La Santa

Volvía del  centro  después de  haber  estado  buscando algunas  monedas, pero  no  son tiempos fáciles. Ya no se consigue mucha generosidad y la verdad que no me sobran las ganas de trabajar, así que tenía los bolsillos igual que cuando me fui: vacíos.

Como decía, estaba volviendo cuando en uno de los pasillos del barrio escuché la confirmación de lo que se hablaba hacía un par de semanas: no lo iban a dejar volver al doctor al dispensario.       Es una lástima porque era una buena persona, un buen hombre, él había vacunado a mis seis hijos, casi sin que lloraran. Y además había curado varias veces a mi marido del catarro. Yo, por suerte, no me enfermo nunca; por eso podía trabajar todos los días. Ahora hace mucho que no trabajo, más o menos un año. Desde que mis últimos patrones se tuvieron que ir del país, preferí no buscar nada. El Negrito me dijo: –Para que vas a andar laburando afuera si estamos bien y los pibes te necesitan-. Tenía razón, estamos bien. Aunque a veces faltan algunas cositas. Pero igual nos arreglamos bien para comer. Al Negrito con lo que gana en la obra le alcanza para traer lo suficiente y a eso le agregamos la bolsita que nos dan en la Base, y llegamos bien. Aunque hoy no sabía que les iba a dar a los chicos.

Hacía rato que se escuchaba que el doctor andaba en un quilombo complicado. Qué lástima, parecía un buen hombre. Pero parece que está bien lo que hicieron, dicen que fue porque no era leal a la causa y que no se afilió.

Cuando terminé de recorrer los pasillos y llegué a mi casa, me senté unos minutos para pensar tranquila qué les iba a dar de comer, antes de que llegaran los chicos de la escuelita nueva. No era fácil elegir, en realidad no tenía qué elegir. Me angustié un largo rato pensando en el hambre que iban a sentir esos pibes y que se me desgarraría el alma si veía una lágrima por culpa del hambre.

Imploré a Nuestro Señor que me diera una solución, cómo hacía para arreglar aquello, esas caritas de hambre que iba a tener que ver. Que lástima que ya no me gusta trabajar, eso antes no pasaba. Oh Señor, decime que hago, grité. Y me eché a llorar impotente, rogando.

Juro por la vida de mi madre que el Señor nunca me había escuchado, ni un sólo domingo en la capilla del Padre Luis, pero este mediodía me escuchó implorarle, ahí sentadita en la silla de madera que está en la cocina.

Tocaron la puerta de mi humilde casita, ésta, la que me regalaron el año pasado, caminé para abrir la puerta y una vez que lo hice inmediatamente tuve que llevarme las manos a la boca para que el pecho no se me fuera en un grito, las rodillas se aflojaron, se me derretían. Y

el pecho, el pecho me ardía, no lo podía creer, no lo podía creer.  Era ella, la misma que me había dado la casa, la que nos había regalado todo lo que teníamos y la dueña de la cara que venía en las estampitas que estaban adentro de los bolsones.  Era ella, la Santa. La más santa de todas las santas que el Señor puso en nuestra tierra. La reconocí de inmediato, aún con los ojos llenos de lágrimas. Su aura rubia contrastaba hermosamente con el cielo azul, aunque mucho no podía ver el cielo, porque me lo tapaban los ayudantes con camisas finas que acompañaban a la Santa y que se paraban detrás de ella en cada paso que daba.

Mis piernas no aguantaron y caí desplomada, con gran esfuerzo me puse de rodillas y desde allí abajo miré y disfruté de su cara celestial. Ella, la Santa, me tendió la mano con una sonrisa en el rostro y me ayudó a incorporarme. Yo todavía no podía decir ni una sola palabra. Ella, la Santa, fue la que me pidió permiso para entrar en mi humilde hogar, yo solamente asentí. Junto con ella entraron varias mujeres que parecían las vírgenes que la veneraban y que trabajaban de discípulas y se vestían y peinaban como la Santa. Todas se parecían a ella pero ninguna tenía su aura, ninguna.

Nuestro Señor había escuchado mi llanto, mi plegaria y había mandado a su elegida, a nuestra elegida. Y yo sabía que traía mi salvación, nuestra salvación.

Traía lo que todos necesitábamos. Ella, su enviada, estaba haciendo lo mismo que había hecho su hijo hace un montón de años: estaba repartiendo y compartiendo el pan con los pobres.

Ah, además me dio una cajita de arroz. También me dejó su pañuelo: -Para que te seques las lágrimas”-, dijo.

Hoy sí que fue un día especial, divino diría yo. El Señor, Nuestro Señor, me escuchó y me mandó a la Santa, la más Santa para que me diera lo que yo le pedí: un cacho de pan.

Y pensar que el doctor no la quiere. Está bien que lo hayan echado, aunque sea una buena persona, pero no puede ser tan bueno si no está con la causa, si no es fiel a la Santa.

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