles de naranja en la calle nomás y llegan al estadio con bolsas llenas, no se las sacan porque se supone que es comida, pero las llevan solo para tirarlas. La que me pegó a mí parecía un pomelo de grande. Con el impacto explotó, vos vieras, salpicó un montón de jugo y me dejó viendo estrellitas.

Del otro lado, los canas repartían goma a lo loco. Tiraban y tiraban balas y no les importaba si estabas tirando cascotazos o recibiéndolos con el bocho.

Después del naranjazo me puse detrás de una columna y me hice un obillito y recé para que todo terminara lo más rápido posible Estaba mareado y me costaba entender dónde estaba y qué pasaba, pero sabía que no era nada bueno. Es raro, pero en esa confusión viendo todo lo que pasaba por encima de mi cabeza, me acordé de dos expresiones: “Balas que pican cerca” y “Le están cascoteando el rancho”.  Me imaginé un relator de fútbol narrando la batalla campal que pasaba a mí alrededor y me reí. Me imaginé a uno de esos tipos de la tele relatando todo desde atrás de la columna y empecé a pintar la escena. Intenté dos o tres estilos de voces, hasta que encontré uno que se asemejaba con el tono de un relator de radio encerrado en una lata de Pepsi[1].

“Arranca el morocho sin remera, estira el brazo y arroja el medio ladrillo. Ay, pasó cerquita de la cabeza rival. Ahora el flaco de gorra hace un medio giro espectacular y lanza el palo a cuarenta metros y acierta justo en la espalda de uno de los locales que trataba de huir”.

Me di cuenta que desde esa posición solo veía a nuestra hinchada y que no podía ver qué hacían los paraguayos, tanto hinchas como policías, así que salí de detrás de la columna, sabía que me arriesgaba a recibir algún Objeto Contundente No Identificado (un OCNI), pero necesitaba tomar ese riesgo para darle mayor veracidad a mi relato.

“El gordito traspirado revolea la bolsa con meada, gran curva en la trayectoria y revienta el contenido contra la cara del policía que busca el contra ataque con un disparo a quema ropa sobre el físico fuera de estado de su agresor”. Este tipo de relatos sería muy simpático para una batalla real, hasta levantaría el rating de las guerras, ¿no te parece?

Yo seguía con el relato desde atrás de la columna. Observaba todo y trataba de relatar lo más importante.

“Se desprende un petiso por la banda derecha del quilombo, intenta escapar a la marca, ahí está, ahí estáaa…no, no lo ha logrado. Es interceptado por un macanazo de la policía en la sien, que lo ha puesto a dormir la siesta”.

“Sin duda, una terrible baja para la parcialidad visitante”, dijo alguien detrás de mí. Me di vuelta para ver quién era. Se trataba de un tipo canoso y petacón con un tajo sangrante en la ceja y con gran acento correntino, lo que por un momento me hizo dudar de qué lado estaba, hasta que vi su pantaloncito viejo y desteñido con el escudito de la AFA. El Gurí, como lo llamaré de ahora en más, había improvisado un micrófono con la ojota izquierda. Tapando la ojota, para que su voz no saliera al aire, me dijo en un susurro: “Metele nomás ñeri, seguí relatando que venís bárbaro. Yo te hago los comentarios”.

Yo comprendí que estábamos haciendo algo histórico y arranqué. “La hinchada rival se acerca peligrosamente y sigue atacando sin piedad, intenta por todos los medios profundizar sus avances para lograr penetrar la meta o los rivales. Sin mucha convicción es detenida momentáneamente por la policía que la deja venir peligrosamente hasta muy cerca de las líneas enemigas. Adelante vos, Gurí”.

El Gurí miraba con atención todo lo que sucedía y se había parado en un lugar en el que no tenía ninguna protección, pero se sacrificaba por la causa. “Gracias Che ra´a. El referí de este desencuentro le es tremendamente localista, y le deja a los componentes del equipo guaraní golpear demasiado, sancionándole solo ante golpes extremos o proximidad de peligro de pérdida de masa encefálica por un piedrazo. Evidentemente, le están inclinando la cancha a favor de la parcialidad guaraní, ¿Qué no amigo?”

“Así es Gurí. Ahora vemos cómo un enardecido Paragua desafía a todos los argentinos con un corte de manga y la toma de sus testículos con las dos manos en un claro gesto de alarde testicular mientras grita…, ayudame a traducir sus dichos Gurí”.

“Seguro Che ra´a, le dijo: ¡Nde Añarakópeguare!, que significa hijo de la cajeta del diablo”.

Lamenté haberle pedido que tradujera, pero ya era tarde, tenía que respaldarlo. “Gracias Gurí. Palabras duras que demuestran todo el enojo de nuestros hermanos guaraníes, que parece demasiado grande para ser solo por un partido de futbol y que tal vez haya estado burbujeando en esos pechos desde la Guerra de la Triple Alianza.

Se viene el contra golpe, que resulta ser un golpe contra el pecho del Paragua que cae dolorido tras recibir un naranjazo, en un acto simbólico de un argento que lo hace pagar con su propia medicina.

Un local arrastra afuera del área al compañero caído y el gesto heroico enardece a los hinchas paraguayos que todavía tienen sed de revancha y la sangre en el ojo por aquella antigua guerra. Aunque algunos también tienen sangre en el ojo por los golpes recibidos. Sí Gurí, te escuchamos”.

 

“Esa fue una batalla épica en la que todo el pueblo guaraní le defendió el honor patrio, arriesgando la desaparición de todas sus gentes. Y hoy podemos decir: Weee chamigo, qué bárbaro. Qué hidalguía que le hay en ese pequeño grupo de trescientos argentinos que aguerridamente le combate contra miles de paraguayos. Es conmovedor ver cómo algunas cabecitas se mueven como el gran Nicolino Loche para esquivar los objetos contundentes que le caen todo contra sus cuerpos, y luego sacar de la nada un piedrazo que es arrojado contra el adversario. ¿Qué no amigo?”

“Así es Gurí. Acá seguimos en vivo en las afueras de Paraguay 1 Argentina 3. Ahora vemos cómo acaba de desvanecerse un morocho de los nuestros, que avanzaba amenazador por el centro del campo dominando un pedazo de mampostería. Su compañero, el Narigón Bostero se oculta tras una columna, ¿qué hará amigos? Mete la mano entre sus pantalones, escarba, remueve y mágicamente saca una honda que ya tiene incorporado un cascote, estira los elásticos permaneciendo con su espalda apoyada contra la columna, toma aire, sube la honda a la altura de su cara da una media vuelta espectacular, apunta y… ¡Gol! ¡Goool! ¡Golazo! ¡Goool! Dio justo en el centro de la cabeza de un hincha de Cerro Porteño de Paraguay. Ese es un knockout hermoso, el Bostero le dedica el triunfo a toda su rivalidad tomándose bien los huevos con una de sus manos. ¡Qué jugada acabamos de ver Gurí!”. Casi pierdo una lágrima por la emoción.

“Sí amigo, como le explicaste vos, fue un tiro tremendo, el Bostero mostró toda su categoría ahí. Fue un verdadero clásico de Copa Libertadores que se definió en un solo tiro. Pero me gustaría analizar un poco la táctica argentina”.

“Adelante Gurí”, le di paso a mi comentarista.

“Es notable cómo ha ido cambiándole el agrupamiento de la hinchada visitante. Hasta hace unos minutos se paraba con un claro 180-40-80 y ahora quedó estacionado en el campo con un 124-24-122. Siendo treinta las bajas nacionales hasta el momento, entre noqueados y desertores y quedando ciento veinticuatro para pelear con los paraguayos, veinticuatro en el centro que no saben qué hacer y ciento veintidós que se le para de manos a los policías”, explicó el Gurí, dejándome sorprendido y haciendo cálculos con los dedos. Después de comprobar que estaba en lo cierto, seguí con mi relato.

“Espectacular análisis Gurí, ni el mismísimo Macaya Márquez podría haberlo explicado mejor. Señoras y señores, la batalla sigue y es palmo a palmo, la parcialidad argentina parada con el tradicional 124-24-122, retrocede para tener un equipo más corto.

Furioso ataque policial. La hinchada nacional se ve asfixiada tras una densa cortina de gases lacrimógenos. Las amargas perlas brotan de todos los corazones argentinos, incluyendo a mi comentarista y a quien les habla”.

“No sé de qué le hablás vos amigo,  pero a mí se me están cayendo unos lagrimones de los ojos terribles, che. Weee, es impresionante y épica la imagen de los compatriotas que tapando su rostro con sus remeras y con el llanto a flor de piel le siguen peleando en esta guerra desigual.

Disculpen si disminuye la calidad del relato, pero la humareda verde y las lágrimas que le cubren nuestros ojos, no nos permiten captar la escena con tantos detalles. Es más, casi no le puedo ver amigo”. Dijo el Gurí y dejó caer las lágrimas que tragaba para no afectar su voz ante la ojota-micrófono.

“No te preocupes Gurí, estoy a tu lado, aquí tenés mi mano para que la tomes y lloremos juntos mientras vemos como nuestros hermanos luchan encarnizadamente. Sigamos.

Observen señoras y señores cómo por encima de la cortina de humo vuelan todavía piedrazos argentinos que son respondidos por naranjazos made in Paraguay”.

“Una verdadera suerte que se les hayan acabado las provisiones de bolsitas de meada”

“Así es Gurí, una verdadera suerte. Los balazos resuenan por todos lados. Vemos un grupo de argentinos corren con la espalda torturada por la goma que ha impactado contra su humanidad”.

violentos“Es verdad amigo. Le ha reducido la hinchada y el dibujo táctico ha cambiado. Se ve ahora un 94-102. Sería positivo para la hinchada nacional que la policía también se encarnizara un poco con la masa paraguaya[2]. Cabe aclarar que ya no le defienden el frente y la retaguardia, si no que los 94-102 defienden a la derecha el ataque policial y a la izquierda el ataque vandálico de los hinchas guaraníes. Esos 196 hombres ahora casi se funden en una sola persona, que lentamente va cediendo terreno y le va retrocediendo hacia la protección que le  significaría ganar la calle en el exterior de este estadio que ha resultado una trampa mortal para nuestros hermanos”.

Me volví a asombrar por la capacidad analítica del Gurí y la deslumbrante rapidez para contar personas en movimiento. “Es verdad Gurí. Nunca nadie ha dicho una verdad tan cierta ante una ojota. Lástima que tus deseos no se cumplan. Como último ataque los uniformados han soltado una veintena de fieros pastores alemanes, que tienen mucho más de alemanes que de pastores. Disculpe que mi voz se quiebre un poco, es solo cansancio mezclado con nervios. Estimado Gurí, nuestro profesionalismo nos obliga a seguir relatando, para esto será imperioso que nos movamos urgente de nuestras posiciones que se ven cada vez más comprometidas. Las balas pican cada vez más cerca. Disculpen que interrumpamos unos segundos el relato, pero debemos correr a refugiarnos detrás de otra columna”.

Corrimos agazapados, intentamos no recibir ningún balazo. El Gurí llevaba su ojota en la mano. Costaba caminar entre los escombros, los palos y las naranjas reventadas, pero él lo soporto como un héroe espartano. Finalmente llegamos a una nueva columna, los argentinos estábamos cada vez más apretados. No era fácil respirar, muchos vomitaban víctimas del humo y otros lloraban por alguna de las heridas recibidas. Yo hasta ese momento había estado de suerte, además del naranjazo que me había dejado mareado, solo me había rozado el escombro que saltó después de estrellarse un ladrillo contra la columna. Además de eso, solo me había salpicado el contenido de una bolsa de orina. El Gurí seguía sangrando en la ceja.

“Muy bien Gurí, ya estamos nuevamente refugiados y podemos continuar con nuestro trabajo. El combate está llegando a sus minutos finales, los argentinos se dispersan como pueden.

Tremendo señores,  una escena dantesca la que se está viviendo. Uno de los perros policías acaba de saltar sobre un hincha identificado con los colores nacionales, que fue salvado por un compatriota antes de que el can lo despellejara con sus afilados colmillos. Los dos corren rengueando y tratan de salir del estadio. El perro queda masticando el pantalón de su víctima, quien por el contrario queda masticando bronca. Adelante vos, Gurí”.

“El escenario le ha cambiado un poco, los argentinos en su mayoría se encuentran apretujados contra unas vallas en un gran playón. Le hemos podido subir un par de escalones por lo que la posición defensiva es mejor, ya que nuestros hombres de ataque tienen un ángulo en declive que les permite tirar sus municiones y refugiarse mejor del ataque rival. Sin embargo, esto solo les permite a nuestros compatriotas retirarse más fácilmente. Me preocupa amigo, que cuando le lleguemos a cierto punto, la escalera va a quedar lejos y va a ser tomados por los enemigos que enardecidos le van a subir y vamos a tener que rajar lo más rápido posible”.

“Tenés razón Gurí, como toda la tarde. Es un verdadero mérito el tuyo poder pensar con la cabeza fría mientras esquivas piedras y que puedas ver cada detalle a pesar de ese ojo tapado por una cortina de sangre.

De aquí no podemos ver lo que pasa en la punta de nuestro aglomerado nacional, pero vemos que algunos de nuestros héroes levantan los brazos festejando. Por lo que nos comentan, habrían derribado de un palazo a un jefe policial, lo que hizo retroceder por unos segundos al pelotón de canas que venían en avanzada.

Un momento, nuevos rumores aseguran que la caballería está rodeando la tribuna y viene por otro lado para evitar la escalera. Es verdad, efectivamente son rumores de cascos, allí los vemos venir al galope. Ahora la hinchada corre desesperada queriendo alcanzar los portones de salida. Muchos lo han logrado, otros somos interceptados antes de salir. Algunos argentinos siguen agitando las manos en un gesto de rebeldía ante la autoridad. Con mi amigo el Gurí estamos agazapados detrás de una bandera y espiando lo que sucede para poder transmitirles a ustedes estas sensaciones de primera mano. Varios policías de la montada se acercan tratando de intimidar a los últimos combatientes, entre los cuales todavía vemos a nuestro héroe, el Narigón Bostero.

caballoUn sargento de la montada corre con el palo de amasar inhiesto a punto de golpear a alguien, lo corre de atrás y… cae, cae al suelo y rueda. Vemos como a treinta metros a un hincha de San Lorenzo que festeja y le grita: ¡Tomá puto, tomá! Podemos adivinar que él es quien ha salvado a un compatriota, ¡cuántos héroes ha despertado esta lucha, Gurí!

“Si, este es el tipo de cosas que dejan ver qué clase de hombres es cada uno. Agarrémosle el caballo al cana amigo, y rajemos”.

El Gurí salió corriendo y yo detrás de él. Saltó al caballo, y se trepó como un experto jinete. Yo intenté hacerlo de la misma forma, pero casi paso de largo y él alcanzó a pararme del otro lado. Me abracé a él y nos dispusimos para la marcha.

–          ¡Uiiiijaaaa!

Tiró el sapucai el Gurí, espoleó al animal y gritó:

–          Vamos amigo, que la balacera no le para más. Rajemos.

Juntos fuimos al trote buscando el portón de salida. Lo que pasó después, fue dramático. El Gurí me confesaría después que él lo vio en cámara lenta. Yo confieso que lo vi con bastante miedo. Un policía nos vio correr en el corcel de su colega, nos miró con odio, alzó su escopeta, apuntó y cuando estaba por disparar, su cabeza se movió de atrás para adelante, volvió a rebotar hacia atrás doblándose su nuca, se volteó asombrado y cayó desplomado.

Miramos a nuestro héroe, El Narigón Bostero, quien nos guiñó un ojo, nos levantó el dedo pulgar y nos gritó: Rajen. La gran nariz ahora estaba oculta tras la casaca xeneize. Después de saludarnos, buscó una nueva piedra y se preparaba para otra jugada magistral de las que ya nos había mal acostumbrado. Pero poco fue lo que pudo hacer. Tres policías paraguayos se lanzaron sobre él, usando sus macanas para golpearlo. Caído, recibía las patadas y las trompadas y las contestaba con un: ¡Si van a pegar, peguen como hombre, maricones!

Un nuevo Cabral había nacido. Con el Gurí escapamos por el portón, con una sensación agridulce, viendo cómo nuestro ídolo quedaba desmayado en el piso y los policías se alejaban de él, buscando nuevas víctimas.


[1] Se recomienda leer el resto del cuento en voz alta, rodeando la boca con las manos, como cuando se toma agua de un río.

[2] N. del E.: Podría estar refiriéndose a la famosa sopa paraguaya o al chipa.

Anuncios

Hablemos como en casa, a calzón quitado. Comentá lo que quieras.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s