Anécdotas infantiles

Cuando uno es niño no se da cuenta que es malo. Incluso cuando nos acusan de serlo creemos que nos juzgan injustamente. Nos cuesta entender que no es gracioso romperle todos los lápices a un compañerito. Nos  parece raro que un adulto no se ría a carcajadas de un niño que se cayó porque le pusimos una zancadilla. Miramos sin culpa al nene que se refriega la rodilla lastimada y se palpa las manos raspadas riéndonos hasta que un adulto nos mira serio y nos da una lección a los gritos de que eso no se hace.

Recién cuando uno crece y ha entendido lo que es la rebeldía bien encaminada, y la puede separar de lo que es la estupidez adolescente, empieza a tener remordimientos. Hay cosas casi olvidadas y que van apareciendo en cierto momento de la vida sin que sepamos por qué, como cuando le pegábamos entre todos a Molina porque se creía un robot. Si pensamos un poco en ese tipo de cosas que hacíamos de niños, nos causan un poco de gracias, pero sabemos que actuábamos mal. Sin embargo hay otras situaciones menos violentas, pero más injustas que nos hacen pensar que éramos malas personas y que no me causan gracia.
Hay situaciones clásicas que se prestan para ese tipo de actos injustos. La principal es la hora de gimnasia en la escuela. Me acuerdo que nuestro maestro era un tipo sádico que hacía bromas contra los gordos y nosotros no nos poníamos del lado de nuestro compañero gordo, no. Nosotros lo señalábamos y nos reíamos. Hubo gordos que fueron elegidos últimos en todos los juegos en los que había que elegir los equipos, desde primero hasta séptimo grado. Y nos reíamos y apuntábamos con el dedo a la cara del último.

Y el profesor sádico era injusto para arbitrar cualquier deporte. Tal vez quiso ser otra cosa en la vida y no lo logró, y su resentimiento por la carencia de poder real hacía que se desquitara con los niños que los padres dejaban a su cargo. Después de un par de castigos por protestar sus fallos comprendí que la forma de descargar mi bronca ante su falta de imparcialidad era siendo violento con alguien, siendo tan injusto como era él, pero contra un inocente. Entonces ante la primera falla en mi contra, yo buscaba al más débil del equipo rival. Miraba como mira un tigre antes de atacar una manada de búfalos. Cuando encontraba al búfalo más asustado y más débil, me ensañaba con él. Lo golpeaba a traición después que soltaba la pelota o le apuntaba pelotazos a la cara.
Hay historias, como la de tirar petardos arriba de los techos de los colectivos o la de poner escombros en la calle para que los autos no puedan pasar, que son anécdotas que a veces me sacan una sonrisa, a veces. Pero existe una de esas historias que cada vez que me viene a la cabeza se me ensombrece el espíritu. Y lamentablemente la recuerdo cada vez más seguido. Mucho más seguido de lo que me gustaría.

Nosotros teníamos unos 10 años y hacía pocos meses que se había mudado  al barrio la familia Paz, Antonela tenía 6 y Maxi era  un poco más chico que nosotros. No nos habían  hecho nada. Con otros nenes de la cuadra solíamos  jugar al fútbol en la calle, usando cuatro ladrillos  para armar los arcos. Un día mientras jugábamos con Nando vimos que Antonela se dejó una muñeca en la vereda. Al salir de su casa no la encontró y corrió llorosa a donde estábamos a reclamar que se la devolviéramos. Fuimos sinceros con ella, le dijimos que se la habíamos tirado adentro de la casa abandonada de la esquina.

No hicimos caso a sus súplicas para que se la devolviéramos. No se animaba a ir ella, ya estaba oscureciendo, el pasto de la casa era casi tan alto como ella y el largo tiempo de abandono le daba un aspecto aterrador a la casa.

– Prendimos fuego, si no la buscás rápido se va a quemar.

Cuando Nando le dijo eso Antonela se largó a llorar más fuerte y corrió a la casa de la esquina a buscar su muñeca.

Corrimos detrás de ella y apenas entró empujamos la casi destruida puerta y comenzamos a taparla con palos y escombros que estaban sueltos en la vereda. Cuando pusimos lo que considerábamos suficiente como para que no pudiera mover la puerta, cada uno corrió a su casa.
Al día siguiente cuando pasé por allí para ir a la escuela vi que la puerta estaba abierta y había muchísima gente en la esquina. Supuse que la habían rescatado. Agaché la cabeza para que nadie me viera y seguí caminando. Las cuatro horas de clase las viví con mucho temor, recién ahí pensé lo que me dirían cuando Antonela contara que éramos nosotros la que la habíamos encerrado.

Al mediodía cuando llegué a casa, mamá hablaba por teléfono con la abuela y allí me enteré todo.

La familia había comenzado a buscarla y cerca de la 1 de la mañana escucharon gritos en la casa abandonada. Al entrar las linternas alumbraron a Zamacola manchado de sangre. Su cara deforme miraba a todos sorprendido y trataba de explicar en su media lengua algo que nadie le entendía y movía desesperado las grandes palmas de las manos ensangrentadas.

Era demasiado tarde, nadie podía salvarla. Los vecinos dejaron al borde la muerte al idiota del pueblo.

Cuando me enteré sentí muchas cosas que mi cerebro confundido intentaba entender.

Sentí alivio porque nadie me culparía. Sin embargo, el vacío que tenía en el pecho me hacía sentir peor y más culpable que si me hubieran descubierto. Fue como quedarme parado viendo el tiempo borrarse en unas fronteras difusas, corriendo a mí alrededor vorazmente y cuando todo frenó, yo ya no tenía alma. El corazón latía más fuerte porque no tenía a donde rebotar y yo podía escuchar el eco que generaba en mi interior. Ese día por primera vez creía que realmente era un nene malo.

 

Esa travesura jamás me dio una sonrisa, y tal vez uno pueda saber cuán culpable es de algo recordando cuantas veces pudo sonreír al contar la historia. Yo ni siquiera he sido capaz de contarla.

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2 comentarios en “Anécdotas infantiles

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