Desaparecidos

La noche no sólo era profundamente oscura, si no que también era impresionantemente triste. La desaparición de Laura la noche anterior había conmocionado a toda la familia.

Ni una sola pista en todo el pueblo, nadie la había visto. En el campo que estaba más cerca, el de los Márquez, creían haber escuchado un grito a la madrugada, pero no estaban seguros.

Alberto, el padre preocupado, no podía dormir y trataba de entender qué podía haber sucedido.

Salió de la casa y se sentó en un banquito de madera y llamó al perro que no acudió al llamado. Le extrañó que el siempre fiel animal no estuviera en tan difícil momento. Su angustia era tan grande que no le dio importancia. Además, era un perro de campo que iba y venía cuando quería. Pensó en su mujer que ya dormía y en los hermanos de Laura que de tanto llorar se habían rendido extenuados. Se recostó contra un tronco y se quedó dormido. Sin saber cuanto tiempo después, se despertó con un grito agudo, un chillido como el que dan los chanchos cuando se los degüella. Se le heló el cuerpo y sintió las venas repletas de fluidos que corrían aceleradamente. Cuando pudo reaccionar, corrió hasta el chiquero, con una linterna que llevaba iluminó el lugar, pero no vio nada raro. Pensó que podía haber sido un sueño, pero el susto era demasiado real. Quería ir a investigar, pero el monte de los alrededores era demasiado cerrado como para meterse en una noche así. Los gigantes árboles se movían con el viento que los sacudía, dándoles aspecto de gigantes monstruos de cuentos infantiles.

Miró un poco en los terrenos que rodeaban la casa, para poder quedarse tranquilo, pero no se animó a ir más lejos. Todo el cuerpo electrizado le decía que no avanzara más allá de lo seguro. Volvió a meterse a la casa con miedo e impotencia, pensando siempre en Laura.

 

Al día siguiente Alberto fue despertado por su mujer que tenía los ojos llenos de lágrimas. Él pensó en lo peor.

 

–      ¿Qué pasa mujer? ¿Encontraron a Laura?

–      No. Desapareció alguien más.

–      ¿Quién?

–      Mauro.

–      ¿Qué Mauro? -preguntó Alberto sin terminar de creerlo-. ¿El hijo de los Márquez?

–      Si, ese. Tampoco saben nada. Algunos andan diciendo que se fueron juntos. Pero no puede ser, yo sé que me hija me hubiera contado algo si estaba enamorada o algo así –dijo la madre y rompió en llanto.

–      No, no. Laura no hubiera hecho algo así.

 

Ambos se pusieron en marcha hacia lo de los Márquez. Llevaron a sus dos hijos y las dos familias quedaron reunidas.

Todos lloraban y se abrazaban. Intentaban encontrar explicaciones y juraban ayuda mutua.

 

Casi al anochecer, la familia de Laura volvió a su casa, seguida por el perro que caminaba con la cabeza gacha, copiando el gesto de su familia.

La mañana trajo peores noticias. Germán, el hermano menor de Laura no estaba en su cama y no lo podían encontrar. La familia lloraba sin consuelo y ni la presencia de los Márquez los aliviaba. Juan, el único hijo que les quedaba a los padres de Laura, acariciaba al perro que descansaba triste al lado del plato de comida que no había sido tocado. El chico no mostraba sus sentimientos para no angustiar a sus padres, pero el terror que sentía le ganaba el pecho y en un momento corrió a fuera para poder llorar tranquilo, sin que nadie lo viera.

La madre estaba derrumbada en la cama y el padre hablaba con la policía que prometía hacer algo.

Tal promesa no se cumplió muy rápidamente. Los policías volvieron al pueblo y los vecinos aterrorizados decidieron quedarse todos juntos en una sola casa. El matrimonio Márquez se instaló en una pieza vacía, mientras que su hija Carina, dormiría en la habitación de Juan.

Cenaron un arroz con pollo que quedó casi intacto en todos los platos. La cena había transcurrido en un mutismo funerario. Sólo algunos carraspeos interrumpían el ruido de las chicharras que entraba por las ventanas adornadas por unas cortinas rojas y blancas que se movían suavemente con el viento leve que corría esa noche. Una luz amarilla completaba el cuadro triste de esa casa.

Costó mucho, pero finalmente el sueño venció a todos. Hasta que, una vez más, un grito desgarrador se escuchó a unos metros de la puerta.

Sergio Márquez se despertó y corrió a la habitación de los niños. Como suponía, su hija ya no estaba. Corrió hasta la tranquera, pero no vio nada por ningún lado.

Al día siguiente, por fin empezó la búsqueda policial. Rastrillaron la zona durante horas, hasta que justo en un lugar del monte casi equidistante entre las dos casas, se encontró un gran pedazo de tierra removida cubierta por la sombra de cuatro grandes y frondosos árboles que oscurecían la superficie.

Cuando se dieron las primeras paladas empezaron a asomar huesos relucientes, como si hubieran estado allí desde hacía años.

Cuando uno de los policías se metió en el hueco y tomó uno de los huesos, un gruñido ganó el aire y todos pudieron ver cómo el perro se agazapaba con los pelos de su nuca parados, indicando que estaba dispuesto a defender su terreno.

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2 comentarios en “Desaparecidos

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