Pasiones

La mujer tejía, pensativa y mirando el piso. Las agujas se movían mecánicamente y se encontraban y entrelazaban los hilos de memoria.

El fondo musical de su tarea era el partido que su marido miraba en la habitación, del otro lado de la pared descascarada de la cocina.

Las últimas semanas habían sido bastante duras para ella, el equipo venía haciendo un mal torneo.

Había intentado tener la comida lista a la hora que él volvía del trabajo, pero uno de los días se había demorado más de lo que esperaba en cocinar y eso tuvo sos consecuencias, como lo tenía no tener la camisa planchada o las medias limpias.

Estaban jugando de visitantes y aguantaban el cero a cero. No era un mal resultado, teniendo en cuenta los como habían salido los demás equipos. Alcanzaba para salir del descenso directo.

Ella rogaba para que el partido terminara así, y rápido. O que ganaran, así a lo mejor salían a pasear.

Alguno se erró solo un gol adentro del área chica. Habían perdido su oportunidad.

El insulto la sobresaltó, nunca se había acostumbrado del todo. Se secó las manos transpiradas en el largo y gastado vestido floreado. Y siguió en lo suyo, pero siempre con un oído en el partido.

Corner para los rivales. Para esos que podían amargarle la semana. Los chicos entraron a la casa peleándose a los gritos. Ella dejó el tejido sin terminar la vuelta y corrió al comedor.

– Salgan de acá. Vamos, vayan a jugar a la calle. ¿No saben que su papá quiere ver tranquilo la tele?

Ninguno protestó, en filita india y con la cabeza gacha, marcharon a la vereda para seguir jugando.

Pasó el peligro del corner, el cabezazo pasó por arriba del travesaño. En el camino hacia la cocina se detuvo en la entrada de la habitación. Desde el marco de la puerta miró el resultado y de reojo a él, inclinado hacia delante movía nerviosamente los pies y apretaba los puños y los dientes. Su pecho, apenas iluminado por las rendijas de la persiana brillaban por el sudor que caía hasta el borde del pantalón. Salía un olor fuerte de la habitación.

–      ¿Qué querés? –preguntó sin desviar la vista del televisor.

–      Nada –respondió ella y se fue.

Final del primer tiempo. La mitad ya estaba hecha. Había que aguantar cuarenta y cinco minutos más y tendría una semana tranquila.

El comentarista hablaba de la supremacía del rival y de que la derrota no tardaría en caer si no había un cambio estratégico y en la actitud del equipo.

–      ¿Qué sabés vos? Si en tu vida jugaste, hijo de puta.

Los insultos seguían y las delgadas paredes dejaban pasar los gritos y el temor. Volvió a dejar el tejido y salió a la calle. El griterío de los pibes del barrio la parecieron una señal de vida, entonces se sentó en el murito de entrada a ver como jugaban. Cada tanto tenía que retar a alguno de los nenes por saltar una zanja o por treparse a un árbol. Se preocupaba pero sonreía. Intentaba a olvidar lo que pasaba adentro, pero no podía.

Entró en la casa, iba a buscar el tejido. Se asomó a ver el resultado, por pura curiosidad. Uno a cero abajo. Él estaba mirando el suelo, con la cara entre las manos, en silencio.

–      ¿Estás bien?

–      ¿A vos qué te parece? Haceme el favor de quedarte afuera.

Sin saber por qué, se sentó en la cocina y se quedó ahí. Intentó tejer pero las manos temblorosas se lo impedían.

Una idea se afirma como un sello en su cabeza. El silencio era peor que los insultos. El silencio habla de lo imprevisto, el silencio no deja saber qué está pensando el otro. El silencio da pánico y dice que se está acumulando bronca que en algún momento va a salir.

No hubo gritos ni insultos hasta el pitazo final.

–      Hijos de mil putas. Juegan por la plata nomás. No les importa nada a estos. Ojalá se mueran todos con un buen cáncer de huevos.

Después de la condena, la tele y la casa quedaron en silencio. Ella tragó saliva, sabía que a ella también le tocaría y le convendría el silencio, una semana más.

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