El santiagueño que venció al perro familiar

Empecé a caminar lentamente, me fui acercando de a poco, dejando que me escuche, que fuera masticando el miedo que debía estar dominándolo antes de verme. Pasé por encima de una piedra para que mi gruesa cadena golpeara contra ella y comencé a trotar por entre las cañas mientras gruñía. No sentía placer al asustarlo, pero lo hacía como un ritual que facilitaba el trabajo. Pero esa vez todo fue diferente. Encontré al santiagueño en cuclillas, al verme se persignó, escupió hacia un costado y se puso de pie.

–          Sabía que esta noche vendrías, perro del infierno. No me habían encargado quedarme de turno por que sí. Pero ni vos ni el patrón me van a limpiar tan fácil.

Empezamos a caminar alrededor de la fogata, rodeados por la caña, nos mirábamos de reojo. Los dos transmitíamos miedo y furia a la vez.

Yo mostraba mis grandes colmillos afilados contra piedras enterradas en las tinieblas, él dibujaba veloces figuras en el aire con su gastado facón; los pelos negros de mi nuca se habían erizado y brillaban bajo la luna. Él había envuelto su izquierda con una campera que usaba como escudo. Yo sacudía mi cadena mientras él se aferraba al rosario que tenía enredado entre los dedos de su mano izquierda.

Yo tenía que llevarme un alma para cobrar la parte del trato que nos correspondía, él había sido sacrificado por su jefe. Yo iba hambriento, él estaba dispuesto a todo por salvarse. Yo daba largos gruñidos, él hablaba, no tanto para mí, sino para él.

–          Perro del infierno, a mi no me van a llevar como a los otros peones. Yo no me asusto tan fácil.

No podía escucharlo más. Corté la danza que teníamos alrededor del fuego, me detuve y salté por encima de la fogata. Caí a dos metros de él, me puse en dos patas y rugí con toda mi rabia. Di unos pasos y volví a posicionarme en cuatro patas. Bajé mis caderas y me dispuse a saltar, pero vi que él no había retrocedido ni medio paso. Eran sus ojos los que parecían echar fuego. Vi una cruz calzada sobre su pecho y titubeé, no me atreví a saltar, entonces él aprovechó para adelantarse un metro, yo retrocedí  medio, casi arrastrándome. Lo miraba fijo y trataba de espantarlo mostrando mis dientes filosos y soplándole mi aliento podrido.

–          Vení perrito. Venga cachorrito.

Estaba en guardia, sus piernas separadas, el brazo izquierdo adelante con el rosario que colgaba y la derecha atrás con el facón levantado y moviéndose listo para caer cuando hiciera falta.

–          Ningún enviado del demonio me va a llevar. Que venga el mismo a buscarme si le debo algo.

Volvió a escupir y me volvió a invitar.

–          Vení perrito, vení.

Volví a agazaparme, tomé coraje y salté buscando su cuello. El santiagueño se agachó y con un movimiento de su brazo me apartó de mi blanco, antes de caer sentí como el metal de su arma rozaba mi lomo. No fue de pleno el golpe, pero el aroma de la sangre se fundió con el olor de la caña.

Mi cuerpo se convirtió en una masa llena de ira. Di algunos ladridos graves y volví al ataque. Me impulsé con mis patas traseras y cuando el adelantó su brazo izquierdo le desgarré su escudo de un zarpazo. Dejó caer los jirones de la prenda, retrocedió unos pasos, soltó un segundo el facón mientras yo giraba y se sacó su vieja camisa. Cuando volvimos a quedar cara a cara ya había tomado de nuevo el arma y lucía más amenazante que antes, con más decisión. Su pecho y barriga, casi lampiños, estaban completamente sudados a pesar de ser noche fresca, los gruesos hombros estaban tensos, esperando. Los músculos del brazo estaban hinchados. Su pecho latía agitadamente, moviendo el crucifijo que lo cruzaba.

–          Perro hijo de puta, vení. Vení –dijo y me hizo señas de que me acercara.

Yo rodee el fuego, me fui acercando lentamente mientras miraba como le pedía protección al cielo y volvía a persignarse. Corrí unos pasos y salté. Esta vez no tuvo tiempo de poner su guardia. No acerté el cuello pero el golpe fue suficiente para derribarlo. Él quedó tirado en el suelo y yo pasé de largo. Me volví rápido y salté una vez más, justo que él estaba de rodilla. Alcanzó a cubrir su cuello con la izquierda. Trabé mi mandíbula alrededor del brazo. Él forcejeaba intentando librarse, nuestros ojos estaban separados por menos de cinco centímetros, yo veía su odio en los suyos y  seguro que él podía ver las puertas del infierno en los míos.

Movía mi cabeza intentando arrancar su brazo, pero era fuerte. Era un joven que había hachado la caña por casi diez años.

Ambos gruñíamos, él además insultaba. Una de mis garras aplastaba todo su pecho y con las muelas iba triturando la carne de su brazo, pero en ningún momento pude ver resignación en sus ojos, solo apenas un poco de miedo, el justo para mantenerlo peleando.

Cuando mejor afirmado me sentía sobre él, un fuerte filo golpeó mi pierna izquierda. Casi sin darme cuenta esta se venció y quedé en el suelo. El santiagueño me empujó y como pudo se puso de pie. Agitado me miraba, calculando a quien le quedaban más fuerzas. Yo me paré, no podía apoyar la garra izquierda y un grueso hilo de sangre comenzaba a dibujar un río en la tierra que corría casi hasta el fuego. El santiagueño levantó el facón y antes que él hiciera un paso yo corrí como pude y me perdí entre las cañas.

A la mañana siguiente él ya se había ido y yo tendría que esperar a recuperarme para cobrar nuestra parte del trato.

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