Cacería

El bosque se cerraba, me encerraba. Cada vez más tenebroso. Las sombras lo cubrían todo. La humedad se convertía en pequeñas gotas que bañaban la atmósfera con una suave capa, haciendo que todo pareciera más denso, hasta dificultar la respiración.

El miedo inundaba el aire. Cada vez que la muerte había estado tan cerca me había sentido igual, con pánico, y con la adrenalina manteniéndome en movimiento.

Cuando más aceleraba mi carrera, más fuerte era el olor de él y más fuerte mi miedo.

 

Hacía mucho que no volteaba la cabeza, no tenía sentido hacerlo, debía seguir hacia delante, tan rápido como pudiera.

La cercanía de la muerte suele atemorizar y paralizar. Por suerte, a mí sólo me sucedía lo primero, entonces podía seguir, sabiendo que el final de aquella historia estaba cada vez más próximo.

Las raíces de los grandes monstruos de madera me hacían tropezar y un par de veces caí en aquella tierra pegajosa y negra. Temí que mi caída advirtiera mi posición al otro habitante de aquel extraño lugar. Las ramas me pegaban constantemente en la cara y mi piel ya estaba lacerada en buena parte de mi cuerpo por las espinas y filosas hojas que me golpeaban al correr.

Mi enemigo estaba en aquel bosque tan perdido como yo, pero seguramente con diferentes miedos. Yo no lo veía, pero podía sentirlo y sabía que cada vez estaba más cerca mío. Probablemente él  también  estuviera  percibiendo  la  cercanía  de  la  muerte,  y  también  se asustara con el golpe de las ramas y las espinas que se clavan en la piel.

El eco de un grito agudo me erizó la piel, supuse que debía ser algún ave nocturna que se encontraba  cazando.  Cuando  se  me  pasó  el  estremecimiento  por  aquel  chillido,  sonreí pensando en una extraña comparación con aquella ave.

El viento movió los árboles de un lado a otro y permitió una abertura suficiente para que el resplandor de la luna penetrara hasta el suelo. Ese haz de luz fue suficiente para ver la sombra que  se  movía  tan  cerca  de  mí.  Entendí  que  el  encuentro era  inminente,  encomendé mi conciencia a Dios y me preparé para lo que me tocaba.

Sin intercambiar palabras, el filo de la espada tocó el frío aire y luego la dejé caer sobre su cuello.

Nunca supo de donde vino el golpe, y yo, yo corrí con el miedo y la adrenalina que aún hacían temblar mis piernas.

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