La mano

Le costó dormirse. Había dado muchas vueltas en la cama y cuando empezaba a sentir que ya estaba inconsciente, una pesadilla lo despertaba. Tres o cuatro veces sufrió la misma escena. Era la clásica pesadilla en la que uno sabe que no puede escapar, sin importar cuánto corra.

A los tres de la mañana algo volvió a despertarlo, pero no fue ningún mal sueño. Una mano tamborileó sobre la puerta de la casa. El primer juego de dedos lo despertó. Tendido en la cama pudo escuchar cómo por segunda vez los dedos iban golpeando de a uno su puerta. Una tercera vez lo estremeció. El ruido de la puerta retumbaba y rebotaba entre las paredes y avanzaba por cada centímetro como una densa nube de humo invade una casa que está apunto de desplomarse tras un incendio.

Dos veces se escuchó: Trrrac. Trrrac. Los dedos parecían martillar sobre su cabeza. Salió sigiloso de la cama y caminó hacia la entrada. Por la mirilla no vio a nadie. Despacio introdujo la llave y antes que comenzara a girar, dos nuevos tamborileos. Casi se cae del susto, retrocedió varios pasos, y luego de un minuto de quietud absoluta, ganó terreno y volvió a mirar por la mirilla, nada. Se decidió a girar la llave, abrió la puerta y no vio a nadie del otro lado. Se asomó y miró en todas las direcciones y vio el barrio tan muerto como solía estar a esa hora.

Cerró todo y volvió a la cama. Con los ojos cerrados, pero con la imaginación tratando de encontrar respuestas, comenzó a escuchar una vez más la mano. Esta vez hubo un solo tamborileo, pero en la madera del respaldo de la cama. Trrrac. No pudo moverse, estaba paralizado, sentía como su sudor empapaba las sábanas que se habían pegado a su cuerpo. Sus piernas se habían convertido en bloques de cemento y su cuerpo se habíacongelado.

La mano comenzaba a hacer un nuevo ruido. Shhh. Largas uñas arañaban las sábanas. El ruido comenzó a la altura de su cabeza y comenzó a bajar. Lo único que él lograba hacer era tragar saliva, hasta que logró vencer el temor por un segundo y pudo encender el velador. Una vez más, nada. Pero no se conformó con eso, salió de la cama y fue a recorrer la casa. Al pasar por el comedor el viento frío que entraba por la ventana golpeó su pecho transpirado y sintió que se le helaba todo el cuerpo. Caminó hasta la ventana y la cerró, al igual que todas las de la casa.

Antes de volver a la cama dejó encendida varias luces, incluso la del velador que estaba al lado de la cama. Jamás había podido dormir con una luz prendida, pero creía que nunca más podría hacerlo en la oscuridad.

Solo unos segundos después de haberse tapado, la mano empezó a arañar la sábana justo en donde había cortado el arañazo anterior. Que aquello sucediera con la luz encendida le daba más miedo, era como saber que la muerte viste de civil y no ataca por sorpresa, si no con aviso previo y destino inquebrantable. Sentía cómo su pecho se agitaba y comenzaba a dolerle. El cuerpo ya no respondía.

Las uñas se detuvieron a la altura de las rodillas y en ese momento la tortura se hizo silenciosa. No escuchaba nada, pero sentía como suavemente una mano rozaba sus bellos y luego acariciaba su muslo izquierdo y comenzaba a subir.

Tenía los ojos apretados y las lágrimas comenzaban a mojar las sábanas. Su cerebro le decía a las piernas que se movieran, que espantaran a la mano y corrieran, pero allí seguía él, totalmente paralizado.

La mano continuó viajando hacia arriba. Una palma extendida pasó lentamente por su abdomen, luego aplastó fuertemente el pecho e hizo su última parada en el cuello. Un último y muy leve sonido lo hizo entender lo que venía. Era el suave sonido que hace una mano al estrangular un cuello.


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