El debut

No sé si es el mejor cuento para arrancar el blog, pero me veo obligado por el título. No será un blog solo de cuentos de fútbol, aunque son los que más me gustan. Arranco con este y en el segundo cambio de tema.

Bienvenidos y espero que lo disfruten.

————————————————————————————–

Estábamos todos los pibes en la tribuna agarrándonos la cabeza, la patada había sido tremenda. Después de varios minutos de revolcarse en el piso, el Cacho salió arrastrado por dos camilleros, que lo llevaban sobre un pedazo viejo de lona cocida a cuatro caños herrumbrados con una soga que ya se veía marrón. Pobre Cacho, no sabía si agarrarse la canilla o la cara. ¡Qué patadón le pusieron!

El primero en tirar la piedra fue Mario.

– Che, ¿mirá si la semana que viene jugá vo? -dijo como si no le importara lo que decía, mientras escupía la cáscara de una semilla de girasol que masticaba distraídamente.

Lo miré, primero pensando que hablaba boludeces, pero me di cuenta que tenía razón. Cacho era el único enganche que tenía la primera y yo era el único de la reserva.

El Cacho seguía revolcándose de dolor, mientras un médico improvisado le echaba agua y un aerosol que sólo enfriaba el terrible dolor que tenía la estrella del club.

El DT, don Osvaldo, mandó a calentar al Petizo Juárez. El Petizo algo la movía, pero era más para jugar de punta, como los viejos winnes. Bien de siete.

Mientras el Petizo trotaba y se preparaba para entrar, don Osvaldo se dio vuelta y relojeó para la tribuna, cogoteó como buscando algo hasta que cruzamos las miradas y ahí sonrió.

¡Mamita, que cagazo me agarró!

En menos de un segundo fantaseé con la entrada a la cancha con la diez de la primera. Que orgullo iba a sentir el viejo. Fanático del club desde chico, desde que vinieron con el abuelo a vivir al pueblo. Me imaginé la emoción del viejo, y casi se me pianta un lagrimón.

Esa semana todo el mundo me alentaba, ¡Vamos pibe!, me gritaban en la calle cuando pasaba en la bici por enfrente del restaurante del viejo Pablo, o por el tallercito del Negro Moliné. Toda gente grande, que había visto subir y bajar mil veces al club en las ligas locales y regionales.

Todo el pueblo sabía que yo iba a jugar el domingo. Encima era la semifinal de la liguilla local y jugábamos contra los de Unión. Desde las infantiles nos habíamos odiado. Era un verdadero clásico.

El martes y el jueves, los dos entrenamientos de la semana, había jugado de enganche para los de la primera. Estaba todo listo para el debut.

El sábado cené livianito y me fui a dormir temprano parara estar bien descansado. Me dormí como a las tres de la matina y encima soñé que entraba con la diez, hacía un gol y se lo dedicaba a mi viejo. Me desperté todo traspirado. ¡La puta que me parió, que cagazo que tenía!

Almorcé tempranito, la vieja me preparó unos ravioles con un tuco livianito y me fui para la cancha en la bici.

Llegué un rato después de haber empezado el partido de la tercera. Ya había bastante gente en la tribuna principal, la única de cemento. Saludé a todos los conocidos y me senté solo a ver el partido de mis compañeros. De a poco fueron llegando los muchachos de la mayor. Me costaba admitirlo, porque era una boludez, pero me temblaban un poco las gambas viéndome sentado al lado de tipos como el Cabezón Domínguez, que no era gran cosa como jugador, pero era ídolo para todos los pibes del club, hacía como veinte años que jugaba con la celeste y blanca y todos sabíamos que nunca se iba a ir del club. Todos admirábamos su amor por la camiseta y eso lo hacía un ídolo.

– ¿Cómo va, pibe? Usted tranquilo hoy, que atrás suyo estoy yo -dijo el Cabezón, guiñándome un ojo.

Sonreí y cabeceé, como agradeciendo el apoyo.

Cinco minutos antes de que termine el primer tiempo de la reserva llegó don Osvaldo con el Betito. El Betito era el hijo de don Osvaldo, que toda la vida había jugado de diez en el club hasta que se fue a laburar a Resistencia o Corrientes, no me acuerdo bien. Sentí que me debilitaba de golpe y me imaginé blanco como un papel.

– Vamo pibes, vamo pal vestuario- nos gritó a todos don Osvaldo.

En el vestuario arrancamos a cambiarnos y el viejo DT empezó a dar la formación del equipo.

– Usted Marquito- me dijo el viejo- va empezar en el banco. ¿Sabe? No le quiero meter tanta presión en un partido así. Pero quédese tranquilo que entra seguro en el segundo tiempo. ¿Tamo?

Asentí mientras me ponía la camiseta número quince y veía como el Betito se ataba los cordones con los botines apoyados sobre el banco de cemento con la diez celeste y blanca colgada del hombro.

Salimos por el túnel para la cancha y cuando miré la tribuna vi que estaba repleta. Las tres tribunas llenas, la de cemento y la de madera que dan para el Este y la otra, la más vieja que está al frente. Todo estaba lleno. Me costó encontrar a mi viejo, después lo vi entre los compañeros de la oficina. Me saludó con una sonrisa, pero igual le vi cara triste.

En esos primeros cuarenta y cinco minutos me comí todas las uñas y gasté los tapones de tanto zapatear contra el cemento del banco. Mis nervios eran evidentes, don Osvaldo me vio y me dijo:

– Tranquilo nene, que ya va a ser su turno.

Cero a cero. Primera mitad bastante mala  y aburrida. El  calor no daba tregua y los muchachos se veían bastante cansados. Apenas entramos al vestuario el Betito dijo con la respiración entrecortada que no podía más.

– Vaya pibe, caliente un poco en el pasillo que entra usted- ordenó el DT.

¡Papá, cómo me temblaron las gambas!

Quince por diez avisó al referí el Cabezón Domínguez, que era nuestro capitán, y entré. Antes del pitazo inicial lo miré a mi viejo y vi como me señalaba y se reía. Estaba chocho, súper contento y se notaba cómo hablaba con orgullo a sus compañeros.

Las primeras dos pelotas que toqué las devolví cuadradas, horribles. Se me notaba nervioso y encima ellos nos tenían contra el arco y a los diez minutos llegó el gol. Todo el mundo se agarraba la cabeza, nadie lo podía creer.

El Cabezón pegó tres  gritos y el equipo se convirtió en un batallón. Los estábamos matando a pelotazos, los teníamos atrincherados en su arco. Faltando diez más o menos para que termine, la recibo por la derecha, la paro, miro el área y tiro el centro. Por atrás de todo entró el Flaco Benítez que metió un frentazo que el arquero vio pasar nomás.

Fuimos a penales. El Cabezón pidió el primero y después dijo:

– El pibe patea el segundo.

Don Osvaldo me miró levantando la pera, como diciendo “¿Te animás?”. Yo lo miré al Cabezón Domínguez sintiéndome orgulloso por la confianza que me tenía, pero por otro lado lo odié por el peso que me ponía sobre los hombros.

– ¿Y, pibe? -preguntó don Osvaldo.

– Y…sí. Sí, yo le doy el segundo.

El Cabezón infló la red y ellos también la metieron. Empecé a caminar desde la mitad de la cancha. Uno a uno en los penales. Miré para la tribuna y no encontré a mi viejo. En realidad, no reconocí a nadie. No veía nada. Alguna banderita celeste y blanca y nada más.

¡Qué griterío que había! No entendía nada, era como un murmullo fuertísimo. Y de repente empiezo a distinguir un grito en coro: ¡Pibe, pibe! ¡Olé, olé, olé, olé! ¡Pibe, pibe! Piel de gallina tenía, ¡por Dios!

Agarro la pelota, la beso, la acomodo a doce pasos del arco, sobre la mancha de cal que hacía de punto de penal y tomo distancia. Me pongo las manos en la cintura y pienso para donde voy a patear. Me acuerdo de lo que siempre me decía mi viejo: “Apuntale a la cabeza”. Sonó el silbato del juez y para mí fue como que alguien gritara ¡Fuegooo! Corrí, apunté a la cabeza y busqué poner el empeine un poquito más debajo de la mitad de la pelota para que esta se levantara un poco, pero no demasiado.

El pozeado campo de juego, me jugó una mala pasada, valga la redundancia. Puse el pie un poco más debajo de lo que quería y pateé el balón junto a un cacho de tierra que dejó una gran polvareda por toda el área. Detrás de la densa nube, vi como la pelota avanzaba lentamente, rebotando por cada uno de los pozos e ingresando justo por el centro del arco. Agradecí que el arquero hubiese hecho una volada tan espectacular hacia su palo derecho.

De nuevo escuché el ¡Pibe, pibe! ¡Olé, olé, olé, olé! ¡Pibe, pibe! Lagrimeando por la emoción y por la descarga de nervios volví al círculo central.

Después nuestro arquerito atajó un penal y nosotros embocamos todos y así pasamos a la final. No tengo forma de explicarle la alegría de la gente. ¡Por Dios, la emoción de mi viejo! Cómo lloraba. Me agradecía por cómo había jugado, por el centro del gol, por el penal. Por todo. Las únicas veces que lo vi tan emocionado después, fue cuando nacieron los nietos. Así fue mi debut.

Después en la final volvió el Cacho y yo fui su suplente. Entré faltando quince minutos y ya estaba todo cocinado. Ganamos tres a uno.

Nunca pude usar la diez ni hacer un gol en la primera, al año siguiente me fui a estudiar y no jugué más. Pero igual, nunca me voy a olvidar la emoción que le regalé a mi viejo el día de mi debut y la felicidad de un campeonato celeste y blanco.

Anuncios

2 comentarios en “El debut

Hablemos como en casa, a calzón quitado. Comentá lo que quieras.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s