La foto

CamaraLa única pista que encontramos fue una fotografía tomada justo antes de que muriera.

La imagen mostraba a la mujer con su vestido rojo, mirando por la ventana de la casona hacia el bosque. Se notaba que el viento helado azotaba el pastizal y los altos árboles. Se la veía de perfil y se notaba saludable.

Evidentemente la foto había sido tomada con una de esas viejas cámaras instantáneas y la habían dejado caer, o se había caído entre los pastos amarillos.

El detective la encontró y no la tocó. Los peritos la fotografiaron y calcularon el ángulo y la distancia. La conclusión era clara. La habían tomado desde el mismo lugar donde se la encontró.

No iba a ser difícil encontrar al dueño de la máquina. No podía haber muchas en el pueblo.

Fuimos con el detective a las dos casas de fotografía que había, y la respuesta en ambas fue la misma: “Darío Becerra”. Era el único que había ido con una de esas cámaras en los últimos años.

Que haya un solo sospechoso, puede parecer bueno, pero en este caso, eso complicaba la investigación.

Para escapar del frío nos metimos en un bar a tomar un café. Empezamos a recordar el caso de Darío Becerra. Sexo masculino; treinta y dos años; muerte: por causas naturales tres meses atrás.

Salimos del bar y nos dirigimos a su casa. Al auto le costó arrancar con aquel frío y la calefacción apenas se sentía. La marcha era lenta y cautelosa, el paisaje blanco nos mantenía alertas.

La madre de Becerra nos recibió y nos reconoció de inmediato. Ella no creía en la muerte por causas naturales de su hijo y hasta dudaba de la muerte de él. Ella miraba el cajón y decía que estaba vivo. No pudo explicar porqué afirmaba eso, pero decía que sentía que él todavía estaba a su lado. Todavía culpaba al médico forense y a la policía por no haber investigado y analizado el estado de su hijo. Así que no fuimos bien recibidos.

La visita fue corta. Dijo que no sabía nada. No había visto la cámara desde que su hijo falleció y suponía que alguno de sus amigos se la había quedado. Nunca intentó recuperarla porque le traería muchos recuerdos. Ahí nos dimos cuenta que su casa estaba decorada por cientos de fotos sacadas por su hijo. Costaba entender que esas fotos fueran menos dolorosas que la cámara.

El detective extrajo la fotografía de la bolsa de evidencias, donde estaba guardada, para compararla con las que se veían en las paredes. Al ver la fotografía, la madre de Becerra sonrió tiernamente.

─ Él va a estar feliz. Eran una pareja hermosa, sé que ella quedó muy triste cuando él murió. Seguro que ahora se van a encontrar en el cielo y van a volver a sonreír.

Sin muchas pistas, seguimos investigando. Tratamos de encontrar la cámara, pero era evidente que nadie la había mostrado después que el dueño falleciera y los más cercanos aseguraban que él jamás se separaba de la cámara y nadie recordaba que la hubiese prestado alguna vez.

El médico forense fue terminante: estaba muerto. Seguía convencido de lo que había asegurado en el informe de la autopsia.

─ La madre insistía en que estaba vivo. Ella decía que lo percibía. Tanto insistió que pensé que podía tratarse de alguno de esos extraños casos en los que un paciente queda en un estado de catatonia. Le hice algunas pruebas, traté de someterlo a algunos estímulos para ver si respondía a alguno, pero no. Ningún tipo de respuesta. Ese chico estaba muerto.

Las dos autopsias, la de la fotografiada y la de Becerra, tenían muchos puntos en común. Ambas muertes se habían producido por causas naturales. La hora de muerte también parecía coincidir, entre las cinco y las siete de la tarde. Pero lo más extraño era que ella fue encontrada sobre el suelo en una extraña posición, con el cuerpo sobre un costado enrollada en forma fetal, las manos sobre la panza, el cabello prolijamente acomodado y una sonrisa que caía por su boca. El también había sido hallado de costado y en forma fetal.

Por el lado de la chica la investigación parecía muerta. No había pistas que pudiéramos seguir. El detective pensó que la única forma de avanzar era retrocediendo. Solicitamos una entrevista con el juez del caso Becerra y luego de explicar las novedades de los casos, le pedimos autorización para exhumar el cadáver del hombre. Después de varios días pudimos sortear los escollos burocráticos y nos dieron la autorización.

El cementerio era más sombrío en invierno. En las afueras del pueblo el frío pegaba más duro y los perros lo usaban para refugiarse del viento en las tumbas abiertas.

Los excavadores tardaron más de una hora en llegar al cajón, la tierra estaba casi congelada.

El detective abrió la tapa y todos nos retiramos un par de pasos. El hedor era terrible. El cuerpo estaba desintegrado casi por completo. La carne que quedaba estaba usurpada por gusanos que caminaban por dentro y por fuera de ella. Cuando estuvimos un poco más acostumbrados al olor, nos acercamos para observar.

Allí estaba la máquina, limpia entre tanto polvo y sujetada por dos manos huesudas. Podríamos decir que casi no nos sorprendió, pero sí nos espantó que a pesar de lo podrida que estaba la carne, se podía adivinar una sonrisa en la cara de Darío Becerra.

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